lunes, 9 de abril de 2012

No fue por una trágica amargura 
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: 
la cordura, la terrible cordura del idiota.





Un  Loco - Antonio Machado 




No he podido encontrar la ilustración que, en un viejo número de la revista Cimoc, acompañaba estas palabras.


Las memoricé con una sola lectura. Si la recuerdas o la localizas, y me la facilitas por email o o algo parecido, me encantaría hacerme con ella y te lo agradecería muchísimo.


Cada vez que la recuerdo y la recito en voz baja, me siento un poco más estúpido, y el mundo me parece un poco más triste.

sábado, 10 de marzo de 2012

MOTIVOS PARA MORIR EN LA OSCURIDAD

Te dejo un pequeño relato. Lo presenté a un concurso de un foro que me resultó muy interesante, ya que realicé muchas correcciones gracias a los comentarios recibidos.


El resultado es una historia que me ha gustado escribir, y compartir.




Beroy abre la puerta. En la mano derecha lleva un café caliente, con leche, en un vaso de plástico grande. Esos vasos no pueden tirarse a la cara y producir heridas, o romperse sobre el canto de la mesa y usar los restos para atacar a nadie. Deja el vaso cerca de Carla muy despacio, con una sonrisa. Aún no sabe con qué tipo de mujer va a tratar. El café, de todos modos, no está tan caliente como para producirle quemaduras si ella se lo arrojara a la cara. Además su sexto sentido, ese don con el que ha nacido y que le ha convertido en el comisario más joven de la ciudad,  le dice que ella no va a volverse agresiva.

—¿Y bien? —dice después de un rato—. ¿Se encuentra mejor? ¿Más relajada?

Carla baja ligeramente la cabeza y entorna la mirada en un gesto casual, a medio camino entre el agradecimiento y la condescendencia.

—Sí, Comisario —responde ella—, me encuentro mejor, muchas gracias. Puede interrogarme cuando quiera.

—Oh, no, esto no es un interrogatorio, faltaría más. La he llamado porque tenemos que repasar su declaración, es el procedimiento habitual, ya sabe —Beroy hace una pausa y confía en que la mujer no sepa leer las emociones como hace él. Oculta algo, lo sabe desde el primer momento que la vio, pero no ha encontrado más que una excusa para volver a hablar con ella. Con un poco de suerte cometerá algún error y sabrá en qué le está mintiendo —. Y Llámeme Beroy, por favor, no sea tan formal. Cuénteme de nuevo lo que recuerda, se lo ruego. Sé que debe resultar doloroso para usted pero compréndalo, es importante atar bien todos los cabos.

—Claro, lo entiendo. Sí, resulta doloroso, pero no se preocupe, debemos enfrentarnos a nuestros miedos, ¿no es cierto? Debemos ser fuertes cuando la vida nos golpea, para no caer.

Beroy asiente en silencio y mira fijamente su bebida intentando mantener la compostura. Frente a él se encuentra una de las mujeres más atractivas que ha visto nunca, una belleza natural que destaca por encima de las lágrimas, de las ojeras y de la desdicha. Carla bebe un sorbo del café caliente y entreabre ligeramente los labios, apenas unos milímetros, lo justo para que se humedezcan y brillen. Se limpia con una servilleta, despacio, dejando en ella una huella de carmín, un beso de un rojo intenso. Beroy se pregunta si prestará la misma atención a sus besos que a sus palabras, si sus labios serán tan intensos como el café caliente y humeante que ha pedido.

—¿No cree, Comisario?

—Eh, sí, disculpe —responde él, prestando de nuevo atención—. Tiene toda la razón. Por favor, continúe.

