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lunes, 26 de diciembre de 2011

LOS QUE SE RESISTEN A MORIR (decimooctava y última entrada)


La historia está terminada. Falta retocarla, adaptarla a un ritmo más adecuado (diferente al que imponen las entradas de un blog), pulir algunos detalles y ese tipo de cosas. 

En breve colgaré un archivo con el texto completo en diferentes formatos, para facilitar su lectura. 

He aprendido mucho escribiéndola, tanto sobre cómo escribir como sobre mí mismo. Creo que ahora tengo un poco más claro cómo contar las historias que quiero contar...

Gracias por leerme. 




Lo primero que hizo fue echar un vistazo a todo el bar, con detalle, como si tuviera que cerrar los ojos y hacer una descripción detallada de todas las personas que había en él. No le costó mucho porque estaba medio vacío.

Camareros detrás de la barra. Dos. Dailyn a su lado. Un tipo al que casi no veía dándose el filete con una chica en un rincón. Una mesa junto a un asiento acolchado, y en él, tomando una cerveza tranquilamente, un chico que no tendría más de 18 años con una mirada fría, perversa, de anciano cabrón capaz de cualquier cosa. En un instante, que en su mente duró una eternidad, tomó una serie de decisiones y ordenó sus prioridades. “Aquí y ahora comienza mi vida”, pensó.

Eliah, supongo —dijo, acercándose al chico y colocándose delante de Dailyn.

Tú eres el que supones —respondió el chico—. Así me llaman, sí. Pero eso ya lo sabes, joder.

¿Me das tu palabra de que, si nos sentamos Dailyn y yo a la mesa contigo, no nos atacarás ni harás que nadie nos ataque?

Eliah se lo quedó mirando con una expresión extraña. Se notaba que no estaba acostumbrado a tratar con gente que supiera quién era realmente y que no lo temiera. Devan miró a Dailyn, y ella le devolvió una mirada divertida, una mezcla extraña entre orgullo y felicidad. Para encontrarse tan cerca de quien se suponía que quería matarla, parecía muy tranquila.

Qué frase tan rebuscada —dijo Eliah— . No quieres dejar nada al azar, ¿eh? Vale, acepto. Mientras estéis sentados en esta mesa, no os dañaré a ninguno de los dos ni permitiré que nadie lo haga.

Eso pareció convencer a Devan, que se sentó justo en el momento en el que un camarero traía una cerveza y una coca cola. Eliah comprendió que Devan había anticipado su respuesta y había pedido en la barra antes de acercarse a él. No le gustó.

¿Y bien?

Quiero respuestas, chaval —dijo Devan— sin tonterías, sin metáforas y sin irte por las ramas. Quiero que me expliques tu relación con Dailyn y por qué la sigues. Y entonces decidiré lo que hago contigo.

Dailyn, que ya estaba acostumbrada a que Devan tratara a dioses e inmortales con la chulería de un macarra de barrio, no se sorprendió, aunque sí se preocupó un poco por la reacción de Eliah, que parecía estar haciendo un auténtico esfuerzo por controlarse. Las manos le temblaban ligeramente.

Me... me tratarás con el respeto que merezco, maldito seas. No tolero que nadie me hable así. Day, deberías haberle advertido.

Bla, bla, bla —dijo Devan moviendo la mano según hablaba, con un gesto burlón—. Eres igual que Zazu, joder, qué pagados estáis de vosotros mismos. Canta, pajarito, canta, que si lo haces bien a lo mejor te ganas mi respeto.

Eliah parecía que iba a explotar. El camarero interrumpió la escena al traer un plato de aceitunas y unos tenedores, y eso dio unos segundos a Eliah para tranquilizarse. Dailyn apretó el brazo de Devan para que guardara silencio, y sólo ella pareció notar que el hombre del fondo, el que se escondía detrás de los labios de una chica, durante un momento se quedó completamente quiero, atento a las reacciones de todo el mundo. Luego Eliah comenzó a hablar, y el hombre volvió a lo suyo.

Te he echado de menos, Dailyn —dijo—. No sabes lo duro que se me hace cada instante que paso lejos de ti. Llevo tanto tiempo buscándote, tanto tiempo...

¿Y ahora que estás cerca de ella? —dijo Devan, interrumpiendo.

Ahora que por fin la he alcanzado, me la llevaré, la abrazaré y me calentaré con su luz hasta que se extinga. Por fin eres mía.

Devan miraba a Daylin sin comprender por qué mantenía una ligera sonrisa. Parecía que no la importaban las amenazas de Eliah, como si se sintiera perfectamente segura. Devan tuvo una corazonada y sintió un escalofrío.

Day —dijo—, tú esto ya lo sabías. Has venido a este bar sabiendo que Eliah estaba aquí, y podías haberte escapado cuando hubieras querido.

Podría haberme escapado, Devan —dijo ella con una gran sonrisa—, pero entonces ¿cómo habrías podido cuidar de mí? Estoy aquí porque te quiero.

Esas fueron las últimas palabras que escuchó Devan en vida.

En su cabeza, en lo más profundo de su mente, rozando su espíritu torturado y confundido, el mundo estalló en mil pedazos. Porque toda su vida, cada segundo de su existencia desde el momento de su nacimiento, le había conducido a ese preciso momento. Daylin le acarició el cuello con las yemas de los dedos, y su roce fue el de la mujer que despide al marido que marcha a la guerra, la princesa que acepta una rosa roja en un torneo, la musa que inspira la pluma de un escritor que no tiene fuerzas para contar su historia.

Podría haber escapado, pero arriesgaba su vida inmortal para darle a Devan una oportunidad de defenderla, de demostrar su amor, de darlo todo por ella. Devan nunca había tenido una pelea por defender a nadie, ni se había enfrentado a otros hombres por el amor de una mujer, y nunca se había arrepentido de ello. Esta ocasión era diferente. Dailyn era la razón de su existencia. Su vida había cobrado un sentido que jamás, desde que perdió la fe en su adolescencia, pensó que podría alcanzar.

A Devan le sobrevino un dolor de cabeza tan intenso que lo cegó, como si un martillo hubiera hundido hasta lo más profundo un clavo afilado en cada uno de sus ojos. La presión era tan intensa que las lágrimas no fluían, porque todo su cuerpo se había paralizado. Poco a poco comenzó a ver de nuevo y se dio cuenta de que el dolor no era físico, sino emocional. Su alma gritaba tan alto que no podía escuchar nada más. Algo debía ocurrirle también a su cuerpo, porque los clientes del bar se habían levantado de sus mesas y se acercaban a él con expresión preocupada. El tiempo se agotaba.

