jueves, 2 de agosto de 2012

EL PARLAMENTO DE LAS PLAGAS


Te dejo con uno de mis relatos favoritos. Trata de cómo, a veces, lo que somos y lo que sentimos no son lo mismo. Trata del fin de la humanidad. Y de los viejos amigos.

Espero que te guste.



La Muerte no se impacientaba. A lo largo de su existencia había aprendido a no dejarse llevar por la ansiedad. Ella sabía, mejor que nadie, que con el tiempo todo termina sucediendo. Su misma esencia se basaba en esa afirmación.

Preparó café. Aún faltaba algo de tiempo hasta que llegaran sus invitadas, así que sacó unas bandejas y colocó sobre ellas unas pastas que había horneado esa misma mañana. Eran dulces de chocolate y vainilla, pequeños y delicados. A Muerte le gustaba cocinar. Se relajaba entre fogones y pucheros, bailaba entre cacerolas y, aunque nunca lo admitiría en público, cantaba viejos temas de Madonna mientras lo hacía. Creaba sabores nuevos, sutiles y diferentes al ritmo de Like a Virgin, y de ese modo sentía que hacía algo útil y provechoso. Ofrecía algo que sus invitados disfrutaban y que, por un instante, hacía que se sintieran más cómodos en su presencia.

Esa era su intención cuando colocaba sobre las bandejas las pastas de chocolate y vainilla que había cocinado. Alguien se quejaría, claro. Siempre había alguna que se quejaba del sabor de la leche de soja o de que no hubiera bocaditos de salmón ahumado. Muerte era vegetariana, porque sólo así podía olvidarse de su trabajo cuando se encerraba en la cocina. Sus invitadas lo sabían, así que probablemente alguna de ellas se presentaría en su casa con un pastel de carne.

Las muy perras.

Confiaba en que acudieran todas. No era muy habitual convocar a las Plagas de la Humanidad a una reunión, pero eran tiempos difíciles, había que tomar medidas drásticas y hacía falta verse las caras. A pesar de que algunas de las Plagas estaban muy atareadas, confiaba en que todas, sobre todo las más ancianas, fueran conscientes de la gravedad de la situación y no ignoraran su llamada. Las Plagas más jóvenes se escandalizaban a la mínima ocasión y veían el fin del mundo en cada terremoto o catástrofe, pero las viejas, como Guerra o ella misma, que ya estaban un poco de vuelta de todo, sabían que a la humanidad era más difícil exterminarla que a una colonia de cucarachas en mitad de un vertedero, y no solían hacer mucho caso de señales, profecías o calendarios del fin del mundo.

Muerte, en realidad, también tenía mucho trabajo pendiente, pero se las apañaba estupendamente para estar siempre en el lugar en el que debía estar. “Para hacer tu trabajo no necesitas más que un momento”, solía decir Hambre, “¡pero el mío requiere años de dedicación!”.

“Privilegios de la edad”, respondía ella, que era la mayor de todas. Cuando discutían entre ellas las demás Plagas callaban y no osaban entrometerse, porque Hambre y Muerte eran las más ancianas. Discutían mucho, pero la última palabra todos sabían quién la tenía. El primer ser vivo había muerto con el estómago lleno.

Sonó el timbre. Cuando se acercó, Muerte vio que su acogedor hall de entrada, con su puerta acristalada de resina y aluminio, se había transformado en una pequeña puerta de madera ennegrecida y vieja, con una cerradura oxidada y una mirilla enrejada, como de mazmorra. Eso sólo podía significar una cosa.

—Hola, Miedo —dijo mientras abría—. Eres muy puntual. Más que puntual, de hecho, me temo que tendrás que esperar un rato.

—¿Soy la primera? —dijo Miedo—. Yo… Estaba por aquí cerca, y… Espero no molestarte.

—Tú nunca me molestas, querida —respondió Muerte con cariño—. Ésta también es tu casa, ya lo sabes, así que pasa y nos tomaremos un café juntas mientras llegan las demás.

Miedo sonrió y miró a Muerte con sus ojos grandes y negros. A pesar de ser una de las Plagas más ancianas, parecía una niña.

—Gracias, Kali. Tú siempre eres amable conmigo. Tú nunca me haces de menos ni te ríes a mis espaldas. ¿Puedo usar el servicio?

—Eh… sí, claro, está donde lo dejaste la última vez. Creo que también siguen ahí tus toallas y tu cepillo de dientes. Y no me llames así, que ya sabes que no me gusta.

Miedo entró y se dirigió con cierta urgencia hacia uno de los servicios. Conocía bien la casa, porque Muerte y ella habían vivido juntas durante mucho tiempo.

“Nadie se ríe a tus espaldas, querida,” pensó Muerte mientras observaba a la sombra de su amiga, que esperaba pacientemente en la puerta del lavabo, “porque todas sabemos de lo que eres capaz y, mientras tú no te des cuenta, viviremos más tranquilas”.

La puerta se abrió, la sombra se pegó de nuevo a su dueña y Miedo salió sonriendo y más tranquila.

—¿Has preparado pastas? Huelo a chocolate. ¿Has hecho pastas de chocolate, Muerte? ¿Me das una? ¿Dónde las tienes?

Muerte iba a abrir la boca cuando el timbre de la puerta sonó otra vez.

—En la cocina, tesoro —respondió—. Y si vas poniendo unos platitos y servilletas en la mesa te estaré muy agradecida. Las de tela, no las de papel.

La puerta se había transformado de nuevo, pero seguía sin ser la suya. Se había convertido en una puerta acorazada, llena de gruesos remaches, vieja y con golpes y abolladuras en la chapa. Cuando abrió, se encontró con la cara triste y alicaída de Guerra.

—Hola, Muerte —dijo sin ningún entusiasmo. Malformación viene conmigo.

—Hola, queridas —respondió la anfitriona—. Pasad al salón, Miedo acaba de llegar.

Guerra estaba pálida y ojerosa. Últimamente había adelgazado mucho. Malformación entró detrás de ella, agachando la cabeza sin atreverse a mirar a Muerte a la cara.

—Hola. ¿Puedo pasar? He sido puntual, ¿verdad?

—Mal, tontita, claro que puedes pasar. Anda, vamos, y no te preocupes, que has sido puntual como un reloj.

Malformación había estado a punto de no acudir a la reunión. Se encontraba muy incómoda en presencia de Muerte, y no sabía muy bien por qué.

—¿Por qué no podemos ser amigas? —había preguntado Mal en una ocasión—. ¿Es por algo que he dicho, o por algo que he hecho? Tú y yo no nos molestamos, ¿no?, yo nunca he hecho nada que pudiera molestarte, ¿no?

Muerte no había sabido qué responder y había callado, sonriendo como hacía siempre que no tenía nada que decir. Malformación era muy inteligente, la conocía bien, y no había nada que pudiera decir para tranquilizarla. No había hecho nada malo, cierto, pero su misma presencia ya le ponía nerviosa. Cada vez que Malformación entraba en escena, Muerte no sabía muy bien cómo actuar. A veces, cuando se llevaba la vida de una persona que había pertenecido a Mal, pensaba que llegaba demasiado tarde, que no tenía que haber permitido a esa persona vivir tanto tiempo. A veces pensaba que la misma existencia de Malformación era un error, y se preguntaba si no debería hacer algo al respecto. Pero sabía que no podía hacer nada, porque Malformación de las Plagas de la Humanidad también era Genio de las Virtudes de los Hombres, y no era decisión suya privar al mundo de su presencia.

Mal no sabía nada de todo eso, pero lo intuía, y por eso siempre se encontraba incómoda en presencia de Muerte. Ni todas las pastas de chocolate y vainilla del mundo podían evitarlo.