—No voy a contarle nada nuevo, nada que no sepa ya. Mi marido y yo estuvimos cenando en un restaurante, un local nuevo que han abierto entre Principal y Mala Fe. Fuimos con unos amigos, el Senador Pemán y su mujer. Al terminar la cena alargamos la sobremesa quizá más de la cuenta, ya sabe cómo son estas cosas. No debió haber bebido tanto, pero ya conoce a mi marido, perdón, ya lo conocía, era testarudo, y quizá yo tenía que haber insistido más en irnos a casa pronto. Cristóbal no era de los que se amilanan, él sabía cuándo pasárselo bien y cuándo parar. En fin, qué le voy a contar, tomó una copa primero y alguna otra después, y el tiempo pasó volando. Cuando nos despedimos ya era de madrugada, y nos dirigimos directamente a casa.

—¿Conducía su marido?

Carla mira al Comisario y frunce ligeramente el ceño. Entrecierra los ojos durante un instante en un gesto de profundo desprecio que desaparece rápidamente. Beroy apenas si ha reparado en él. Carla piensa en su marido. Lo imagina arañando, gritando, golpeando e insultando, mordiéndose los labios como hace cuando se desespera, quedándose sin aire y asumiendo lentamente que va a morir.

—Sí, Comisario. Por supuesto que conducía él. Ya se lo he dicho, a Cristobal nadie le decía lo que tenía que hacer. Además, nadie excepto mi marido conducía su coche, es una cuestión de principios.

—¿No conduce usted por principios?

—Me refiero a los principios de mi marido. Nadie toca el coche o la mujer de un hombre, Comisario. Debería usted saberlo si es uno de ellos. Un hombre, quiero decir.

Beroy deja escapar el insulto. Carla ya no le parece una mujer hermosa, afligida y necesitada de comprensión. Algo ha ocurrido, ha recordado algo que le ha cambiado el humor. Ahora le recuerda más a un animal salvaje enseñando los dientes y defendiendo su libertad.

—La puerta de la finca se encontraba cerrada —continúa Carla—, como siempre, y se abrió cuando se acercó el coche, tenemos cámaras de seguridad que identifican la matrícula. No vimos ningún indicio de que hubieran entrado en la casa, porque la puerta del garaje se encuentra en un lateral y no pasamos por delante de la puerta principal. Mi marido se quitó el abrigo y entró en el salón. Escuché un grito y fui corriendo hasta él, con un pie descalzo porque todavía me estaba desabrochando las botas cuando ocurrió… Disculpe, Comisario, ¿me puede dar un poco de agua?

La mujer hace una pausa y bebe un largo trago del vaso que le entrega Beroy. Se encuentra visiblemente afectada y el Comisario, a pesar de que está acostumbrado a tratar tanto con víctimas como con criminales, se siente conmovido por su dolor, porque sabe, con toda certeza, que es real, que recordar esos momentos le duele profundamente.

—Yo… Debí haberme dado cuenta, ¿sabe? Debí darme cuenta de que ocurría algo raro, y no dejo de pensar que es culpa mía. Sulu, mi perro, no acudió a saludarnos. Se encontraba algo enfermo y era ya mayor. A veces dormía muy profundamente y no nos oía, pero… Me lo encontré en mi despacho, que es donde tenía su cama, en el suelo, como si estuviera dormido. Lo habían golpeado. Quizá le dieron sólo una patada, no lo sé, pero debió ser muy fuerte. El caso es que había sido maltratado, como un… como si hubiera supuesto una amenaza, y eso era imposible. Era un animal viejo y enfermo, era mi perro, no podía hacerle daño a nadie, ni a él ni a nadie. Se sintió morir y fue a mi cuarto, a esperarme.

—Su despacho.

—¿Perdón?

—Dice que se lo encontró en su despacho, no en su cuarto. Dice que no podía hacerle daño a él… ¿A quién se refiere?

—No me entiende, Comisario. Mi trabajo es muy absorbente, desde que me concedieron la beca trabajo más de lo que debería, los laboratorios y los hospitales me presionan para que avance en mis investigaciones. A veces me quedo en mi despacho hasta tarde y duermo en el sofá, para no despertar a mi marido, así que mi despacho se ha convertido prácticamente en mi habitación. Sulu duerme… perdón, dormía siempre en mi despacho, conmigo. Allí se encontraba seguro, a salvo.

—¿A salvo de quién?