Eliah —dijo con una voz que le sonó muy grave, como si el tiempo se hubiera ralentizado —hoy no es el día. Hoy no vas a tocar a Dailyn, tú... tú quieres matarla y ella quiere que viváis los dos. Tú rompes el equilibrio, Eliah, y... no... voy a consentirlo. Mi deber es detenerte.

Eliah se levantó de un salto y cogió el botellín de cerveza que tenía a su lado. Devan estaba preparado. No era tan rápido ni tan fuerte, pero el tiempo había dejado de tener importancia para él.

La gente se movía a cámara lenta a su alrededor. Notó unas gotas de sangre que le resbalaban desde los oídos, probablemente acababa de sufrir algún tipo de lesión interna. Sentía la piel caliente, muy caliente, le abrasaba como si estuviera metido en un horno. No tenía tiempo para esquivar a su agresor. Sintió la botella romperse contra su sien en el mismo instante en el que su mano izquierda agarraba la chaqueta de Eliah y la derecha hundía en su cuello uno de los pequeños tenedores que había traído el camarero.

Devan habría querido decir muchas cosas a Eliah. “Gracias por acercarte” fue lo primero que pensó. Le habría querido decir que a veces hay que perder para poder ganar, que se había sacrificado a sí mismo, un simple peón, para hacer un jaque al rey, desprotegiendo su cabeza para poder agarrarle y clavarle el tenedor en el cuello. Que sabía que esa herida no era mortal, pero que bastaría para dejarle fuera de combate y darle tiempo a Dailyn. Habría terminado diciéndole que, para la edad que tenía y para ser un dios, había perdido como un gilipollas.

Intuyó, más que vio, que Eliah se derrumbaba hacia atrás y caía en su sillón gritando y tapándose el cuello. Notó dos figuras junto a él. Una era Dailyn que, sin decir ni una palabra, le dio un beso en los labios, tan suave que casi fue una caricia.

Perdió la visión, aunque aún conservaba algo de oído. Escuchó más gritos y mucho movimiento a su alrededor, y notó como alguien, la segunda figura que había notado a su lado, lo movía y lo levantaba del suelo. Entre todo el barullo alcanzó a distinguir la música que sonaba de fondo.

Dibujar sonrisas en su piel,
todo el tiempo estaba pensando en ella.
En sus labios color pasión.

Sus últimas fuerzas las dedicó a esbozar una ligera sonrisa, cumpliendo así la promesa que se había hecho a sí mismo cuando supo que tenía un cáncer terminal: sonreír al menos una vez al día.

La canción que sonaba era de La Dama Se Esconde.

El mundo se oscureció.

Hubo ruido, y mucho jaleo. Llegaron ambulancias, llegó la policía. Se llevaron a Eliah, medio inconsciente, escoltado a un hospital. El camarero dijo que era el mismo chico que se había involucrado en otra pelea hacía no mucho tiempo. Esta vez la había empezado él.

Dailyn había desaparecido

Pasó un tiempo indefinido, y Devan notó que estaba respirando. Lo primero que hizo fue sorprenderse porque era consciente de sí mismo.

Pienso, así que soy real”, se dijo a sí mismo en voz baja en un alarde de originalidad.

Un instante más tarde se dio cuenta de que veía luz. Al principio era una luz informe, un resplandor que ocupaba todo su ángulo de visión, pero poco a poco se fue enfocando y se transformó en un fluorescente.

O estoy vivo o el infierno se parece mucho a un hospital”, pensó.

Su vista se aclaró y vio el techo, y luego probó a mover un poco la cabeza. Estaba en una habitación blanca, pequeña y con cortinas en vez de paredes. Era la sala de urgencias de un centro médico. Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, era de día y se encontraba en una habitación diferente. Era más grande y mejor amueblada, como las que había visto tantas veces cuando iba a visitar a los enfermos terminales de cáncer. Esta vez su vista se aclaró más rápido. La cabeza le dolía y sentía una presión intensa bajo los párpados. Notó vendas prácticamente por todo su cuerpo. Al otro lado de la puerta escuchó una acalorada discusión, parecía un médico pegándole la bronca a alguien. Escuchó algo acerca de unos análisis y de un error muy serio. Al mover la cabeza vio un informe en una silla vacía a su lado. Tenía su nombre escrito, y junto a su historial médico había un montón de tachaduras y anotaciones.

El dolor de cabeza se incrementó de golpe. Sin pensarlo, se levantó de la cama y, agarrándose a los muebles para que no se le soltara el goteo que tenía conectado en el cuello, cerró las persianas.

Las cerró del todo.

Pero seguía viendo.

Notó el goteo que entraba en su cuerpo a través de su cuello. Estaba conectado en el lado derecho. Sin embargo, también tenía vendado el lado izquierdo. Se arrancó las vendas con rapidez, aunque ya sabía lo que se iba a encontrar. Recordó la canción que sonaba en el bar, y al tipo que le miraba atentamente desde una mesa pero que él no llegó a reconocer. El mismo tipo que lo levantó en brazos y lo llevó inconsciente al hospital.

En el lado derecho del cuello tenía una herida reciente, como si alguien le hubiera dado un buen mordisco.

¡Oh, joder! —dijo, pero esta vez no se acordó de pensarlo y lo gritó en voz alta. La puerta se abrió y entraron dos médicos con una intensa cara de preocupación.

Devan sonrió.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Los que se resisten a morir (decimoséptima entrada)

Te cuesta terminar, ¿eh?


Animo, ya te queda poco. Haz que me sienta orgulloso. Haz que cuente. Tú sigues dependiendo de los demás, pero Devan sólo depende de sí mismo.


¿Preferirías, acaso, ser feliz y estar muerto?






Esta entrada está sin corregir. Perdona las faltas, me pondré con ella y la editaré en breve. Quería verla en el blog, simplemente.









El día amaneció soleado, las nubes parecían por fin dar un respiro al cielo. Era la primera vez que Devan veía el sol en semanas. “No es un mal augurio”, pensó, y a pesar de que sentía en las tripas que no volvería a ver amanecer, decidió que no podía vivir ese día de un modo diferente al resto de su vida. Debía pasar un poco más de tiempo con Sopa y asegurarse de que fuera a quedar bien atendida, y también visitar a los niños del hospital. ¿Por qué no hacerlo? Le sobraba tiempo para morir.