Poco a poco, el resto de las plagas fueron llegando y tomando asiento. Hambre se presentó con una tarta de queso, una botella de licor de manzana y una empanada de atún.

—Si no hay comida en la mesa me siento incómoda, ya lo sabes —había dicho a Muerte.

—Pero... podías haber traído cosas que no hubieran gritado antes de ser cocinadas —había respondido ella, intentando ignorar el pasado de la empanada. Muerte vivía en varios tiempos a la vez, así que todo lo que había estado vivo en algún momento había pasado por sus manos antes de llegar a la mesa. Se llevaba bien con los vegetales, el trigo de la harina con la que cocinaba no tenía demasiados recuerdos de su propia existencia, pero con el atún era diferente. Miedo miraba la empanada con una cierta tristeza, como recordando algún momento del pasado, pero no se atrevía a decirle nada a las Plagas mayores. “Al menos”, pensó Muerte, “ya no trae pedazos de carne humana, como hacía al principio”. Los primeros tiempos de la humanidad habían sido complicados para Hambre, ya que había sido en gran medida responsable de su creación.

Peste fue la última en llegar. Atravesó una puerta de madera podrida y moho, cruzó el pasillo, entró en el salón y tomó asiento en silencio, sin decir ni una palabra a nadie. Muerte fue la única que le dedicó una sonrisa, porque tenía la firme creencia de que la amabilidad curaba todas las amarguras, pero no la llamó por su nombre, porque no sabía cuál era en ese momento. Peste cambiaba de nombre continuamente, intentando adaptarse a los tiempos de los hombres, pero las últimas pandemias habían tenido nombres tan ridículos y tan variables que había terminado por rendirse. Ahora nadie sabía cómo referirse a ella, y ella tampoco.

—Bueno, pues ya estamos—dijo Muerte—. Nos podemos ir sentando.

Habían acudido todas, y con una puntualidad poco habitual. Eso significaba que eran conscientes de la gravedad de la situación, y eso haría más fácil tomar una decisión. El estado del mundo realmente era un desastre.

—GRACIAS A TODAS… —empezó diciendo Muerte. Se interrumpió, carraspeó y se aclaró la garganta—. Perdón. Gracias a todas por venir. Sé que son malos tiempos y que tenemos mucho trabajo por hacer, y os agradezco que os hayáis tomado la molestia de acudir. Ya sabéis que la situación es muy delicada y tenemos que tomar una decisión. El mundo está fatal y no podemos continuar así.

—A mí no me miréis —dijo Desolación—. Yo llego cuando las demás ya habéis terminado con lo vuestro. Creo que todas sabemos quién se ha estado pasando de la raya.

Excepto Pachanga y Crisis Bursátil, dos de las más jóvenes que no estaban prestando atención, todas las demás Plagas miraron a Guerra.

—¿Qué pasa? ¿Ya me estáis culpando a mí otra vez? Estoy harta de vosotras —dijo la acusada—, siempre me echáis el marrón a mí de todo lo que ocurre. Pero ¿sabéis una cosa? Yo no soy más que la consecuencia, la que paga vuestros platos rotos, así que a lo mejor tenéis que pensar más en lo que hacéis vosotras y dejar de señalarme a mí cada vez que ocurre un desastre.

Se armó un pequeño revuelo, porque las plagas eran muy vanidosas, sin excepción, y a ninguna le gustaba ser la causante de una desgracia, a pesar de que su propia existencia se basaba, precisamente, en ser causa de desgracias.

—¡Siempre estás en todas partes! —gritó Contaminación, que en realidad viajaba mucho más que Guerra, pero casi nadie se daba cuenta.

—¡Eres la que siempre lo complica todo! —dijo Peste, que en el último momento había decidido llamarse Cáncer.

Muerte y Hambre se miraban y sonreían, porque ellas sabían que las cosas eran mucho más sencillas de lo que pensaban las demás plagas, y que todo se reducía, en el fondo, a evitarlas a ellas dos. Finalmente, la mayor acudió en defensa de Guerra.

—Escuchad todas —dijo—, Guerra tiene algo de razón, no podemos acusarla de ser la culpable de todo. Además, estamos aquí para tomar una decisión, porque así no podemos continuar. Tenemos que intervenir, eso está claro, porque al hombre no se le puede dejar solo, pero tenemos que decidir si lo hacemos para salvar a su especie o si acabamos con ella definitivamente y buscamos una sustituta. Yo os propongo que echemos un vistazo al mundo y que tomemos una decisión en base a lo que veamos. ¿Qué os parece?

—Pues que como cambiemos de especie me voy a aburrir mucho durante siglos —dijo Crisis mientras chocaba la palma de la mano con Pachanga. Ninguna de las dos pintaba nada hasta hacía muy poco tiempo—. Pero por mí vale. ¿Quién elije lo que vemos?

—Yo misma —dijo Guerra—. Voy a elegir una escena de una zona en la que yo no haya intervenido, para que no digáis que soy partidista.

Las Plagas rezongaron un poco, pero consintieron. Despejaron el centro de la mesa, quitaron las copas y los platos y se deshicieron de las sombras que proyectaban las lámparas del techo, para que no molestaran. Las bandejas de pastas estaban vacías, observó Muerte con satisfacción, pero la empanada estaba casi intacta. “La próxima vez tengo que preparar más cantidad”, pensó.

Dejaron las tazas en una mesita auxiliar y amontonaron todas las sombras en un sillón, mientras Guerra abría en la mesa una ventana al mundo de los hombres. Comenzó dibujando con el dedo un rectángulo, luego otros rectángulos en el interior, así hasta completar el dibujo de una ventana. Por donde pasaba el dedo, quedaba en la mesa una marca amarilla, como si estuviera escribiendo con un rotulador dorado. Cuando terminó, dibujó dos tiradores redondos en el centro y levantó la mano.

—Ya está. Abre tú misma, Mal.

Malformación agarró los tiradores, que sobresalían por encima de la mesa, y tiró de ellos hacia arriba.

En la ventana no se veía más que una espesa niebla negra, como si el Universo estuviera todavía formándose. Cuando las brumas comenzaron a aclararse, se perfiló sobre un fondo negro la silueta del planeta Tierra. La ventana se fue acercando más y más rápido a la superficie, hasta que se empezaron a ver los continentes, las formaciones naturales, y finalmente las ciudades. La imagen se giró y se acercó al sureste asiático, cada vez más rápido, hasta detenerse encima de un barrio enorme en las afueras de una ciudad. La imagen se volvió borrosa y se transformó en el interior de una de las casas, en una habitación compuesta por un aseo y una cama. En ella se encontraban dos niños de corta edad y, como sucedía en la mayor parte del mundo, Hambre ya les había visitado hacía tiempo. La niña, que tenía unos ocho años, acunaba al niño, que no tendría más de seis, mientras le cantaba una canción de cuna.

—Muy monos —dijo Indiferencia con sarcasmo—, sólo faltan los cachorros de gatitos jugando en un rincón, Guerra. En el fondo a ti te gustan los niños.

—No la he elegido a propósito —respondió Guerra con un ligero enfado—, ha sido una ventana de probabilidad en una ciudad sin mí. Los niños siempre son niños en cualquier parte del mundo, es más fácil comprenderlos a ellos que a los adultos.

—Callaos, por favor —dijo Cáncer—, que no oigo a la niña. Tiene una voz preciosa.