—De mi marido. A veces se comportaba como un salvaje, ¿sabe? Se ponía violento cuando bebía. Últimamente bebía mucho.

Carla hace una pausa, respira profundamente y cierra los ojos. Beroy intenta adivinar lo que piensa pero únicamente puede saber cómo se siente. La mujer sentada frente a él es un interrogante, un amasijo de emociones que no consigue interpretar. Sabe que le oculta algo, pero no sabe el qué. Quizá consiga que se venga abajo si recurre a momentos dolorosos de su pasado, así que decide cambiar de táctica.

—Disculpe, Carla —dice finalmente, levantando una mano y tratando de aparentar la máxima autoridad—, pero esto tenemos que dejarlo muy claro. ¿Su marido la maltrataba? Sabe que tenemos su historial, y que incluye una denuncia por agresión.

—Lo sé, lo sé —responde ella—, pero… Eso ocurrió hace mucho tiempo y las cosas eran muy diferentes, ¿sabe? Fue al poco de casarnos. Por aquel entonces yo seguía estudiando la carrera, y él era joven y brillante, uno de los mayores constructores independientes de la ciudad. Aquella vez… Nunca me había levantado la mano, nunca. Es cierto que discutíamos y que él tenía mal carácter, pero yo tampoco me quedaba corta, nunca he sido del tipo sumiso, ya sabe a lo que me refiero. Una noche llegó tarde a casa, había tenido una reunión importante y se había alargado más de la cuenta. También había bebido, se lo notaba en el aliento, y no se encontraba de buen humor. Yo había preparado un risotto al pesto, y había colocado una botella de agua en la mesa. Se me olvidó sacar el vino, porque yo no bebo.

—¿No bebe vino?

—No bebo alcohol, Comisario. El alcohol nos vuelve bestias sin civilizar, y en eso se convirtió mi marido, en una bestia. Me dio un golpe, uno tan solo, y al caer me golpeé con la mesa. Me dijo que lo menos que esperaba por mantenerme era llegar a casa y disfrutar una cena decente, con vino, como Dios manda. Fue la primera vez que me golpeó, y también la última. Nunca olvidaré esa noche.

—No volvió a golpearla.

—Jamás. Esa noche no lo abandoné, y le agradeceré que no me pregunte la razón. La situación cambio, de todos modos, porque al poco tiempo yo terminé mis estudios y comencé a trabajar, y a él le ocurrió lo contrario. Sus ingresos fueron disminuyendo poco a poco; la crisis lo terminó alcanzando, como a todo el mundo. Primero de forma sutil, con primas que no se ganaban y pagos que no llegaban a tiempo, y al final rápidamente, con colaboradores que quebraban y deudas que se acumulaban, hasta que él se convirtió en el mantenido, el que no aportaba ingresos. Vivía en mi casa y yo le pagaba sus caprichos, así que no se encontraba en buena posición para amenazarme de ningún modo. Llevaba años sin levantarme la voz.

—Pero aun así vivía con él.

—Su apellido seguía teniendo una cierta importancia, y me resultaba útil para conseguir financiación para mis investigaciones. No me juzgue, Comisario, todas las relaciones se basan en el interés, de un modo u otro. El mío era eminentemente práctico.

Beroy no responde y deja que transcurran unos segundos en silencio. Carla se está envalentonando, y cuando las personas se confían es cuando cuentan sus secretos. Todo el mundo sabe que a él no se le puede ocultar nada, y esa fama le ha resultado muy útil. Pero no basta con la certeza, necesita pruebas, y por eso deja pasar las impertinencias y los insultos, porque no puede realizar un interrogatorio y se tiene que conformar con una charla informal. Tiene que dejarle hablar.

—Disculpe si parezco impertinente, pero debo preguntarlo —prosigue al cabo de un rato—. Su marido era un maltratador, o lo había sido en el pasado, no le amaba y no disfrutaba de su compañía. ¿Qué sintió al verlo malherido?