Rapunzel y los demás niños se lo tomaron bastante bien cuando les dijo que posiblemente no volvería a visitarlos. Esos niños estaban más acostumbrados a ver morir a sus amigos que la mayoría de los adultos, y lo aceptaron con una facilidad pasmosa que a Devan le sorprendió y también entristeció un poco. “La muerte no debería rondar a los niños tan pequeños”, pensó. “No debo compadecerme de ellos igual que ellos no se compadecen de mí”. Pero cuando salió del hospital no pudo evitar maldecir al mundo en voz alta.

Sopa lo llevó peor. Con su particular sensibilidad, supo rápidamente que algo no marchaba bien, algo iba a cambiar y los gatos no toleran bien los cambios. Comieron juntos en la cocina, se acomodó en su regazo cuando se tumbaron a ver la tele juntos, tranquilizándose con el olor conocido, y pasaron un par de horas haciendo lo que mejor sabía hacer ella: dormir. Cuando Devan se levantó y se vistió para salir de casa, ella ni se inmutó.

Adiós, Sopa, cariño –la dijo desde la puerta con una voz más temblorosa de lo que esperaba. La gata siguió durmiendo, soñando, quizá, con los días en los que podía ver, y jugar, y perseguir cosas que se movían. Al igual que los amaneceres de Devan, esos días seguían existiendo en el pasado, fuera de su alcance. A los gatos, de todos modos, todas esas tonterías existenciales les dan igual.

¿Qué haces cuando piensas que te queda menos de un día de vida?

DESPEDIRTE DE TUS SERES QUERIDOS

O

PREPARARTE PARA IRTE A LO GRANDE

Devan lo tenía claro, llevaba meses preparándose para ese momento. Salió de su casa y bajó por las escaleras. Saludó con una sonrisa a los vecinos con los que se encontró, sin aspavientos, aunque quizá un poco más amable o entusiasta de lo habitual. Su intención era dejar la mejor última impresión posible. Pasó por su trabajo a la hora de cerrar, a saludar y a invitar a una caña rápida a sus compañeros. “Estás muy bien”, le decían todos, “para estar tan jodido”, añadían con la mirada, en silencio. Devan lo notaba y hacía como que no se daba cuenta. Se despidió rápido, pero satisfecho de haber realizado esa parada. Con esas personas había pasado muchas horas en los últimos años y, le cayeran bien o mal, a esas alturas era irrelevante. “Lo que tú sientas no te sobrevivirá”, había dicho Dailyn en una ocasión, “pero lo que los demás sienten por ti permanecerá cuando tú hayas muerto”.

Pensó en pasar por delante de su clínica veterinaria, no tanto para ver a Mireia, la última mujer de su vida, como para asegurarse de que sus arreglos para el futuro de Sopa seguían estando claros, pero le pareció fuera de lugar, porque sabía que todo estaba bien, y no lo hizo. También pensó en llamar a sus familiares más cercanos, que de cercanos no tenían nada, o a alguno de sus amigos, pero ¿qué podía decir? El único que podía comprenderle, hasta cierto punto, era Salem, y tampoco tenía nada que decirle. Sentía esa extraña sensación de paz que se alcanza cuando no tienes ninguna conversación pendiente con nadie. Estaba listo para morir.

Primero pasó por el bar de la camarera desagradable. Seguía siendo un lugar para gente formal y respetable, arreglada y bien peinada, y Devan seguía desentonando como un vegetariano en el Banquete de los Mil Jamones. “Que coincidencia”, dijo la camarera, “Eliah ha venido hoy por aquí, y le he dicho que un hombre preguntó por él no hace mucho”. Luego guardó un prudente silencio, por lo que Devan no supo si Eliah había respondido algo. Muchos años detrás de una barra habían enseñado a la camarera a mantener cara de poker ante los clientes.

No sabrás, por casualidad, dónde podría encontrarle ahora, ¿verdad? –preguntó él.

Pues sí –respondió ella–, porque me lo ha dicho antes de irse. Me dijo “si vuelve el tipo ese, le dices que me vaya a buscar al bar de la pelea, él sabe cual es”. ¿Sabes cual es?

Sabía que vendría hoy aquí”, pensó Devan. Ha venido sólo para dejarme un mensaje, sabe lo que voy a hacer, sabe lo que va a ocurrir y, probablemente, sabe dónde está Dailyn en todo momento. ¿A qué viene este juego?”

Salió de allí malhumorado, sin despedirse ni dedicarle siquiera una sonrisa a la camarera. “Gilipollas complaciente”, pensó al salir. “Se ha puesto a bailar con el diablo, y ni siquiera ha comenzado a sonar la música. Se está riendo de nosotros, de todos nosotros. De todos los que estamos vivos”.

En la calle se detuvo un momento. Sabía dónde tenía que ir, y cada momento que pasaba sentía con más claridad que allí iba a encontrar a Eliah y a Dailyn. La cabeza no le dolía, pero porque se había tomado una dosis peligrosa de analgésicos. Se encontraba algo mareado, pero mantenía las náuseas a raya, curiosamente, a base de mezclar medicamentos con bourbon.

Los dos bares se encontraban cerca uno del otro, pero Devan alargó el paseo un poco más de lo necesario. Pasó por una plaza pequeña, poco más que un rincón medio escondido entre dos edificios, y pidió un cigarrillo a unos chicos. Se sentó en un banco de una calle peatonal y se lo fumó muy despacio, casi sin saborearlo. Cada calada le hacía toser porque hacía mucho tiempo que no fumaba, y además le dio un ligero mareo y un pinchazo en una sien. Pero se lo terminó, pese a todo, mientras observaba a la gente que paseaba por la calle y especulaba sobre sus vidas. “Esos dos no se quieren, pero no saben vivir el uno sin el otro”, decía sobre una pareja de personas algo mayores que caminaban con paso rápido, como si tuvieran prisa por volver a una madriguera de la que no debían haber salido. “Ese es un asesino y el tipo al que sigue es su víctima”, pensó cuando un hombre de semblante serio pasó a su lado, seguido de cerca por un hombre con gabardina que mantenía una discreta distancia y cuya mirada contenía un odio intenso.