La niña seguía cantando aunque el niño, lejos de dormirse, parecía cada vez más despierto. Sonreía a su amiga (en realidad no eran hermanos), que realmente tenía una voz muy dulce. Lentamente, sacó el brazo derecho de la manta con la que se tapaba y buscó la mano de la niña. Sus dedos se entrelazaron muy suavemente, como sólo pueden hacerlo los niños y los muy ancianos, cuando el contacto de una mano amiga es todo lo que exige el corazón, que aún no sabe de otras necesidades o que ya está cansado de ellas. Aunque su voz flaqueó por un instante, la niña no dejó de cantar la misma estrofa de una canción que se cantaba en todo el mundo con las mismas notas. La letra variaba de unos países a otros, pero el significado siempre era el mismo, siempre la cantaba un adulto a un niño a quien protegía, siempre ofrecía consuelo y apoyo. La niña, a sus ocho años, había aprendido la responsabilidad que tenía frente a alguien más débil, aunque no fuera de su familia, aunque no ganara nada a cambio. Esa necesidad de proteger la inocencia no se la habían inculcado los adultos; había nacido con ella.

Las Plagas siguieron escuchando en silencio, sin atreverse a interrumpir a la niña, comprendiendo lo que significaba su canción desde el primer momento, porque eran las Plagas de la Humanidad y también su última esperanza de supervivencia. Todas eran, sin excepción, muy sensibles a los actos de los hombres, aunque no fueran responsables de ellos o de cómo se dejaban dominar por su presencia.

Cuando la niña calló, finalmente, pasó un buen rato hasta que Muerte se decidió a romper el silencio.

—Bueno, esto es lo que hay. Sabemos de lo que es capaz la especie y también sabemos que nacen siendo inocentes. La decisión es nuestra. Queridas, no podemos marcharnos de aquí sin decidir algo. ¿Intervenimos? ¿Les dejamos a su aire? ¿O cambiamos de especie?

—Un solo inocente merece la pena —dijo Malformación—. Ni siquiera nosotras podemos atrevernos a juzgarlos a todos. Voto por intervenir y salvar el mundo. Yo digo que hay que ayudarlos y que Guerra no es responsable de todo lo que ocurre en la superficie del planeta. ¿Quién me apoya?

—Yo también voto por la vida —intervino Desolación—, en una o dos generaciones, estos niños serán capaces de hacer del mundo un lugar habitable de nuevo.

Las demás plagas asintieron una detrás de otra, apoyando a Malformación.

—Mirad —dijo Miedo—, parece que entra alguien.

A través de la ventana abierta sobre la mesa, vieron como se abrió la puerta de la habitación. Entraron dos hombres, adultos, bien vestidos y bien alimentados. Los niños dejaron de sonreír. Las plagas supieron, en ese mismo instante, que algo malo, algo horrible, estaba a punto de ocurrir.

—Pero dijiste que esta ciudad no te pertenece, Guerra —susurró Indiferencia—, y Miedo no tiene motivos para haberla visitado. No… no hay razón para que los niños se asusten, o sufran… ¿no?

Miedo se mordía las uñas sin ocultar su ansiedad, porque esa escena ya la había visto antes. Hambre, que sabía que su labor no acababa cuando los hombres llenaban el estómago, sino que continuaba hasta que satisfacían todas sus necesidades, era la única que comprendía lo que ocurría.

—No es culpa mía —decía para sí misma—, no es culpa mía, por favor, no me culpéis a mí…

Las plagas, una a una, fueron apartándose de la imagen de la habitación. Muerte fue la única que mantuvo la mirada fija en ella, en todo momento, cuando uno de los hombres comenzó a pegar a los niños, cuando el otro comenzó a desnudarse. El sonido, sin embargo, no podían ignorarlo. La niña que cantaba hacía unos instantes gritó hasta que perdió la voz. El niño lloraba silenciosamente, más acostumbrado al dolor que a las canciones.

—¡No lo soporto más! ¡Muerte, cierra eso y vamos a detener esa locura! —gritó Cáncer.

—Lo que estáis viendo ocurrió ayer —dijo Muerte con calma—. Yo me llevé a los niños hace horas, antes de que empezara la reunión.

Al cabo de un rato cesaron los gritos y los lamentos. Muerte cerró la ventana y la mesa volvió a convertirse en una superficie opaca, lisa y sin dibujos. Contaminación pasaba la mano por encima, como si buscara algún rastro de los niños en ella. Las más jóvenes se habían alejado y hablaban entre ellas, pero Indiferencia no podía contenerse y lloraba en un rincón, sola y completamente descontrolada. Nunca había visto nada parecido. Las Plagas estaban acostumbradas a ver las consecuencias de su presencia, pero aquella crueldad no las pertenecía a ninguna de ellas. Era una Plaga inexistente, propia, creada por y para la humanidad, ajena a las leyes de la Naturaleza y de la vida. Jamás tomó forma o nombre, ni se presentó a las demás como habían hecho las jóvenes al nacer. Seguía oculta en el interior del hombre y no se podía hablar con ella, o cambiar, o simplemente intentar comprender.

—Tú lo sabías —dijo Hambre volviéndose hacia Muerte—. Lo sabías y no nos has dicho nada. Has jugado con nosotras.

—Tienes razón —respondió—, yo sabía lo que iba a ocurrir porque ya había ocurrido, a veces se producen desajustes en el tiempo cuando observamos el mundo. Pero recuerda que yo no abrí la ventana. No me juzgues, Hambre, porque tú y yo sabemos mejor que nadie de lo que es capaz el hombre. No sé de qué te sorprendes.

—Yo… Lo sé, tienes razón, pero… Pensé que esto ya no ocurría, pensé que… A estas alturas y todavía…

Muerte dejó a su amiga tranquila. Se retiró de la mesa y se fue a la cocina a preparar más café, porque presentía que a todas las vendría bien una taza bien caliente. Cuando estuvo listo se acercó con una bandeja preparada. El olor penetrante hizo que las Plagas se volvieran hacia ella. El café de Muerte era famoso incluso entre los hombres.  

—Tenemos que tomar una decisión —dijo—, no quiero que os dejéis influenciar por lo último que habéis visto. La inocencia se pierde con facilidad. Los hombres nacen inocentes, pero aprenden la violencia rápidamente, en cualquier parte del mundo y en cualquier época. Tenemos que decidir qué hacemos ahora que están sumidos en el caos.

Indiferencia, que se había mantenido alejada, se acercó a la mesa. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro deformado en una mueca de rabia infinita.

—Mátalos —dijo—. Mátalos a todos.

—Indi, querida. ¿Estás segura? Esta decisión no tiene vuelta atrás.

—Mátalos —dijo Cáncer poniéndose en pie.

—A todos. Hasta el último de su especie.

—Mátalos a todos.

Las palabras se transformaron en un grito de una sola voz. Una tras otra se unieron, y gritaron, y exigieron a Muerte que actuara, sin dudar, sin tardanza y sin excepción. La sentencia era clara y unánime: Genocidio.

Muerte se levantó de su silla y pidió silencio con las manos.

—Está decidido entonces. La humanidad muere hoy.

—Llámame cuando quieras empezar de nuevo —dijo Malformación poniéndose en pie. Recogió su bolso y su sombra, que seguía en el sillón junto a todas las demás, y abandonó la casa con una mueca de disgusto sin despedirse. Muerte le perdonó la grosería, porque sabía que había apostado muy fuerte por el hombre. Generación tras generación, había esperado a que la civilización del hombre floreciera, esperando el momento en el que ya no las necesitaran a la mayoría de ellas. Pero en lugar de eso, las plagas cada vez habían sido más, y más maduras, llenas de matices, de nombres y de rostros. Era la que más se había sentido decepcionada por el fracaso.

Poco a poco, las plagas se fueron marchando. Miedo fue la última en abandonar la casa, igual que había sido la primera en llegar.