—Mi marido había recibido un golpe muy fuerte en la cabeza y me lo encontré en el suelo, inmóvil. A los dos segundos escuché cómo alguien rompía el cristal de una ventana. Se ve que el ladrón, o los ladrones, decidieron huir justo después de la agresión. Llamé a la policía en ese mismo momento y llegaron al tiempo que la ambulancia.

—Pero cuando llegaron…

—No pudieron hacer nada por mi marido. Nadie podía.

Carla mantiene la mirada, fría y serena. Sus labios están apretados con fuerza, pero tiemblan ligeramente. Ahí está de nuevo la pena, intensa y profunda, oculta detrás del carmín, de los ojos claros, humedecidos y brillantes. Beroy se impacienta, porque está perdiendo la perspectiva. Carla le desorienta y comienza a comprender que no va a darle una respuesta clara si no hace una pregunta clara.

—Carla —­dice con seriedad—, comprenda que necesito que responda a mi pregunta. ¿Mató usted a su marido?

La mujer mantiene la mirada y no la desvía ni un instante. Toma aire y responde sin que la voz le tiemble lo más mínimo.

­—Comisario, le aseguro, le juro por lo que usted quiera, que yo no lo maté. Llegué a casa, alguien había entrado en ella, alguien lo atacó. Le aseguro que hice todo lo posible para que él siguiera con vida.
Beroy mira fijamente a los ojos de la mujer, busca, analiza, piensa y reflexiona. Finalmente, se rinde. Carla dice la verdad.


Al cabo de unas horas, la mujer abandona la comisaría. Tiene la conciencia tranquila. Cuando llega a su casa, no obstante, no puede evitar derramar una lágrima. No piensa en su marido, sino en Sulu, su perro, su compañero fiel durante los últimos catorce años, muerto porque alguien decidió darle una patada tan fuerte que destrozó su pecho.

Ella sabe, no obstante, que no fueron los ladrones quienes lo golpearon. Lo sabe desde que se lo encontró en su despacho, cuando entró corriendo para buscar vendas y medicamentos para intentar curar a su marido. El golpe que lo mató, supo en ese mismo instante, se lo habían propinado justo antes de salir a cenar, y no fue un desconocido, sino su marido. Debió agonizar durante horas, jadeando, con los pulmones aplastados, sintiéndose morir.

Su marido detestaba a ese perro. Cuando era joven y vigoroso no se atrevía a ponerle la mano encima, y cuando envejeció y dejó de resultar una amenaza, ella se ocupaba de protegerlo, de cuidarlo. O eso pensaba.

En ese mismo instante, con su amigo fiel aún caliente, con su marido agonizando y los ladrones huyendo, también tomó una decisión. Volvió hasta el salón, cortó la hemorragia, protegió la herida y le suministró calmantes, fuertes, experimentales e ilegales, pero funcionales. Ella sabe que algún día revolucionarán la medicina. A su marido, en cualquier caso, lo mantuvieron con vida, con las constantes vitales prácticamente detenidas. Manejar el papeleo con los médicos de la ambulancia, con su historial como médico, fue fácil. La jueza que levantó el cuerpo era una vieja amiga suya, la misma que, siendo fiscal, años atrás le recomendó que no denunciara su marido cuando le golpeó, que lo que debía hacer era dejarlo o asegurarse de que no volviera  a hacerlo.

Unos días después, Sulu entró en su vida. No era una defensa contra su marido, pero sí un apoyo, un amigo que siempre permanecía a su lado. De un modo u otro, cuando Cristobal llegaba a casa, Sulu no lo esperaba en la puerta, sino junto a su mujer, tumbado a su lado, vigilando, cuidando y protegiendo. “Ya no está sola”, decía con su silencio.

Carla se da una ducha y se prepara un té. Se lo toma en el salón de una casa vacía, imaginando las últimas horas de vida de su marido, despertando al día siguiente de la agresión en una sala blanca, vacía y silenciosa, de un hospital.

Lo imagina preguntándose dónde se encontraba antes de ser sedado de nuevo por un médico que le debía un inmenso favor a su mujer,

Lo imagina durmiendo y recuperando la conciencia de nuevo en una caja cerrada, rodeado de madera, tierra y silencio en la más completa soledad.