Ese niño estará muerto dentro de cien años”, pensó al ver pasar a una mujer joven con un bebe en un carrito. El bebé lloraba mientras la madre intentaba consolarlo y le abrigaba para que no se resfriara con el aire frío que se estaba levantando. “La vida es pasajera y la tratamos como si fuera eterna”, se dijo en voz baja mientras recordaba sus últimas palabra con Dailyn.

Siguió sentado un rato más, pero el aire cada vez soplaba con más fuerza y el cielo, que llevaba despejado todo el día, comenzó a cubrirse. Se levantó con desgana y, ajustándose la chaqueta para protegerse, se dirigió al bar en el que se encontraba Eliah. Cruzó la puerta sin mirar atrás, sin vacilar, sin pensárselo ni un segundo más. “Al infierno con todo”, dijo en voz alta.

Dailyn se encontraba allí.

¡Devan! –gritó al verle. Corrió hacia él con una sonrisa y se echó a su cuello como si fuera un niño que se acabara de encontrar a Papá Noel. Eso le pilló desprevenido a Devan, pero mantuvo el equilibrio y no se calló al suelo. Le costó un poco no hacerlo, de todos modos.

¿Qué haces tú aquí? –preguntó cuando recuperó la verticalidad. ¿Y con quién has venido? Porque te recuerdo que los niños, ejem, sin un adulto que os acompañe no...

Eliah está aquí, Devan –dijo ella, interrumpiéndolo. La sonrisa había desaparecido.

Ahora sí que ya no entiendo nada –respondió él.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los que se resisten a morir (decimosexta entrada)


Todo llega...



La vida, para Devan, se podía medir en intervalos de tres semanas, que era el tiempo que transcurría entre las sesiones de quimioterapia. El universo de un enfermo gira en torno a sí mismo. Análisis, visita al oncólogo, sesión de quimio. Más análisis, más citas, más médicos. El sistema funcionaba, y hasta un cínico como él admitía que las cosas habían mejorado mucho para los enfermos de cáncer. Tuvo un par de charlas con voluntarios que se paseaban por las cabinas y las habitaciones de los afectados, hablando y ayudando a aceptar la realidad a enfermos y familiares. En un par de ocasiones le dijeron que su forma de luchar (de luchar, de perder y de aceptar la derrota) era algo muy llamativo y que podía hacer mucho bien a los demás si lo compartía, así que se armó de valor y realizó un par de visitas a los deshauciados, los que no tenían ni tratamiento ni fuerzas para volver a sus casas y pasaban sus últimos días escapando del dolor y la lucidez con analgésicos y con los últimos abrazos de los familiares.

Le fue mejor de lo que esperaba, sobre todo con los niños. El cáncer en un cuerpo que está creciendo se reproduce de forma totalmente incontrolada, y sus efectos aparecen con una rapidez sobrecogedora. El ánimo y las ganas de vivir, sin embargo, no se ven tan afectadas. “No sabéis lo que os vais a perder”, bromeaba Devan con ellos, “y no podéis valorar lo que os queda por vivir. Pero ¿sabéis una cosa? Lo que cuenta es lo que vives, no lo que te pierdes. Yo me pierdo cada vez en que entro en el hospital, ¡no se lo contéis a nadie!”. El personal sonreía porque con su imagen de torpe y despistado hacía reír a los niños, pero cuando no miraba nadie les hablaba de Dailyn, que también era una niña, de Néstor y Andros, que para ser vampiros no eran mala gente, y de Zazu, que era muy fuerte pero muy cobarde y por eso les caía mal a todos. Les hablaba de Sopa, que también estaba enferma pero que no la importaba mientras tuviera sus caricias y su jamón cocido por las mañanas. Y cuando le preguntaban dónde estaban cada uno de ellos, a veces respondía la verdad y a veces se lo inventaba.

En realidad da igual dónde esté Dailyn ahora –dijo en una ocasión a Rapunzel, que es como él llamaba a una niña de ocho años que acababa de perder su melena rubia–, porque yo sé que sigue viva, que Eliah todavía no la ha encontrado y que la veré otra vez antes de morirme.

¿Cuándo? –preguntó ella.

Pues no lo sé. Pero me he prometido a mí mismo que quiero conocer a Eliah y asegurarme de que no la haga daño. Y los caballeros siempre cumplimos nuestras promesas, no como ellos.

¿Como quienes?

Como los dioses y los adultos, Rapun. Los caballeros y los niños no podemos mentir, porque entonces nos convertimos en adultos o en mentirosos, y ya hay suficientes de todos ellos en el mundo, ¿verdad?

Rapunzel sonreía sin saber muy bien si creer a ese señor tan raro que hablaba de los adultos como si él no fuera uno de ellos, pero era una niña que aún no había dejado de creer en hadas, princesas y monstruos. Además, una noche soñó con Dailyn. No fue una visión sino un sueño normal y corriente, pero para ella fue suficiente, y desde ese día intentó acordarse de todo lo que Devan la había contado. Su leucemia siguió su curso, pese a todo.

Con los familiares, sin embargo, Devan no se encontraba cómodo. Como él era un enfermo, no lo trataban del mismo modo que a los demás voluntarios y consejeros que se prestaban a ayudarles. Cuando hablaban con él a veces detectaba un pequeño rechazo, les recordaba una enfermedad y una mortalidad de la que querían alejarse, y a veces también le trataban con lastima o aún peor, con condescendencia. Aprendió pronto a ignorar a ese tipo de familiares, y sólo hablaba con ellos cuando se acercaban y mostraban un interés real en lo que estaba haciendo. Tardó poco tiempo en labrarse una pequeña fama, y tanto los médicos como los enfermos se acostumbraron a sus rarezas, a sus historias, y a llamarle Devan. De un modo u otro animaba a los pacientes y les hacía pensar en algo más importante que su enfermedad. Hizo más amigos en dos meses de hospital que prácticamente durante toda su vida anterior.

Pasó el tiempo y llegó el frío. Mientras se recuperaba en su casa de su sexta sesión de quimio, durante la segunda noche (que en su caso era mucho peor que la primera), arrodillado en el inodoro mientras las náuseas hacían su trabajo, Devan sintió que había llegado el momento. No fue una visión mientras dormía, ni una revelación que llegara con las primeras luces del amanecer. La sensación de que Eliah y Dailyn estaban cerca, no de él, pero sí de un momento cercano en su vida, le sorprendió vomitando en ropa interior. Mientras jadeaba y se limpiaba sudor y lágrimas de la cara, sintió el roce suave de Sopa entre sus pies descalzos.