—Te dejo sola, que hoy tendrás mucho trabajo —dijo—, pero cuenta conmigo, ¿vale? Entre las dos seguro que podemos hacer algo.

—Eso haré, querida —respondió Muerte, y en el fondo, sabía que Miedo iba a ser la única a quien iba a llamar, que no iba a contar con ninguna de las demás Plagas. “A partir de ahora”, pensó, “ella y yo nos ocuparemos de todo”.

 Muerte se quedó sola, y nadie puedo ver que estaba sonriendo. Llevaba mucho tiempo esperando esa decisión. Cuando la llevara a cabo podría empezar de nuevo, podría intentarlo de nuevo con otra especie. Pero no iba a cometer los mismos errores. Esa vez no pensaba permitir que Hambre se entrometiera. Lo haría todo ella misma, como debía haberlo hecho la primera vez. Las Plagas menores no iban a ser necesarias en mucho tiempo y, respecto a las mayores, sabía muy bien que debía mantenerlas al margen todo lo posible. Si Hambre se metía de por medio, los hombres se peleaban entre ellos, pero cuando ella se acercaba, los hombres se abrazaban unos a otros. Miedo y Muerte serían las únicas que intervendrían. La nueva creación sería consciente de ellas más que del resto de las Plagas.

“Esta vez”, pensó, “todo será diferente”. 


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Me siento en deuda con Neil Gaiman y Terry Pratchett, por todo lo que me han enseñado, inspirado y permitido vivir. Sus mundos vivirán mucho más tiempo que el nuestro. 

viernes, 1 de junio de 2012

ESCENA 5: A LA SOMBRA DE UN ÁRBOL MARCHITO

Algún día, creo yo, colocaré todos los momentos de la vida de este hombre en orden. De momento, te contaré algunos de sus días más interesantes.

 Que los disfrutes...





ESCENA 5:  A LA SOMBRA DE UN ÁRBOL MARCHITO

—Nadie debería ser capaz de matar a otro animal sin valorar la vida que arrebata. Esa falta de empatía dice muy poco de vosotros.

Cristo frunció ligeramente el ceño y siguió caminando por el sendero del bosque, en silencio. A veces no entendía a su amigo y eso le molestaba, ya que Gowron, el hombre grande y fornido que lo acompañaba, era tan solo el producto de su imaginación.

—Pero si crees eso, ¿dónde queda la gloria de la batalla, el honor del guerrero y todas esas cosas que tanto te gustan a ti? Ya sabes, el sabor de la sangre, el enemigo caído después de una batalla,  morir en combate como… como si fuera la cosa más estupenda del mundo, vaya.

—Estás hablando del honor como si fuera algo que acompaña siempre a la muerte, y no es así —dijo Gowron, que se estaba haciendo una trenza con su larga melena mientras caminaban—. No hay honor en matar a distancia o usando trampas. Sin valor no hay honor, y sin riesgo no hay valor. Un cazador de los vuestros no se enfrenta a la muerte, se dedica a matar por placer, y eso no en honroso ni honesto.

—¿Tú crees? —respondió—. No sé, no es algo tan grave, no es para tanto. En la naturaleza, unos viven y otros mueren. Si a mí se me da bien el día, me cobraré un par de piezas que, si no las mato yo, antes o después se van a morir de todos modos, porque es ley de vida. No creo que se pueda decir que soy un sádico o que estoy loco.

—Y que estés hablando conmigo, que no existo más allá de tu mente, ¿no supone que estás un poco enfermo?

—Sí, eso es verdad —dijo Cristo, y entonces guardó silencio, porque cuando Gowron tenía razón, tenía razón.

Cristóbal, que era como se llamaba, no tenia doble personalidad. Tampoco era un lunático. Alucinaba, sí, y solía tener a su lado a una proyección de su mente enferma con quien conversaba y se relacionaba, pero era consciente de que esas personas no eran reales, de que eran parte de su imaginación. Sabía distinguir a la gente de verdad de la gente que se imaginaba, porque estos últimos, por lo general, eran personas que ya habían muerto, o personajes de libros y películas. Incluso en alguna ocasión se le habían aparecido fantasías tan íntimas, personales e imposibles, que las reconocía como irreales nada más verlas. La locura de Cristóbal era tan profunda, tan exagerada, que había aprendido a reconocerla y a vivir con ella.

Siguieron caminando un rato en silencio, juntos, ya que Gowron nunca se alejaba demasiado de él. Se encontraban en un tejedo de árboles centenarios, uno de esos bosques mágicos que aparecen en las revistan envueltos en una niebla misteriosa, llenos de musgo, de senderos sugerentes y de huellas de animales. Unos pocos meses al año, con la licencia correspondiente, uno podía permitirse cazar jabalíes, que era una de las piezas más abundantes, o corzos, si se carecía de escrúpulos y se arriesgaba a que le pillaran cazando una especie protegida. Si sabías a quién preguntar y estabas dispuesto a pagar una cantidad previamente acordada, incluso te llevaban a los lugares de paso o te preparaban una presa para que no tuvieras que molestarte demasiado.

Cristóbal era una mezcla extraña de cazador sin licencia y furtivo sin experiencia. Sus únicas armas eran un cepo viejo que había encontrado en una tienda de antigüedades, y una barra de acero que había recogido en un vertedero, que había limpiado y pulido hasta transformarla en una masa de metal roma y dura. Era un cazador atípico, pero también lo eran sus intenciones. Conocía bien esos montes, y sabía cuál era la especie que más abundaba y que más fácilmente podía caer en su trampa.

—Mira, Gowron —prosiguió—, hemos venido aquí a cazar, yo no sé muy bien cómo van estas cosas y no tengo estómago para matar, ¿de acuerdo? Por eso te he pedido que me acompañes, para que me des un poco de ánimo, no para que me critiques. Sólo tengo un cepo que ni siquiera sé si funciona como es debido, así que tú me dirás lo que hago con él.

Cristo sabía, por supuesto, que todo lo que Gowron le pudiera decir en realidad provenía de sus propios conocimientos, que no iba a contarle nada que no supiera ya, pero también había aprendido a sacarle partido a sus alucinaciones. No era ya un jovencito y tampoco un anciano, se encontraba en esa edad indefinida en la que permanecen tanto tiempo los solteros que no tienen hijos, que no terminan de alcanzar la madurez hasta que se vuelven viejos de repente. Pero había llegado un momento en su vida, cuando empezó a alucinar, que eran más las cosas que había olvidado que las que recordaba, y por eso sus acompañantes imaginarios le venían tan bien: porque accedía a lugares de su memoria que su mente consciente tenía vetados.
Siguieron caminando una hora más hasta que llegaron a un arroyo. Continuaron por el sendero que lo subía, de forma lenta pero constante, hasta alcanzar un pequeño remanso. Gowron se detuvo.

—Este es un buen lugar para colocar tu trampa —dijo señalando a unas piedras que cruzaban el arroyo —. Está alejado de senderos concurridos y hay huellas de animales que vienen a beber.

—Pero también hay huellas de seres humanos, ¿no?

—Fíjate bien. Son huellas de botas, pero no son constantes, como las de un senderista que sigue una ruta, sino erráticas y de planta completa, como las de un cazador que ha tomado un par de copas con el café del desayuno.