Lo imagina arañando, gritando, golpeando e insultando.

Asumiendo, lentamente, que va a morir, como murió Sulu, solo, en la más completa oscuridad.

A Carla se le escapa, por última vez, una única y silenciosa lágrima.



La idea inicial era la de una mujer que se lamenta de que su marido no está (y parece que ha sido abandonada), luego se descubre que ha muerto (y parece que lo echa de menos) y luego que ella lo ha matado.

Esa idea no es mía, aparece en un comic del genial José María Beroy. Al final desestimé la idea y la simplifiqué bastante, pero mantuve el nombre del comisario como agradecimiento al “inspirador”.
El relato no está estructurado, no es más que una conversación entre dos personas. He querido trabajar en él uno de mis talones de Aquiles, los diálogos. Los personajes son muy básicos, mi habitual mujer de carácter fuerte y capaz de matar, y el comisario que aquí hace casi de narrador.

Este tipo de historias no suelen resultar muy interesantes, así que intenté atrapar al lector con un estilo directo e impersonal, de ahí el tiempo en presente, para dejar que el carácter y las palabras de los personajes fueran quienes sacaran adelante el peso del relato.  Espero que haya sido suficiente y que no haya aburrido. No pretendía más.

martes, 28 de febrero de 2012

FORASTEROS


FORASTEROS

Elizabeth le cerró los ojos y, al hacerlo, sintió que su vida jamás volvería a ser la misma. La cabeza de Yanish reposaba entre sus piernas, serena y tranquila, como si estuviera durmiendo. Ella respiraba con calma, intentando mantener el control. Llevaba años preparándose para ese momento. Era inevitable, y siempre lo había sabido.

Cuando decidió huir con él hacia la espesura de las laderas del Bisoke y vivir como una nativa, supo que llegaría el momento en el que se quedaría sola. Ignoró los llantos de su madre, las súplicas de sus hermanas y los gritos de su padre. Ella había crecido muy lejos de aquellas tierras y sabía que sería difícil, que su infancia en Europa no la había preparado para las duras condiciones de vida en la selva, y que estaba sacrificando quizá su propia vida por alguien que jamás comprendería el enorme sacrificio que estaba haciendo. El había nacido allí y no conocía más que la selva virgen y los barrotes de las jaulas del colono. Elizabeth lo dejó todo, él a cambio le entregó todo lo que tenía: Su amor, sus caricias y la selva. Cuando cerró los ojos de su cuerpo sin vida, ella supo que jamás volvería a amar como le había amado a él. No se equivocó.

Habían pasado diez años desde el momento en el que ella lo liberó y marchó con él hacia lo más profundo de la selva. Fue una noche de tormenta, en verano, casi al amanecer. Las celdas hervían de agitación, el olor a miedo y a sangre derramada eran intensos. Elizabeth ignoró a los capataces y abrió la celda de Yanish, que estaba acurrucado entre las sombras de las esquinas, temblando, abrazado a sus propias piernas porque lo habían aislado de su grupo. Le cogió de la mano, suavemente pero con firmeza, y con palabras amables que el no entendía le sacó de aquella sala pestilente. Los hombres no se atrevían a detenerla, pues si había una pena más grave en aquellas tierras que desobedecer al amo, era tocar un solo cabello de una de sus hijas.

Salió de la celda y de las cuadras donde almacenaban a esclavos y animales. Sabía, mientras caminaba bajo la lluvia intensa, que su padre observaba desde las ventanas de las habitaciones superiores. No la detendría porque siempre había respetado su iniciativa, pero tampoco se despediría de ella. Era el hijo major, el primogénito que debía perpetuar su estirpe de hombres fuertes y poderosos, y estaba huyendo de él, de su familia y de su raza. Huía hacia la selva y las montañas a vivir como un animal. Pero era su hija, y no la detendría.

Llegó hasta las puertas exteriores. Estaban abiertas, porque allí ya no quedaban enemigos que pudieran atacarles por las noches. Empapada y mezclando lágrimas con gotas de lluvia, su hermana pequeña le imploraba que se quedara.

