martes, 28 de febrero de 2012

FORASTEROS


FORASTEROS

Elizabeth le cerró los ojos y, al hacerlo, sintió que su vida jamás volvería a ser la misma. La cabeza de Yanish reposaba entre sus piernas, serena y tranquila, como si estuviera durmiendo. Ella respiraba con calma, intentando mantener el control. Llevaba años preparándose para ese momento. Era inevitable, y siempre lo había sabido.

Cuando decidió huir con él hacia la espesura de las laderas del Bisoke y vivir como una nativa, supo que llegaría el momento en el que se quedaría sola. Ignoró los llantos de su madre, las súplicas de sus hermanas y los gritos de su padre. Ella había crecido muy lejos de aquellas tierras y sabía que sería difícil, que su infancia en Europa no la había preparado para las duras condiciones de vida en la selva, y que estaba sacrificando quizá su propia vida por alguien que jamás comprendería el enorme sacrificio que estaba haciendo. El había nacido allí y no conocía más que la selva virgen y los barrotes de las jaulas del colono. Elizabeth lo dejó todo, él a cambio le entregó todo lo que tenía: Su amor, sus caricias y la selva. Cuando cerró los ojos de su cuerpo sin vida, ella supo que jamás volvería a amar como le había amado a él. No se equivocó.

Habían pasado diez años desde el momento en el que ella lo liberó y marchó con él hacia lo más profundo de la selva. Fue una noche de tormenta, en verano, casi al amanecer. Las celdas hervían de agitación, el olor a miedo y a sangre derramada eran intensos. Elizabeth ignoró a los capataces y abrió la celda de Yanish, que estaba acurrucado entre las sombras de las esquinas, temblando, abrazado a sus propias piernas porque lo habían aislado de su grupo. Le cogió de la mano, suavemente pero con firmeza, y con palabras amables que el no entendía le sacó de aquella sala pestilente. Los hombres no se atrevían a detenerla, pues si había una pena más grave en aquellas tierras que desobedecer al amo, era tocar un solo cabello de una de sus hijas.

Salió de la celda y de las cuadras donde almacenaban a esclavos y animales. Sabía, mientras caminaba bajo la lluvia intensa, que su padre observaba desde las ventanas de las habitaciones superiores. No la detendría porque siempre había respetado su iniciativa, pero tampoco se despediría de ella. Era el hijo major, el primogénito que debía perpetuar su estirpe de hombres fuertes y poderosos, y estaba huyendo de él, de su familia y de su raza. Huía hacia la selva y las montañas a vivir como un animal. Pero era su hija, y no la detendría.

Llegó hasta las puertas exteriores. Estaban abiertas, porque allí ya no quedaban enemigos que pudieran atacarles por las noches. Empapada y mezclando lágrimas con gotas de lluvia, su hermana pequeña le imploraba que se quedara.

—Lizzy, no puedes dejarnos —dijo entre sollozos—. Vas a morir entre las montañas allí sola, no tendrás una familia ni nadie que te cuide.

—Le tengo a él —respondió mirando hacia Yanish—, no necesito a nadie más.

—¡Pero no es como nosotros!

Sin una palabra de despedida, dando la espalda a su hermana, Elizabeth se adentró en la espesura acompañada del esclavo. Su hermana tenía razón. No era como ellas. Jamás aprendería su lenguaje. La familia que la acogiera, si lo hacía alguna, no la amaría como su padre y sus hermanas, pero no quería un matrimonio concertado, ni un padre ausente, ni criados y esclavos que la protegieran. Tenía a Yanish para cuidarla cuando enfermara, sus caricias para confortarla cuando tuviera miedo, y la selva salvaje para arrancarle gritos de alegría cuando cesara la lluvia y saliera el sol. No necesitaba más que su mirada de infinito agradecimiento por sacarle de la celda y devolverle la libertad.

Yanish llevaba mucho tiempo sin ver el amanecer, alimentado a través de los barrotes, maltratado por los hombres que no le dirigían más que miradas de desprecio. Había sido capturado hacía dos años junto con toda su familia. A la mayoría los habían vendido y trasladado lejos de allí, y a ninguno de ellos los volvió a ver jamás. En un solo día perdió familia, libertad y ganas de vivir.

No es que se negara a comer, es que no tenía razones para hacerlo. Los hombres esperaban a que engordara, a que creciera y se hiciera lo suficientemente fuerte como para poder ser vendido y trasladado, pero no era la debilidad quien retrasaba su traslado, sino Elizabeth. Cuando lo vio entrar en la finca, atado dentro de una jaula, algo se rompió en su interior.

—Padre, ¿por qué los capataces son tan crueles? —preguntaba. Y su padre, sin volver la vista hacia su hija, respondía con el mismo tono que utilizaba con sus empleados.