—También pueden ser las huellas de alguien que ha venido a llenar la cantimplora…

Gowron se llevó el dedo a los labios haciendo una señal de silencio. Señaló al suelo, entre los arbustos, y Cristóbal vio una colilla de Marlboro. Ningún senderista se pararía a echar un cigarrillo a mitad de una pendiente. Al lado había un pequeño papel. Al agacharse, vio que era un precinto de una botella de licor, una de esas pequeñas botellitas de minibar. Eso confirmaba que por allí pasaban cazadores, siempre tan dispuestos a echarse un lingotazo a media mañana mientras esperaban a que aparecieran las presas. Gowron le indicó por señas que siguiera agachado. El no necesitaba ocultarse, claro, porque nadie lo veía.

A lo lejos, al inicio de la pendiente por la que venían subiendo, se escuchaban ruidos.

Cris sabía lo que tenía que hacer. Abrió el cepo con cuidado, lo armó y lo colocó entre las hojas, escondido justo delante del paso del arroyo. Cuando hubo terminado, agachado y procurando hacer el menor ruido, subió por el sendero y se alejó cerca de cien metros, hasta una plataforma formada por las raíces de un árbol muerto.

—Aquí, a la sombra de un árbol marchito, cumpliré con mi tarea y daré muerte a mis enemigos —dijo Gowron con solemnidad. Cris se acomodó entre las hojas caídas con la barra de acero a su lado, mientras su amigo permanecía en pie, con los brazos en jarras y su larga melena trenzada cruzada sobre los hombros, fuerte y majestuoso.

Esperaron durante mucho rato. Esperaron, y pasó el tiempo, y entonces se escuchó un grito. No era el lamento de un animal herido, el chillido agudo y desesperado del miedo, sino un grito de dolor, agudo, sí, y también humano. Era el grito de un niño.


—¡Empieza el juego! —dijo Cristóbal mientras se levantaba y echaba a correr cuesta abajo. Gowron, caminando detrás de él, sonreía mostrando sus dientes de depredador.

En el arroyo, con una pierna atrapada por el cepo y gritando con todas sus fuerzas, estaba un chico de no más de diecisiete años, calculó Cris, y un hombre adulto, posiblemente su padre, intentando calmarlo mientras aflojaba los hierros afilados que se clavaban en su tobillo.

—¡Dios mío! —dijo gritando cuando llegó hasta ellos —¿Qué ha ocurrido? ¿Se encuentran bien?

—¡Ayúdenos! —respondió el hombre sin volverse. —Mi hijo ha quedado atrapado en…

En ese momento el hombre, que se volvía con el rostro aterrorizado y suplicante, vio a Cristóbal, que saltaba hacia él con el rostro desencajado, blandiendo una barra de acero con las dos manos.
—¡Por el Imperio! —gritó mientras lo golpeaba en la cabeza con la barra. Con la fuerza y el impulso del salto, su cráneo se abrió como un melón, salpicando trozos de hueso y masa encefálica hasta casi un metro de distancia. Tardó unos segundos en desplomarse, muerto, mientras el corazón seguía bombeando sangre que escapaba por la herida y se mezclaba con el agua del arroyo.

El chico, en vez de seguir gritando con más fuerza, enmudeció de la impresión y se quedó paralizado de puro terror. Frente a él se encontraba Cristo, vestido con unos pantalones de pana viejos y usados y una chaqueta verde de cazador. Jadeando, sucio y embarrado, lo miraba con una rabia infinita, salivando con la respiración, las manos blancas por la fuerza con la que agarraba la barra de acero ensangrentada.

—¿Sabes quién soy? —le dijo con la voz grave de Gowron. El chico movió la cabeza para decir que no, incapaz de articular palabra, con la pierna atrapada completamente ensangrentada y paralizada.

—Soy la retribución de la especie —continuó—, soy el fruto de vuestra miseria, el futuro del hombre. ¿Cuántos años tienes, chaval?

—Tengo… tengo quince años —respondió—. Señor, por favor…

—Joder, ¿sólo? ¿Qué os dan de comer en el colegio? No eres un adulto para las leyes de los hombres, pero ya tienes edad para matar, ¿no es así? ¿No te jactabas hoy por la mañana, mientras desayunabas con tu padres y sus amigos, de que ya habías cobrado tu primera pieza?

—Pero… pero eso no es verdad, yo…

—Lo sé, lo sé, sólo estabas aprendiendo. Tu padre disparaba, y luego os acercabais juntos para rematar a la presa si seguía con vida. Dime, ¿les mirabas a los ojos? ¿Disfrutabas con su miedo? Cuando les arrancabas la vida, ¿en qué pensabas?

—Yo… yo no…

Mientras hablaba, el rostro del chico se estaba volviendo más pálido. Le faltaba poco para perder el sentido. Cristóbal ya se había relajado, y la rabia que lo había dominado comenzaba a desaparecer. Recuperaba el color pálido de su piel, mientras sus ojos perdían el rojo de pura furia que lucían desde que asestó el golpe al padre. El Cristobal humano, consciente y real, que no tenía estómago para según qué cosas, se volvió, porque se empezaba a marear.

—No puedes abandonar ahora —dijo Gowron, mostrándose de nuevo a su lado—. Sabes lo que debes hacer.

Cristo, en silencio, asintió. A su espalda, el chico respiraba con dificultad. El miedo estaba remitiendo, y poco a poco se estaba apoderando de él esa paz extraña que sienten los que saben que van a morir. Quizá era por el dolor paralizante, o por la pérdida de sangre, o quizá por ver los restos de su padre con la cabeza abierta a sus pies, pero sabía, tenía la absoluta certeza, de que no podía hacer nada para evitar su muerte.

Gowron observaba complacido mientras Cristo rebuscaba en el cuerpo del hombre hasta encontrar  un cuchillo. Era un arma grande, afilada, de las que se usan para desollar animales, para separar la piel de la carne sin estropearla. Usó ese cuchillo para degollar al muchacho con un movimiento torpe, propio de alguien que no está acostumbrado a ese tipo de actos. El chico pataleó, se orinó por segunda vez, y perdió la vida como una de las presas a las que había perseguido desde niño: sin comprender absolutamente nada, ignorando las razones que lo habían llevado a morir antes de alcanzar la vida adulta. Nunca supo, al igual que ellas, que su vida siempre había estado en manos de alguien más fuerte, más despiadado y más agresivo. No habría podido hacer nada para evitar su muerte aunque la hubiera conocido de antemano. Sufrió el destino de los débiles. 

—No ha estado mal —dijo Gowron—. Te has movido con bastante soltura, teniendo en cuenta tu inexperiencia, y hasta yo pensé que bajabas para ayudarlos cuando empezaste a correr. Pero ¿qué era eso que gritaste de “¡por el Imperio!”?

—Era un gesto hacia ti —respondió Cristo—. Creí que, ya sabes, que te gustaría. Los Klingon sois muy de gritar ese tipo de cosas, ¿no?
Gowron movió la cabeza en un gesto de aprobación, como diciendo “pues tienes razón, sí que me ha gustado”.

—Y ahora, ¿qué tienes pensado hacer?

—Ahora, amigo mío —respondió Cristo envolviendo en una tela las escopetas de caza y el cuchillo—, ahora tengo dos armas de largo alcance. Esto no ha hecho sino comenzar.

Mientras bajaban el sendero y se alejaban del arrollo enrojecido por la sangre, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los montes, mientras bajaba la temperatura y se comenzaba a formar una espesa niebla, se reían con fuerza, con alegría, como correspondía a dos guerreros que se preparaban para la batalla.

lunes, 14 de mayo de 2012

EL HOMBRE QUE OSCURECIÓ EL MUNDO


Te dejo un relato que he terminado de corregir, que me ha encantado escribir.

La idea surgió para este concurso, en el que las condiciones eran las siguientes:

- El relato debe ser una ucr​onía. 

- Debe incluir una palabra claramente inventada.