—Lizzy, no puedes dejarnos —dijo entre sollozos—. Vas a morir entre las montañas allí sola, no tendrás una familia ni nadie que te cuide.

—Le tengo a él —respondió mirando hacia Yanish—, no necesito a nadie más.

—¡Pero no es como nosotros!

Sin una palabra de despedida, dando la espalda a su hermana, Elizabeth se adentró en la espesura acompañada del esclavo. Su hermana tenía razón. No era como ellas. Jamás aprendería su lenguaje. La familia que la acogiera, si lo hacía alguna, no la amaría como su padre y sus hermanas, pero no quería un matrimonio concertado, ni un padre ausente, ni criados y esclavos que la protegieran. Tenía a Yanish para cuidarla cuando enfermara, sus caricias para confortarla cuando tuviera miedo, y la selva salvaje para arrancarle gritos de alegría cuando cesara la lluvia y saliera el sol. No necesitaba más que su mirada de infinito agradecimiento por sacarle de la celda y devolverle la libertad.

Yanish llevaba mucho tiempo sin ver el amanecer, alimentado a través de los barrotes, maltratado por los hombres que no le dirigían más que miradas de desprecio. Había sido capturado hacía dos años junto con toda su familia. A la mayoría los habían vendido y trasladado lejos de allí, y a ninguno de ellos los volvió a ver jamás. En un solo día perdió familia, libertad y ganas de vivir.

No es que se negara a comer, es que no tenía razones para hacerlo. Los hombres esperaban a que engordara, a que creciera y se hiciera lo suficientemente fuerte como para poder ser vendido y trasladado, pero no era la debilidad quien retrasaba su traslado, sino Elizabeth. Cuando lo vio entrar en la finca, atado dentro de una jaula, algo se rompió en su interior.

—Padre, ¿por qué los capataces son tan crueles? —preguntaba. Y su padre, sin volver la vista hacia su hija, respondía con el mismo tono que utilizaba con sus empleados.

—Son animales. Viven en mis tierras y son de mi propiedad. Si no aprenden a temernos, antes o después nos atacarán como las bestias que son.

—Pero padre —decía ella—, son inofensivos. Mira sus caras, sólo quieren volver a sus hogares, con sus familias. Tiemblan cuando les amenazan y sienten miedo igual que nosotros.

Su padre, como hacía siempre que Elizabeth decía algo que le desagradaba, guardaba un incómodo silencio y ella terminaba pidiendo perdón. Luego bajaba hasta las cuadras y, con palabras suaves y caricias, intentaba que Yanish, como había bautizado al recién llegado, comiera algo y no desfalleciera. Cuando nadie la miraba, abría la celda y se metía dentro, acariciaba su rostro asustado, limpiaba sus heridas, y a veces conseguía que se tranquilizara y dejara de gritar en sueños.

Ahora, tantos años después de aquel primer encuentro, él ha muerto, y ella se encuentra acariciando su cuerpo frío en la puerta de una tosca cabaña. Lleva años sin vestir nada de ropa, pero de pronto se siente desnuda y desprotegida. Se cubre con las telas que ha robado hace poco en un campamento, y piensa en volver a la finca de su padre. Entonces se gira y ve el cuerpo de Yanish, fuerte y hermoso a pesar de la falta de vida.

—No volveré a amar —le dice con un susurro, tirando la ropa y sentándose a su lado. Coloca su cabeza entre sus piernas y lo acuna, como ha hecho tantas veces antes, incapaz de dejarle aún ahora. Quiere quedarse ahí con él, quedarse y morir, pero no puede. El instinto la levanta, la obliga a caminar y alejarse sin volver la vista atrás. Quiere regresar, gritar, llorar y maldecir, pero no puede y sigue caminando, dando un paso detrás de otro.