Sopa, cariño –la dijo con voz entrecortada–, creo que me voy a morir hoy.  

domingo, 6 de noviembre de 2011

Los que se resisten a morir (decimoquinta entrada)


El amanecer sorprendió a Devan dormido en el sofá. No era la primera vez que se acurrucaba en el dos plazas y se tapaba con la manta de Dailyn, pero sí era la primera que se despertaba llorando. Esa noche se había acostado algo borracho y con una considerable dosis de calmantes para evitarse la jaqueca por la mañana, pero nada le había preparado para la decisión que, sin consultarle siquiera, habñia tomado su subconsciente mientras dormía.

Era el momento de ocuparse de Sopa.

La gata, que tenía sus propias ideas acerca de cómo ocuparse del cáncer de Devan, había dormido apoyada en su cabeza afeitada. A veces se revolvía un poco y se daba una vuelta, rozando sus bigotes contra el cuero cabelludo, intuyendo que algo no marchaba del todo bien ahí dentro. Si el tumor se moviera y saliera a tomar el aire de vez en cuando, como uno de esos parásitos que aparecen en las películas de terror que se infiltran en la gente a través de los oídos, si asomara sus tentáculos aunque fuera un sólo instante, Sopa estaría allí, vigilando. Lo atraparía con sus garras, porque aunque estaba ciega tenía buen oído y buen olfato, jugaría con él con la crueldad propia de los felinos, y luego lo devoraría poco a poco. Esa habría sido su forma de ayudar a Devan con aquello que tanto parecía preocuparle. No como una correspondencia a sus atenciones y a su cariño, pues los gatos no contraen deudas, sino como un gesto de aprecio, desinteresado y carente de importancia. Salvarle la vida sería un efecto secundario. Los gatos tampoco entienden la diferencia entre la vida y la muerte.

Para Devan, que había conocido a un avatar de la creación, la diferencia era grande, pero a un nivel muy poco práctico. “Cuando vas a morir,” le había dicho a Andros la noche anterior, “al mundo no le importa si quieres seguir vivo, pero sí lo que haces mientras estás en él”.

Adelantó la revisión semestral de Sopa. La gata ya no se ponía nerviosa en el transportín, desde que había perdido la vista se tomaba esas incomodidades con bastante resignación. Había aprendido a confiar en Devan, quizá obligada por su minusvalía, y eso simplificaba mucho las cosas. Además Mireia, la veterinaria que la atendía, tenía una mano excelente con los gatos. Olía a atún.

A simple vista está todo bien –dijo después de reconocerla y de darla una golosina–. Pero mejor esperamos a los resultados de los análisis, ven dentro de tres días que ya los tendré listos.

Devan había aprendido a no esperar nada bueno de los resultados de un análisis. Sin embargo, a pesar de su historial, Sopa tenía mejor aspecto que él.

¿Has pensado qué vas a hacer con ella? –continuó ella– ¿Tienes a alguien que la cuide cuando tú no estés para hacerlo?

Eh... No, la verdad es que aún no –respondió él, sorprendido por la franqueza de la veterinaria, que mostraba más interés por la supervivencia de la gata que por la suya–. Quizá tú me puedas echar un mano, porque no me fio lo suficiente de ninguna de las personas que conozco. Tenía una amiga que se iba a hacer cargo de ella, pero... En fin, que no me fio de nadie. Me queda algo de dinero ahorrado, había pensado hacer una especie de fondo o algo parecido para que la cuidaran en alguna residencia de animales, ya sabes, donde los deja la gente cuando marcha de vacaciones. Pero no conozco ninguna.

Mireia le miró con una mezcla entre desconfianza y un atisbo de respeto. Para ella, Devan era el tipo raro de la gatita ciega. En ese momento se convirtió en el tipo raro que hacía lo que había que hacer por la gatita ciega. Era un cambio a mejor.

Deja que haga unas llamadas, ¿vale? Cuando vengas a por los resultados te cuento.

No sabes cómo te lo agradezco –dijo él con una sonrisa. Se sorprendió cuando ella le correspondió (era la primera vez que la veía sonreir a un animal de dos patas), pero no lo demostró. Salió de la consulta, fue a casa y se pasó el resto del día leyendo con Sopa acurrucada a su lado.

Al día siguiente empezó a hacer números. Acercó su coche hasta su taller habitual para ver si se lo compraban. Era un trasto viejo y ni siquiera intentó regatear, por lo que no sacó mucho dinero. Lo dejó allí, a la espera de que tramitaran los papeles, y no se volvió a montar en él. Luego se dirigió al banco para ver si podía rehipotecar su casa. Como la tenía prácticamente pagada no le pusieron pegas, y salió de allí contento: Tenía efectivo suficiente para garantizar una buena vida a Sopa aunque viviera algunos años más.

Se le hizo casi mediodía, así que entró en una cafetería a tomar una infusión e intentar comer algo. El café prácticamente lo había abandonado, ya que le sentaba mal casi siempre. Aunque no le pillaba de camino, paseó un rato más para entrar en la cafetería en la que se había encontrado con Dailyn. Un poco de nostalgia no hacía daño a nadie. Nadie se le acercó, ni le tocó el hombro por la espalda, ni le sorprendió llamándole por un nombre extraño. La vida, interesante o no, había dejado de tener forma humana. Hizo tiempo hasta la hora de comer leyendo el periódico y mirando por la ventana. A veces necesitamos sentirnos arropados por la gente, aunque sean desconocidos. Así pasó el resto del día, y el siguiente. No se atrevía a sentirse solo hasta que tuviera los resultados del análisis de Sopa.

Al tercer día recibió un mensaje en el teléfono. “Ya puedes pasar a por los resultados”, decía sin aclararle nada, ni una pista sobre si eran buenos o malos. Fue a la clínica nervioso, pero no asustado. “La ventaja de una enfermedad anunciada”, pensaba, “es que te da tiempo para hacerte a la idea, sea cual sea”. No supo bien si su subconsciente se refería a la enfermedad de Sopa o a la suya propia.

Buenas noticias –dijo Mireia en cuando le vio entrar–. Sopa se encuentra perfectamente, teniendo en cuenta que está hecha polvo.

Sí son buenas noticias –respondió Devan aliviado–, últimamente ronronea más que nunca. La veo feliz, teniendo en cuenta lo que tú dices, que aguanta como puede.

Sí, yo la he visto bastante bien también –continuó ella–, probablemente te sobreviva.