Después de escribirlo, presentarlo y corregirlo con los comentarios de los demás participantes, que siempre resultan de una gran ayuda, creo que el resultado ha quedado bastante aparente.

Cualquier sugerencia, observación o anotación será bienvenida, como siempre. 

Que lo disfrutes.






EL HOMBRE QUE OSCURECIÓ EL MUNDO

El Halcón esperaba en pie, inmóvil frente a la vitrina. Detrás del vidrio de seguridad se encontraba  una copia del Corpus Aristotelicum de Andrónico, considerado como el libro más importante e influyente de la historia.

Llevaba esperando más de media hora y empezaba a ponerse nervioso. El Halcón no era un hombre paciente, lo sabían todos aquellos que trabajaban con él, por lo que confiaba en que hubiera una buena razón para hacerle perder el tiempo. Sacó su inhalador del bolsillo de la chaqueta, lo colocó en relax y aspiró dos veces. Mientras esperaba a que la droga le hiciera efecto, observó de nuevo el libro, una preciosa tabla de biotinta que aún conservaba intacto su módulo de memoria. Los diseños de Gutemberg, el impresor, habían sido una auténtica revolución en su época.

—Buenos días, Stephen —dijo una voz a su espalda—. Lamento llegar tarde.

El Halcón se volvió y suspiró, intentando controlar su mal humor. Era posiblemente el día más importante de su vida, y quizá el más importante de toda su generación, así que hizo un esfuerzo y mantuvo la calma.

—Hola, Isaac —respondió—. Estaba empezando a preocuparme. Ya que llegas tan tarde, espero que sea por una buena razón.

—No te preocupes, que no has perdido el tiempo —dijo el recién llegado—. Tengo la clave, amigo mío, tenemos acceso a los códigos de bloqueo, así que podemos irnos cuando quieras. Pero quiero insistir en que tu plan me parece una idea pésima.

—Tomo nota de tu protesta, Isaac —respondió el Halcón, sonriendo—. Ahora vamos a la Fundación, que tenemos una cita con la historia.

La perspectiva de lo que iban a hacer, el día tan intenso y emocionante que les esperaba, había cambiado el ánimo del Halcón. Cuando salieron a la calle,  el sol les cegó durante un instante. Era un día luminoso, como correspondía a la primavera, y no había lluvia programada hasta la noche, así que los dos hombres caminaron por la larga Avenida Augusta  disfrutando del buen tiempo. El Halcón era joven y atlético, pero caminaba con dificultad. Con la medicación mantenía controlados los dolores de sus huesos, pero sabía que no podía forzar demasiado sus piernas. No importaba, en realidad, porque a pesar de la demora de Isaac, no tenían ninguna prisa. La Fundación se encontraba prácticamente desierta, ya que era el Día del Mantenimiento y el turno de mañana no trabajaba. Gracias a los accesos de Isaac, podían entrar en el edificio y llegar hasta la Máquina de Einstein sin encontrarse prácticamente con nadie.

No iban a ser los primeros en viajar en el tiempo, por supuesto. La albetera, como llamaban entre ellos a la máquina que les permitía moverse a través de la historia, llevaba trabajando a pleno rendimiento casi cincuenta años, y no hacía falta más que un permiso administrativo para utilizarla. Sin embargo, no podía viajarse al pasado más allá de la fecha de creación de la misma, es decir, no podían remontarse al pasado más que unas pocas décadas. Para salvaguardar la historia de las paradojas temporales, su creador había introducido una serie de códigos que impedían traspasar esa frontera. Gracias al talento combinado de los dos brillantes científicos, se iban a convertir en los primeros en romper el bloqueo. O eso creían.

—Piénsalo —dijo el Halcón—, los bloqueos tienen sentido cuando debes limitar el uso de la tecnología al público en general, pero nosotros somos inteligentes, las leyes no deberían aplicarse a todo el mundo por igual. ¡Somos físicos, por favor! ¡No vamos a matar a nadie, ni vamos a reescribir la historia! Pero sí vamos a ser los primeros en betear más allá del límite. ¡Los primeros en viajar al auténtico pasado!

—No sé, Stephen, no lo veo claro. Soy mayor que tú, he dedicado toda mi vida a la Fundación y a las aplicaciones prácticas de esta tecnología, y tengo más experiencia con las leyes de cambio. Lo que quieres hacer… creo que no es seguro. Einstein colocó esos bloqueos en sus máquinas por una buena razón, y las matemáticas no mienten: siempre existe  una posibilidad de cambio, una variable desconocida que puede cambiarlo todo.

—Claro que tenía una razón, Isaac —respondió—, los bloqueos existen porque  era un pusilánime.
El Halcón sacó de nuevo su inhalador y lo colocó en vigor. El paseo empezaba a cansarle y las rodillas le dolían.

—Sé lo que piensas —continuó—, pero te preocupas sin motivo. Para empezar, tú estarás aquí controlando la máquina por si algo sale mal, ¿no es así? Y además yo no voy a hacer nada arriesgado; viajando tan atrás en el tiempo es difícil hacer algo que suponga un cambio permanente. Tú lo sabes mejor que nadie, has publicado varios artículos sobre el Cambio Mínimo. La historia tiende a permanecer estable. Es como intentar desviar el cauce de un río, cuanto más cerca de su nacimiento te remontas, más fácil es que el agua desemboque en el mismo sitio, por mucho que cambie su recorrido. No es muy intuitivo, pero es así.

—Sí, pero todo eso es teoría —respondió Isaac—. No se ha comprobado y, además, tú quieres viajar a un momento importante de la historia. ¿No podías limitarte a observar, por ejemplo, una puesta de sol preindustrial? Tenían que ser muy hermosas.

—Bobadas. Lo que quiero es conocer los orígenes, ver al hombre que cambió el mundo y que nos libró del oscurantismo. ¡Seamos subversivos! ¿Qué pensarían nuestros descendientes si el primer viaje al auténtico pasado consistiera en… algo tan irrelevante como ver una puesta de sol? ¡Conozcamos al genio, digo yo! Sin Aristóteles, cualquiera de las demás corrientes filosóficas del momento habría podido predominar y… ¿te imaginas lo que habría sido de nosotros sin la ciencia? ¿Si las creencias en los dioses y en un mundo que no puede ser  explicado mediante la razón hubieran dominado la sociedad? Imagina que Platón convenció a la historia de que el mundo no puede ser conocido, de que sólo vemos sombras en su condenada caverna. Imagina que el hombre cedió a los fanáticos religiosos, que ofrecían un… consuelo a la ignorancia a base de la fe. Viviríamos bajo el yugo de los grupos terroristas, de los irracionales. Ahora esos lunáticos son pocos y nadie les hace mucho caso, pero si les hubieran permitido alcanzar el poder, habrían dominado el mundo durante siglos.

Isaac no respondió. Se limitó a asentir, guardó silencio y se estremeció. Tenía miedo, sí, pero no sólo porque estaban a punto de violar la ley, ni tampoco porque su amigo quería viajar a un momento de la historia en el que la barbarie dominaba al hombre y la muerte rondaba detrás de cualquier esquina. Isaac sentía, en lo más profundo de su interior, que estaban cometiendo un error. No obstante, llevaba años preparándose para ese momento. Antes o después alguien conseguiría  romper los bloqueos, era una cuestión de talento y perseverancia, y de este modo, estando él presente, si algo salía mal podría reaccionar a tiempo. Confiaba en sus habilidades tanto como en la inteligencia y capacidad de respuesta de su amigo. Sin duda, Stephen no era el físico más modesto, pero sí el más hábil de cuantos había conocido, y su propio orgullo también estaba en juego. Hacer historia era un premio muy atractivo.
Cuando llegaron a las instalaciones de la Fundación, tal y como habían previsto, se encontraron el edificio prácticamente vacío, y alcanzaron las salas de control sin cruzarse con nadie. Isaac ni siquiera tuvo que usar su tarjeta de acceso.