Llegará hasta las tierras de su padre, donde uno de sus hombres la encontrará y la llevará de vuelta a casa, donde su hermana, que se ha casado y vive allí con su marido y sus dos hijos, la abrazará envuelta en lágrimas. Su padre la recibirá con la frialdad de un hombre despechado, pero es su hija, y su corazón se ablandará, porque no es un monstruo. Le susurrará “lo siento”, una y otra vez, cuando la estreche entre sus brazos, y ella sabrá que en verdad lo siente, porque las celdas están vacías desde el día que marchó.

Sin embargo, a pesar de las riquezas de su familia, de volver a Europa y de vivir una larga vida, nunca traicionará las palabras que pronunció ante el cuerpo de Yanish. No volverá a amar, excepto a su recuerdo. 



Te he dejado un relato breve. Mi intención era que la naturaleza de Yanish la decidiera el propio lector, pero en fin, creo que lo mío son las historias y no los experimentos. 

Lo escribí para un concurso, pero no me gustó el resultado porque no se adaptaba a las bases. La estructura me costó escribirla, ya que desde el presente hago una retrospectiva al pasado más lejano, y luego me voy acercando de nuevo al momento actual. Intentaba jugar con una historia cuya fuerza no dependiera de los personajes, sino de los actos que les rodeaban, de lo que implicaba su relación. 

Demasiadas palabras para definir un relato tan breve, ¿verdad? Al final, lo único que conseguí es una historia de amor en la que la soledad acaba imponiéndose. ¿No terminan así todas?

domingo, 12 de febrero de 2012

Actualizada el área de descargas

He añadido un par de archivos al área de descargas, como ya dije.

El relato Los que se niegan a morir ahora está disponible en formato epub y fb2.

Si vas a leerlo desde un ereader o desde un dispositivo móvil (teléfono móvil o tablet), creo que el formato más adecuado es el epub. En realidad desconozco las ventajas e inconvenientes de usar unos u otros y, ante la duda, he preparado una versión también en formato fb2, más por costumbre que porque pueda resultar de utilidad para alguien.

Si utilizas esta última versión, el formato fb2, te ruego me lo comuniques para mantenerla. Si no, dejaré de usarla y me centraré en los otros dos por comodidad y espacio.


Aprovecho para agradecerte, lectora desconocida que me dejaste un mensaje en mi perfil de un foro que no tiene nada que ver con la literatura, que me alegraras el día con tus palabras. Las historias se olvidan, pero las emociones perduran. Gracias por leerme y por tus consejos, que tendré muy en cuenta.

dso


miércoles, 8 de febrero de 2012

AREA DE DESCARGAS

A la derecha de la página he habilitado un espacio en el que colocar los enlaces de descarga de las obras que vaya escribiendo y que tengan una cierta extensión. Los relatos sueltos, por ejemplo, creo que no lo necesitan, pero las obras más largas se leen mejor en un ereader o en papel. Ya sabes, picas encima con el botón derecho del ratón y le das a "guardar enlace como". Elijes ruta de destino y ¡hop! relato guardado en tu equipo para cuando te apetezca leerlo.

He tenido que recurrir a Dropbox porque mi cuenta en Megaupload, donde subía los relatos, obviamente está deshabilitada. Gracias, FBI, ahora el mundo es un lugar más seguro.


Acabo de colgar un enlace a Los que se niegan a morir, que es el título definitivo para  la historia de Devan y Dailyn. En breve lo subiré en más formatos, de momento está sólo en pdf. Si la lees y te gusta, te agradecería un comentario, que siempre viene bien. Si no te gusta te agradecería enormemente un comentario, porque así mejoraré en mi próxima historia.


Gracias a todos los que conocéis a Dailyn, incluso a los que pasáis a su lado cada día sin reconocerla, por haberme inspirado. Vuestra será la paz algún día.

Gracias a todos los que conocéis a Devan. Sois muy pocos, pero muy queridos.

Gracias al cabrón desalmado sin escrúpulos que abandonó un día a una gata que había sufrido un accidente y había perdido un ojo, por permitir que nos encontráramos. Adopté a esa gata. Se llamaba Sopa. Me hizo muy feliz, pero si la recuerdo me pongo a llorar.


dso