Hasta él se quedó sin palabras por la falta de tacto. Mireia se dio cuenta de que se había pasado, y se sonrojó ligeramente.

Disculpa, yo... Quería decir que tu gata se encuentra muy bien y... joder, perdona.

No te preocupes –respondió Devan, que ya estaba pensando cómo sacar partido a la situación–, te perdonaré delante de un café cuando cierres la clínica. Sólo para hablar de residencias para gatos. Si quieres. Hablar de gatos, quiero decir. Lo del café no es negociable.

Mireia le dedicó su segunda sonrisa, pero esa vez fue intencionada. Por la noche Devan llegó a su casa, solo, con la vida de Sopa resuelta, el sabor del carmín en los labios y la sensación de que había pasado uno de los mejores días de su vida. Se despertó de madrugada, mareado y con un dolor de cabeza tan intenso que tuvo que arrastrarse hasta el baño para vomitar antes de tomarse una dosis doble de analgésicos. “Sigo vivo”, pensó. “El dolor me dice que sigo vivo y también que me queda poco tiempo”. Cuando volvió a dormirse, soñó que veía a Dailyn y que un tipo al que no conocía le arrancaba el corazón. Supuso que era Eliah, pero no se levantó asustado, sino aliviado.

lunes, 24 de octubre de 2011

Los que se resisten a morir (decimocuarta entrada)


Cuando comencé a escribir esta historia, dije que en ella aparecerían vampiros. 

No está saliendo como esperaba, pero... quizá, sólo quizá, todos sus personajes tengan algo de vampiro, de parásito que persiste a costa de la esencia y la vida de otras personas.

Incluido, por supuesto, el tumor.

Así nos va, Devan. Sobrevivimos sin conocer el precio.



Su siguiente movimiento tuvo que esperar dos días, el tiempo que tardó en encontrarse suficientemente fuerte como para salir de casa. Su cuerpo se quejaba del tratamiento y Devan empezaba a sospechar que no viviría para terminar las 8 sesiones de quimioterapia previstas, así que salió de su casa en cuanto pudo.

Durante esos dos días había recopilado todas las noticias sobre altercados producidos en bares de la ciudad durante los últimos quince días. Descartó aquellos en los que daban suficiente información como para saber que no se trataba de la pelea entre el viejo y Eliah, y redujo la lista a cinco. La suerte estaba de su parte, ya que se encontraban relativamente cerca unos de otros y podría visitarlos todos la misma tarde, si le daban las fuerzas.

Lo primero que notó fue que había mucha gente por todas partes. Tardó un poco en darse cuenta de que era viernes. No lo había previsto y le molestó, porque sería más difícil preguntar a los camareros y charlar de forma casual con ellos para obtener información. Se imaginaba a sí mismo acodándose en una barra, sacando una foto (que no tenía) y preguntando “¿has visto a este hombre?” mientras deslizaba un billete de 20 hacia el camarero.

Luego pensó que, al fin y al cabo, ni era un policía buscando información ni un detective privado de los que salen en las películas. No tenía que andarse con rodeos ni preocuparse por que descubrieran sus intenciones. Si decía a alguien quién era en realidad Eliah, tenía muchas probabilidades de que

a) no le creyeran
b) le invitaran a otra copa
c) le echaran a patadas por hacerse el gracioso

así que se lo tomó con calma e intentó relajarse. Cuando llegó a la puerta del primer bar de su lista dudó antes de entrar, porque no terminaba de ver claro a dónde podía conducirle encontrar a Eliah.

La duda no duró más que un instante. “Al infierno con todo”, pensó. Entró, se pidió una cerveza, preguntó a los camareros, le contaron que la pelea sobre la que había leído en el periódico había sido entre dos chicos de por allí, de los habituales. No era el lugar que buscaba, así que salió de allí dándoles las gracias.

Sí que ha sido fácil”, pensó. “A por el siguiente”.

En el siguiente lo tuvo mucho más difícil. Era un bar de copas que se había convertido en un referente para la gente joven, formal y bien vestida. Acababan de abrir, y estaba casi vacío.

Pero... ¡vaya mierda de sitio!”, pensó Devan.

La camarera miró su chaqueta de cuero, luego su cabeza afeitada, y luego bajó la vista hasta sus botas de chúpame-la-punta, que habían salido de su caja por primera vez en casi diez años. Se había dado la vuelta para atender a otros clientes que no estaban en la barra antes de que Devan abriera la boca.

Se le presentaron dos opciones. Una de ellas, la más guapa y atractiva, era ponerse chulo, jugar su papel de tipo duro en un bar pijo, preguntar a la gente que había por allí con cara de pocos amigos, y que saliera el sol por donde tuviera que salir.

La otra opción no era tan cool, pero sí tenía un cierto toque interesante y sexy.

Debería dejar de pensar en mis opciones como si fueran mujeres”, pensó. Luego se decidió por la última de ellas y llamó a la camarera con una voz suave y amable.

Perdona —dijo—. Disculpa...

La camarera terminó de secar los vasos, de mirar el ordenador para seleccionar música, de limpiar la barra y de buscar a gente a la que poder atender, y luego ya se dirigió hacia Devan.

¿Qué quieres?

Una cerveza y algo de información. Verás, estoy buscando a un chico que...

La chica se marchó dejándole con la palabra en la boca. Volvió con un botellín abierto de una marca que Devan no conocía, y se lo sirvió en una jarra enorme.

Ocho.

Devan se la quedó mirando mientras sentía que se esfumaba su amabilidad, sus ganas de conversar y la confianza con la que había entrado.

Ocho. Ya. ¿Incluye que me escuches un segundo para ver si me puedes ayudar?

No —respondió ella.

Devan sacó un billete de diez y se lo dio con su mejor sonrisa.

Siento haberte molestado, puedes quedarte la vuelta. Saluda a Eliah de mi parte.

Estaba saliendo por la puerta cuando la camarera salió de la barra y le retuvo suavemente por el brazo.

Oye, espera. Siento haber sido tan... Bueno... No sabía que eras amigo de Eliah.

Devan sonrió, tanto por fuera como por dentro. La segunda opción no había sido tan mala después de todo. Entró de nuevo, se tomó la cerveza y charló un rato con la camarera. Se enteró de que Eliah era un chico joven, atractivo y podrido de dinero, que había aparecido por el bar por primera vez hacía un par de meses. No había tenido ninguna pelea con ningún anciano, eso tenía que haber ocurrido en otro bar. Se había ganado las simpatías de todo el mundo a base de propinas y de invitaciones, y también por el entrañable motivo por el que estaba en la ciudad. Buscaba a su hermana pequeña, que vivía con un tipo mayor que la había engañado y poco menos que secuestrado.