—Ahora, querido amigo —dijo Isaac—, con este código que he sustraído y que posiblemente me constará el puesto y mi licencia de trabajo, podré operar la albetera yo solo, mientras tú te dedicas a jugar a ser Dios.

El Halcón se volvió, le dedicó una sonrisa sincera a su amigo y le puso la mano en el hombro.

—No sólo vamos a hacer historia —dijo—, vamos a participar en ella.

Isaac asintió ligeramente con la cabeza y se conectó a los controles. Introdujo la clave y contuvo la respiración mientras esperaba la validación. Suspiró aliviado cuando el sistema le dio acceso, y comenzó a realizar los cambios y a reprogramar el código que le permitiría introducir una fecha de destino prohibida. Mientras tanto, el Halcón se desnudó y se introdujo en la cápsula de viaje. Dejó sus ropas de calle fuera, pero se quedó el inhalador y una túnica fina, como las que esperaba que llevaran los habitantes de la época.

—No voy a correr riesgos, tranquilo. Programa mi regreso en seis horas. Antes de que el turno de tarde se dé cuenta de lo que estamos haciendo, ya nos habremos marchado y estaremos redactando el artículo más innovador del año.

Isaac apenas si le escuchó, concentrado como estaba en su trabajo. La consola aceptaba los cambios y todo marchaba correctamente.

—Suerte, Stephen —dijo en un susurro cuando se cerraba la cápsula—, espero que no la necesites.

—¡Y yo no juego a ser Dios! —alcanzó a escuchar—¡Dios no existe!

La máquina empezó a funcionar. Los generadores se cargaban, el acelerador giraba cada vez más rápido y la estática se acumulaba en la sala. Las fibras de la ropa del Halcón, junto a la cápsula, se erizaban y encrespaban, y una tenue luz rojiza parecía emanar de los cables de alimentación. La operación prácticamente se había completado, Isaac realizaba los ajustes de fecha cada vez más rápido, sorteando y burlando las barreras del sistema y, durante un instante, apenas un parpadeo, el mundo se detuvo a su alrededor.

Su mente ágil y entrenada tuvo tiempo de comprender lo que ocurría cuando sintió la presión en los oídos y vio el resplandor intenso a través de las ventanas. Quiso jurar en voz alta, pero no le dio tiempo. Los muros vibraron un instante y se combaron en una forma imposible. En el mismo instante en el que la cápsula desaparecía, una enorme explosión reducía a pedazos el edifico de la Fundación, aplastando todo y a todos los que se encontraban en su interior. La máquina, Isaac, su clave de acceso y su prodigioso conocimiento de las leyes del cambio y de los viajes en el tiempo, desaparecieron bajos los escombros. Los ataques terroristas habían comenzado de nuevo.


Cuando el Halcón abrió la puerta de la cápsula, lo primero que notó fue una claridad cegadora. El aire parecía mucho más limpio, el cielo más brillante y los colores más intensos que en su época. El sol no le quemaba la piel, como solía hacer, y aspiró profundamente su primera bocanada de aire puro no reciclado. Le hizo toser violentamente, porque no estaba acostumbrado al polen y a las impurezas. Ajustó el inhalador en protección y pulsó tres veces. Cuando se sintió más relajado, se colocó la túnica que había llevado consigo y que, según los libros, era la vestimenta más adecuada para pasar desapercibido, salió de la cápsula, pisó el suelo de tierra.

Su primera palabra pronunciada en la Grecia antigua fue una maldición. Se había dejado las sandalias fuera de la cápsula.

Isaac había realizado bien los cálculos. Como habían previsto, se encontraba en un lugar apartado de caminos, senderos y tierras de cultivo, y no había nadie a su alrededor. La cápsula se había posado en una pequeña hondonada, en lo que parecía ser un pequeño estanque seco por los calores del verano. En realidad la cápsula no se movía en el espacio, sino únicamente en el tiempo, pero realizando los ajustes correctos se podía aprovechar la rotación de la tierra para aparecer en cualquier lugar dentro de una amplia circunferencia alrededor del planeta. El Halcón se encontraba, gracias a esos ajustes, en las afueras de Atenas. Acababa de amanecer, y si se daba prisa podría ver el Ágora en la época de mayor apogeo antes de volver a su tiempo. Colocó el inhalador en analgésico para soportar el dolor de sus pies descalzos, pulsó una vez, y comenzó a andar.

La ciudad era mucho más grande y bulliciosa de lo que esperaba, llena de vida, de agitación, de olores nauseabundos y de gente gritando. El Halcón paseó entre ellos, comprobando con satisfacción que sus conocimientos de griego clásico eran suficientes para desenvolverse entre aquella gente, con más o menos dificultad y siempre que no le hablaran muy rápido. En dos ocasiones  le preguntaron por su procedencia, ya que su acento era muy extraño, y en las dos ocasiones dio respuestas diferentes.

Habló con algunas personas, se rio con un espectáculo callejero, se sonrojó ante las proposiciones de una mujer, y se maravilló con la oratoria de unos estudiantes que discutían entre ellos acerca de una obra que no conocía de Jenofonte. El tiempo pasó muy rápido, y muy a su pesar abandonó la ciudad para volver a la cápsula. Quería llegar hasta ella con tiempo suficiente, para evitar imprevistos. “Tengo que volver a esta ciudad”, pensó. “Me inventaré una historia y una procedencia, para no levantar sospechas, y pasaré aquí más tiempo”. Stephen no se había dado cuenta, pero en las últimas horas, desde que llegó a la ciudad, no había usado su inhalador ni una sola vez. Sus planes de vacaciones no obedecían tanto a la lógica que regía cada uno de sus actos, como a la euforia que sentía en aquel momento.
Entonces se introdujo en la cápsula, y esperó.

No ocurrió nada. Esperó y siguió esperando. Se impacientó, usó el inhalador y comenzó a preocuparse. Algo había ocurrido con Isaac. Esperó hasta que oscureció, y pasó la noche metido en la incómoda cápsula, sin dormir.

Cuando amaneció, ya había tomado una decisión. Si había alguna oportunidad de sacarle de allí, de recuperar la cápsula, sin duda ya la habrían aprovechado. Para la albetera no existían los retrasos, ya que aunque Isaac se hubiera demorado un año en dar la orden de regreso, podía haberla programado para hacerlo a la hora acordada. No tenía sentido esperar allí. No habría partidas de rescate, ni otros envíos desde el futuro. Estaba solo, perdido y abandonado en un tiempo extraño que, de pronto, le parecía muy hostil. Sin tener ninguna idea clara en mente, decidió volver a la ciudad.

Mientras se acercaba a las primeras casas, las miradas de los hombres ya no le parecían tan acogedoras, ni sus sonrisas tan cálidas. Había pasado de ser un turista a ser un inmigrante con los bolsillos vacíos. Si lo atacaban, no habría policía para defenderlo, ni medicina moderna para curarlo. Su inhalador podía mantener su enfermedad a raya durante algunos años, pero sólo si lo usaba únicamente para ese fin. Se acabó el recurrir a él cuando se encontrara cansado o le dolieran los músculos, no había medicina en el pasado que pudiera curarlo si se quedaba sin medicación. Cuando sus motoneuronas comenzaran a morir, se paralizarían sus músculos y terminaría sus días mendigando en una calle, arrastrándose para hacer sus necesidades en un rincón y padeciendo terribles dolores hasta que alguien se apiadara de él y le diera una muerte digna.