—Son animales. Viven en mis tierras y son de mi propiedad. Si no aprenden a temernos, antes o después nos atacarán como las bestias que son.

—Pero padre —decía ella—, son inofensivos. Mira sus caras, sólo quieren volver a sus hogares, con sus familias. Tiemblan cuando les amenazan y sienten miedo igual que nosotros.

Su padre, como hacía siempre que Elizabeth decía algo que le desagradaba, guardaba un incómodo silencio y ella terminaba pidiendo perdón. Luego bajaba hasta las cuadras y, con palabras suaves y caricias, intentaba que Yanish, como había bautizado al recién llegado, comiera algo y no desfalleciera. Cuando nadie la miraba, abría la celda y se metía dentro, acariciaba su rostro asustado, limpiaba sus heridas, y a veces conseguía que se tranquilizara y dejara de gritar en sueños.

Ahora, tantos años después de aquel primer encuentro, él ha muerto, y ella se encuentra acariciando su cuerpo frío en la puerta de una tosca cabaña. Lleva años sin vestir nada de ropa, pero de pronto se siente desnuda y desprotegida. Se cubre con las telas que ha robado hace poco en un campamento, y piensa en volver a la finca de su padre. Entonces se gira y ve el cuerpo de Yanish, fuerte y hermoso a pesar de la falta de vida.

—No volveré a amar —le dice con un susurro, tirando la ropa y sentándose a su lado. Coloca su cabeza entre sus piernas y lo acuna, como ha hecho tantas veces antes, incapaz de dejarle aún ahora. Quiere quedarse ahí con él, quedarse y morir, pero no puede. El instinto la levanta, la obliga a caminar y alejarse sin volver la vista atrás. Quiere regresar, gritar, llorar y maldecir, pero no puede y sigue caminando, dando un paso detrás de otro.

Llegará hasta las tierras de su padre, donde uno de sus hombres la encontrará y la llevará de vuelta a casa, donde su hermana, que se ha casado y vive allí con su marido y sus dos hijos, la abrazará envuelta en lágrimas. Su padre la recibirá con la frialdad de un hombre despechado, pero es su hija, y su corazón se ablandará, porque no es un monstruo. Le susurrará “lo siento”, una y otra vez, cuando la estreche entre sus brazos, y ella sabrá que en verdad lo siente, porque las celdas están vacías desde el día que marchó.

Sin embargo, a pesar de las riquezas de su familia, de volver a Europa y de vivir una larga vida, nunca traicionará las palabras que pronunció ante el cuerpo de Yanish. No volverá a amar, excepto a su recuerdo. 



Te he dejado un relato breve. Mi intención era que la naturaleza de Yanish la decidiera el propio lector, pero en fin, creo que lo mío son las historias y no los experimentos. 

Lo escribí para un concurso, pero no me gustó el resultado porque no se adaptaba a las bases. La estructura me costó escribirla, ya que desde el presente hago una retrospectiva al pasado más lejano, y luego me voy acercando de nuevo al momento actual. Intentaba jugar con una historia cuya fuerza no dependiera de los personajes, sino de los actos que les rodeaban, de lo que implicaba su relación. 

Demasiadas palabras para definir un relato tan breve, ¿verdad? Al final, lo único que conseguí es una historia de amor en la que la soledad acaba imponiéndose. ¿No terminan así todas?

domingo, 12 de febrero de 2012

Actualizada el área de descargas

He añadido un par de archivos al área de descargas, como ya dije.

El relato Los que se niegan a morir ahora está disponible en formato epub y fb2.

Si vas a leerlo desde un ereader o desde un dispositivo móvil (teléfono móvil o tablet), creo que el formato más adecuado es el epub. En realidad desconozco las ventajas e inconvenientes de usar unos u otros y, ante la duda, he preparado una versión también en formato fb2, más por costumbre que porque pueda resultar de utilidad para alguien.

Si utilizas esta última versión, el formato fb2, te ruego me lo comuniques para mantenerla. Si no, dejaré de usarla y me centraré en los otros dos por comodidad y espacio.


Aprovecho para agradecerte, lectora desconocida que me dejaste un mensaje en mi perfil de un foro que no tiene nada que ver con la literatura, que me alegraras el día con tus palabras. Las historias se olvidan, pero las emociones perduran. Gracias por leerme y por tus consejos, que tendré muy en cuenta.

dso


miércoles, 8 de febrero de 2012

AREA DE DESCARGAS

A la derecha de la página he habilitado un espacio en el que colocar los enlaces de descarga de las obras que vaya escribiendo y que tengan una cierta extensión. Los relatos sueltos, por ejemplo, creo que no lo necesitan, pero las obras más largas se leen mejor en un ereader o en papel. Ya sabes, picas encima con el botón derecho del ratón y le das a "guardar enlace como". Elijes ruta de destino y ¡hop! relato guardado en tu equipo para cuando te apetezca leerlo.