A Devan, cuando escuchó la obvia referencia a Dailyn y confirmó que un espíritu inmortal con instintos homicidas la estaba buscando, se le hizo un pequeño nudo en el estómago. “Será hambre”, pensó, y después de despedirse con la promesa de volver en breve, se fue a cenar algo antes de ir al siguiente bar.

Mientras se tomaba una porción de pizza y una cerveza de lata en un banco, pensó una vez más en lo que estaba haciendo. “Sólo quiero conocer a ese tipo”, se mentía, “para saber si es tan malo como lo pintan”. En un arranque de sinceridad, su subconsciente añadía “y si es así, para asegurarme de que no pueda hacer daño a Dailyn”.

En el tercer bar en el que preguntó se llevó una sorpresa.

Hola Devan –dijo una voz conocida–. No esperaba verte por aquí. Todavía vivo, quiero decir.

Devan suspiró antes de volverse. El tampoco esperaba ver a nadie conocido.

Hola, Andros. Siempre es un placer verte.

¿Por qué mientes cada vez que nos encontramos? –respondió él con una sonrisa. Y Devan sospechó que, a pesar de sus reparos, el chico no era un mal tipo después de todo.

Charlaron un rato y Devan, sorprendido por lo fácilmente que se estaba abriendo a Andros, le contó todo lo que le había ocurrido desde la última vez que se vieron en la fiesta de su casa.

Conozco la historia de Eliah —dijo Andros—, y hace unos días un chico tuvo aquí una pelea con un viejo. Es un tipo al que no había visto nunca hasta hace un par de meses. El chico, no el viejo. Se ha convertido en un habitual, me lo encuentro a menudo, pero no pensé que sería el Eliah de Dailyn. No son buenas noticias. Si Dai es todo amabilidad y dulzura, ese tipo es todo lo contrario. No me daba buena espina y procuraba mantenerme alejado de él... Ahora entiendo por qué. ¿Otra cerveza?

Otra –respondió Devan. –¿Crees que puede ser un peligro para ella? ¿O para la gente que esté con ella? No la veo desde la fiesta y... Bueno, entre nosotros, me preocupa un poco. No es que la necesite a mi lado ni nada de eso, pero sí me gustaría asegurarme de que la va bien.

Claro que es un peligro para Daylin. Puede matarla, a ella y a cualquiera de nosotros. Su esencia reside en el cuerpo de una niña y es muy frágil. Si Eliah diera con ella ahora... Digamos que tardaría mucho tiempo en recuperarse. Si es que llega a hacerlo.

¿Y Zazu no puede defenderla? ¿Tan fuerte es Eliah?

Su cuerpo es el de un ser humano, pero es muy fuerte y muy hábil –dijo Andros.– Todos sus movimientos son precisos hasta la perfección, así que posiblemente sea el tipo más peligroso que existe. Y no te puedes fiar de Zazu, deja sola a Dai muy a menudo... Yo tampoco la he vuelto a ver desde aquel día, pero mi relación con ella siempre ha sido un poco tensa, ya sabes. No la gusta mi forma de vida ni lo que hago para... bueno, para mantenerme fuerte.

¿Y eso? ¿No hacéis lo mismo Néstor y tú?

No del todo, en realidad... Lo único que necesito es alimentarme como cualquier otra persona, ¿sabes? Puedo pasar sin... sin matar a nadie. Pero poco a poco me voy sintiendo más débil, más cansado. Néstor vive con esa debilidad, la acepta y tira con ella. Yo no puedo, no soporto ser tan frágil como... como cuando era normal.

¿Y no puedes, no sé, alimentarte con bolsas de sangre o algo parecido?

Pero tío, ¿qué te crees que soy? –dijo Andros.–¿Un vampiro?

Eh... Sí, eso pensaba. Lo siento, no sé por qué me había dado esa impresión –respondió Devan.

No te preocupes. En realidad tienes razón, ¿sabes? Soy un jodido vampiro, como los de las películas, pero no me alimento de sangre, sino de vida. No necesito tu hemoglobina, sino tu esencia, humano frágil y debilucho –dijo con una amplia sonrisa.

Sus colmillos no eran más grandes de lo habitual, pero por alguna razón a Devan le parecieron más brillantes, más afilados y con más mala leche que el resto de sus dientes. Como ya lo había asumido hacía tiempo, la revelación de Andros no le sorprendió del todo, aunque sintió un escalofrío por todo el cuerpo.

Será frío”, pensó, y después de despedirse y de quedar para verse allí otro día, Devan decidió marcharse a casa. 

miércoles, 19 de octubre de 2011

Los que se resisten a morir (decimotercera entrada)


La vida a veces hace un esfuerzo por volverse interesante. Pero siempre lo hace tarde, la muy perra.

Devan escuchaba atentamente a su compañero durante la segunda sesión de quimioterapia. Le había llamado la atención la cicatriz tan llamativa que le cruzaba el rostro, y le había preguntado por ella. No dudó en hacerlo porque, a esas alturas, todo lo que no aprendiera en el momento tenía muchas posibilidades de no aprenderlo nunca.

Tuve una pelea en un bar. No soy un broncas, no te creas, no me había peleado desde que era joven, y de eso ya hace algún tiempo, pero... Mira, es la tercera vez que me dan quimio, ¿sabes?, y no lo llevo nada bien. No me refiero a la tercera sesión, sino al tercer tratamiento, y no sé si esta vez lo terminaré porque cada vez me sienta peor. Me queda poco. Yo lo sé, los médicos lo saben, y mi familia lo sabe. Pero todos me tratan como si fuera un inútil, un viejo estúpido que no se entera de nada.

Podía ser peor, ¿no? Podían tenerte lástima.

El viejo se rió con ganas, pero la risa se convirtió en un ataque de tos.

Tienes... razón, chaval, tienes razón—prosiguió el desconocido cuando recuperó el habla—. No hay cosa que más me joda que alguien dándome el pésame como si ya estuviera muerto.

Devan asintió con complicidad. La hija de su compañero entró la habitación, que consistía en una cabina abierta con dos camas y dos sillas que permanecían vacías.