El inhalador lo separaba de ese final. Realizó los cálculos rápidamente; con una dosis a la semana podría vivir casi hasta los cuarenta años. Era una esperanza de vida mayor que la mayoría de las personas que había a su alrededor, campesinos y esclavos que no solían pasar de la treintena.

El Halcón era un hombre práctico. No se desesperó ni se lamentó por su destino. Su lugar en el mundo había cambiado, eso era todo. Pero la vida continuaba.

Lo primero que hizo fue buscar trabajo para asegurarse el alimento. No resultó fácil, y los primeros días pasó hambre y mendigó, pero con su acento exótico y sus conocimientos de matemáticas, pronto se hizo un hueco en el Liceo y consiguió el puesto de tutor del hijo de un hombre llamado Eudoxo, de forma que consiguió cubrir sus necesidades más básicas. Había pensado que las diferencias entre las clases sociales, entre los hombres libres de la ciudad y los sirvientes y esclavos, le pondrían las cosas mucho más difíciles, pero a la hora de la verdad, la mayoría de las personas con las que se cruzaba eran igual que él, prácticas, y si alguien podía prestarles un servicio, no se hacían demasiadas preguntas. Stephen se convirtió, en un tiempo tan corto que hasta él se sorprendió, en un habitante más de la ciudad, una de las voces que compraban en los mercados y que se lamentaban del mal tiempo.

La cápsula se hundió en el barro con las primeras lluvias, pero él ya había perdido hacía tiempo la esperanza de volver a su hogar.

Durante los meses siguientes, tuvo el placer de escuchar a Aristóteles antes de que marchara para convertirse en el tutor de Alejandro el Grande y, aunque no entendía muchas de sus palabras, comprendió por qué se había convertido en el mejor y más influyente pensador de la historia. Participó en algunas charlas y conferencias, pero procuró no destacar ni introducir conocimientos que no debía en aquella época, aunque no podía evitar reírse en voz alta cada vez que algún anciano se quejaba de la educación de los jóvenes y profetizaba el fin de la civilización.  

Sobrevivió a dos peleas callejeras, en una de ellas gracias a la velocidad de sus piernas, y en la otra defendiéndose y devolviendo los golpes que recibía por simple desesperación. Probó alimentos de sabores intensos y se acostumbró a no salir de casa sin un trozo de tela a modo de pañuelo, ya que siempre se encontraba acatarrado.

Fueron años intensos, ni felices ni desdichados, simplemente intensos. Sin darse cuenta, un día se despertó sin echar de menos el tiempo del que procedía.

Fue entonces, cuando llevaba más de tres años viviendo como un griego más, cuando había dejaod de pensar en el futuro, cuando ocurrió lo impensable. Algo cambió.

—¿Te has enterado, Halcón? —le dijo Eudoxo, su patrón, una mañana cuando entraba en la casa—. Aristóteles ha regresado a la ciudad, se ve que el rey Filipo ya no lo quiere como tutor de su hijo.

—Pero eso no es posible —respondió Stephen sobresaltado—. Aristóteles se quedará al lado de Alejandro cuando gobierne, durante el resto de su vida, y se extenderán sus enseñanzas por el Imperio y… y… ¿Cómo te has enterado?

—¡Qué cosas tan raras dices! Me lo han dicho en el mercado, ahora estará recibiendo a sus discípulos en la plaza, supongo…

El Halcón no terminó de escuchar sus palabras. Salió corriendo de la casa y se dirigió todo lo rápido que le permitían sus piernas doloridas hacia el Ágora. No usó el inhalador, a pesar de todo, y llegó justo a tiempo de ver al pensador entrar caminando en las plazas de los oradores, rodeado de estudiantes y curiosos. Parecía encontrarse de muy mal humor.

—¡Maestro! —gritó por encima de la gente—¡Maestro! ¿Por qué ha vuelto?

Aristóteles se volvió al escuchar su voz y se cruzó de brazos frente a él.

—Vaya, aquí tenemos a otro bárbaro —dijo—. Hablas igual que él, así que pregúntale a tu paisano, que tiene tu mismo acento. Pregúntale al nuevo tutor de Alejandro Hijo de Filipo, el que debe instruirlo en las artes de la guerra y el liderazgo. Según su nuevo amigo, yo ya no tenía nada que enseñarle.

—Pero entonces… entonces…

El pensador no se quedó a escuchar la respuesta. Dedicó un gesto de desprecio al Halcón y se marchó, arropado por su grupo de seguidores. Aristóteles, había aprendido hacía tiempo, se irritaba con facilidad, y que lo hubieran rechazado había resultado un duro golpe para su autoestima. 

Stephen se quedó quieto, de pie, sintiéndose solo de nuevo, mucho más que cuando comprendió que no volvería a su tiempo, mientras pensaba en las implicaciones de lo que acababa de escuchar.

Los libros de historia le habían enseñado que Aristóteles había acompañado al conquistador durante todas sus campañas. Alejandro utilizó su lógica y sus matemáticas a sus estrategias de militares, consiguiendo grandes triunfos con unas pérdidas mínimas, pero también le enseñó a no fiarse de magos y charlatanes, y a creer en la ciencia como única verdad. Alejandro había creado un imperio con la fuerza de las armas, pero los esfuerzos que dedicó a escolarizar a los hombres y a su educación dieron sus frutos rápidamente. Su hijo reinó como Alejandro IV de Grecia, el primer rey que extendió sus fronteras mediante el comercio y no la guerra. Durante su reinado, su pueblo no padeció una sola hambruna que no pudiera mitigarse con sus políticas de control y los nuevos silos para almacenar grano durante largos periodos de tiempo.

Su nieto fue llamado Filipo III de Asia. El imperio siguió extendiéndose.

Sin embargo, ahora Aristóteles había regresado a Atenas. Había sido sustituido como mentor de Alejandro por un militar. Eso sólo podía significar una cosa.

—No soy el único—dijo Stephen en un susurro—. No soy el único viajero del futuro. Un fanático de mi tiempo, un terrorista religioso, ha venido para cambiar la historia y ha echado a Aristóteles del lado de Alejandro. Sus enseñanzas no lo acompañarán y no difundirá su lógica y su ciencia por el mundo… Se va a convertir en un conquistador, como su padre, y no supondrá ninguna diferencia para la hsitoria. No va a cambiar el mundo, va a mantenerlo sumido en la oscuridad de la guerra y la religión.

La plaza se había quedado vacía. Sacó su inhalador del bolsillo y lo miró con resignación, pero lo guardó sin usarlo. Acababa de tomar una decisión, y necesitaba reservar toda la carga posible de su medicina.

Alejandro se encontraba en Pella, la capital del imperio macedonio. Allí se encontraba el terrorista, posiblemente acompañando a su nuevo maestro y, lo que era más importante, allí también se encontraba otra cápsula de viaje. Esa gente no solía dejar nada al azar, así que posiblemente estaban manteniendo un contacto regular con el viajero. Habían roto los bloqueos de una de las máquinas del tiempo, por lo que sin duda estaban bien preparados, pero los cambios en el pasado producen efectos tan impredecibles que se querrían asegurar de que su plan estaba saliendo como se había planeado.

El Halcón comenzó a andar hacia el puerto. Tenía que llegar a Pella, encontrar al terrorista, matarlo, ocupar su lugar, asegurarse de que la historia siguiera su curso, y volver a casa antes de que alguien lo matara o su enfermedad lo dejara inútil.

Salió de la ciudad  caminando despacio con sus pies calzados con sandalias. A pesar de la urgencia de su plan, sentía que tenía todo el tiempo del mundo.