Papá, por favor. Que estamos con José María, no digas palabrotas que ya sabes que luego se queda con todas.

El viejo hizo un gesto con la mano, a medio camino entre “sí, vale, no volveré a hacerlo” y “anda y que te jodan”.

La imbécil de mi hija y su nieto —dijo cuando salió de nuevo—. Le protege mucho al niño, ya lo ves. No puede dejar que me vea aquí dentro por si se traumatiza, pero le trae al hospital porque no le quiere dejar solo en casa. Está criando a un meapilas, a ese se lo comen en el colegio con patatas.

Devan pasó un rato entretenido, a veces riéndose a carcajadas, escuchando algunas anécdotas de su compañero y de su hija, con la que no tenía buena relación desde que se casó con un tipo refinado y bien vestido.

Un maricón conservador, ya sabes. De esos cabrones que siempre han vivido bien a costa de los demás. De putas los sábados y a misa los domingos. Y en el fondo suspirando por llevar bragas y una falda.

Desde el pasillo, como la cabina era abierta, se escuchaba con total claridad la conversación.

Así que aquí me tienes, muriéndome de cáncer mientras mi familia espera fuera a ver si la palmo y heredan de una puta vez —el hombre bajó la voz antes de seguir—. Ya verás la sorpresa que se van a llevar cuando vean que me lo he fundido todo y que he hipotecado mi casa.

¿Y eso? ¿Tenías mucho dinero?

Tampoco era millonario, pero trabajé duro y tuve mucha suerte. Le di una buena vida a mi esposa, que en paz descanse, y sacamos adelante a dos buenas hijas. Lástima que una de ellas nos salió repollo, es ésa que espera ahí fuera. Dio el braguetazo con un imbécil y no ha trabajado en su vida. Ahora las cosas le van mal a su marido y espera a que su viejo le resuelva la vida cuando muera. Pero su viejo se lo ha gastado todo. Llevo años viviendo en una residencia porque me negaba a ser una carga para nadie. Me lo podía permitir, ¿no? Así que hipotequé mi piso, que está alquilado, y vivo como un marqués rodeado de enfermeras bonitas que me atienden cuando tengo un mal día.

¿Y tu nieto? ¿No le dejas nada a él?

Le dejo mi carácter, que lo habrá heredado si tiene suerte. Le hará falta si, además de eso, también le he legado mi propensión al cáncer.

Devan guardó silencio mientras el viejo se pegaba con sus sentimientos. Era un hombre duro. La enfermedad le había adelgazado, pero se notaba fuerza y nervio en sus brazos, que se tensaban involuntariamente cuando hablaba de su hija.

Todos tenemos nuestros demonios”, pensó Devan. Y se permitió desvariar un poco, mientras su compañero seguía perdido en sus pensamientos.

DEMONIOS QUE NOS ACECHAN CUANDO ENVEJECEMOS (O CUANDO VAMOS A MORIR)

La familia.
Los amigos.
La religión.: Cuando la muerte nos ronda, creer que hay algo después de la vida supone la diferencia entre tener miedo y no tenerlo.

Ese hombre no tenía fe. Tampoco sentía miedo, pero no había necesitado de la ayuda de los dioses para conseguirlo. Devan sintió una repentina admiración por él.

Su tratamiento era muy agresivo y las sesiones más largas, por lo que el viejo terminó antes que él. Cuando estaba recogiendo sus cosas, Devan, que seguía tumbado en la cama con dos bolsas de medicinas vaciándose en su cuerpo, sintió que se le estaba escapando una información importante.

Perdona, pero no puedes irte sin contarme toda la historia —dijo.

¿A qué te refieres?

Me has dicho que tuviste una pelea en un bar, pero no por qué te peleaste.

El viejo mostró una sonrisa torcida, de esas que lucen las personas que han pillado la ironía a la vida.

Has estado atento, chaval. Me metí en una pelea para defender a una mujer. Qué típico, ¿verdad? Un chico la estaba incomodando, y le dije que la dejara en paz. No lo hizo, me puse en medio y me abrió la cabeza con una botella.

Vaya —respondió Devan—. Espero que al menos sirviera de algo.

Eso creo, vi a la chica salir corriendo antes de desmayarme, así que al menos la conseguí algo de tiempo... Bueno, chaval, un placer conocerte.

¿Y el tipo? —dijo Devan, repentinamente intranquilo—¿Le hiciste algo?

No lo sé, pero creo que me enteraré ahora. Ya te contaré, si nos volvemos a encontrar.

El hombre le saludó con la mano, cuando se encontraba ya de espaldas y saliendo de la cabina. Devan le devolvió el saludo silencioso, sin caer en la cuenta de que no podía verle.

Entonces tuvo un instante de claridad. Por un momento vio desde fuera el cuadro del que formaba parte, como si se hubiera elevado una dimensión y pudiera ver todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Se levantó corriendo, agarró las bolsas de suero y el tratamiento y salió al pasillo.

¡Eh! —gritó—. ¡Espera un segundo!

El viejo estaba hablando con dos hombres trajeados que Devan no había visto hasta ese momento. Cuando se volvió llevaba puestas unas esposas, y los hombres le sujetaban ligeramente por los codos.

No alces la voz, chico, que estás en un hospital. ¿Qué es lo que quieres?

El tipo con el que te pegaste, ¿qué estaba haciendo exactamente?

Discutía con una chica. La había confundido con otra persona y se puso violento al ver que se había equivocado. Debía estar buscando a su novia, o a su hermana, o algo parecido.

¿Sabes cómo se llama? ¿Dónde está ahora?

Dijo que se llamaba Eliah. Dicen que sigue vivo por poco, así que ahora estos señores tienen que decidir si soy un peligro para estar suelto.

El hombre se dio la vuelta, custodiado firmemente por los dos policías de paisano. Devan comprendió por qué se encontraba allí su hija con su nieto: Quizá era la última vez que podían verlo fuera de la cárcel, o al menos andando por su propio pie. Si lo soltaban, sería cuando el cáncer lo tuviera acorralado.

¡Viejo! —gritó de nuevo—. ¡Hiciste lo correcto, así que no te preocupes y muere tranquilo!

El viejo se rio con ganas, pero un médico le llamó la atención y varias personas le miraron con asombro y un profundo desprecio.

Devan se dio cuenta de que su nuevo amigo se reía sin toser. “Que me desprecie el mundo entero”, pensó. “Me quedo con la risa de este hombre”.