He tenido que recurrir a Dropbox porque mi cuenta en Megaupload, donde subía los relatos, obviamente está deshabilitada. Gracias, FBI, ahora el mundo es un lugar más seguro.


Acabo de colgar un enlace a Los que se niegan a morir, que es el título definitivo para  la historia de Devan y Dailyn. En breve lo subiré en más formatos, de momento está sólo en pdf. Si la lees y te gusta, te agradecería un comentario, que siempre viene bien. Si no te gusta te agradecería enormemente un comentario, porque así mejoraré en mi próxima historia.


Gracias a todos los que conocéis a Dailyn, incluso a los que pasáis a su lado cada día sin reconocerla, por haberme inspirado. Vuestra será la paz algún día.

Gracias a todos los que conocéis a Devan. Sois muy pocos, pero muy queridos.

Gracias al cabrón desalmado sin escrúpulos que abandonó un día a una gata que había sufrido un accidente y había perdido un ojo, por permitir que nos encontráramos. Adopté a esa gata. Se llamaba Sopa. Me hizo muy feliz, pero si la recuerdo me pongo a llorar.


dso


lunes, 2 de enero de 2012

Love Bytes

En lo que doy un repaso a la historia de Devan, te dejo con un relato que me ha encantado escribir y que se ha convertido en uno de mis favoritos.


Lo escribí con miras al estupendo concurso que se celebra de forma periódica aquí
http://zonaforo.meristation.com/foros/viewtopic.php?t=1847422


Las premisa principal bajo la que debíamos escribir los participantes era:
 "El relato debe representar la idea de que el amor eterno existe"




Confío en que te guste.



LOVE BYTES

Miranda apagó el cigarrillo en el cenicero, encima de una colilla, intentando no mancharse los dedos de ceniza. Apuró el café, que ya se había enfriado, mientras miraba la pantalla y pensaba una frase para finalizar su mensaje. “Así he pasado el día”, escribió. “Tú has sido lo mejor que me ha ocurrido, como siempre”. Después de un momento de vacilación, terminó con las palabras habituales.

“Siempre a tu lado. Miranda”.

Realizó un repaso rápido para comprobar que no había cometido faltas de ortografía, porque siempre se le escapaba alguna, y lo envió sin especificar un asunto ni copia para nadie. Sólo Avery debía leer sus palabras.

Guardó una copia del mensaje, se encendió otro cigarrillo y calentó agua para hacer café. Mientras esperaba una respuesta se dio una ducha de agua muy caliente, dejándola resbalar por su piel durante más tiempo del habitual. Miró la pantalla, pero no había mensajes nuevos. Se obligó a cenar, aunque no tenía hambre, y antes de acostarse pasó de nuevo por delante de la pantalla. La bandeja de entrada parpadeaba con un email no leído.

“Gracias. Te quiero”.

–Yo también te quiero –respondió ella en voz alta, sonriendo y llevándose las manos al pecho sin darse cuenta. Esa noche durmió tranquila y sin pesadillas, porque sabía que Avery, que vivía postrado en una cama desde hacía años, seguía vivo.

Al día siguiente, al llegar a casa después del trabajo, encendió el ordenador. Antes de colocar la compra o de cambiarse de ropa revisó su correo. Sabía que era muy difícil que Avery le hubiera escrito un nuevo mensaje, porque le costaba comunicarse y pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, pero sus palabras le alegraban el día, le iluminaban de un modo que no podía explicar. No cruzaban más de uno o dos mensajes a la semana, pero no siempre había sido así. Al principio, los mensajes habían sido diarios.

La relación comenzó cuando Avery era un hombre sano, completo e independiente, y Miranda no era más que una niña asustadiza y triste. Se habían conocido en un foro de videojuegos, y ésa tan sólo fue la primera afición que descubrieron que tenían en común. La primera de muchas. Primero se limitaron a hablar en foros públicos, más tarde comenzaron a cruzar mensajes privados y, después de pensárselo mucho, decidieron quedar y conocerse.

Miranda era tímida hasta rozar la fobia social, y él era mucho mayor que ella. A pesar de todo, pasaron un día entero juntos como si fueran amigos de toda la vida. Se despidieron con un roce suave, casi imperceptible, sin saber muy bien si existía una línea invisible entre ellos que no debieran cruzar, pero antes de separarse se dieron la vuelta al mismo tiempo, se abrazaron y se fundieron en un beso que duró toda la noche. Y que el sol saliera por donde tuviera que salir.

Por la mañana, Avery se montó en su coche y, mientras conducía hacia su casa, derrapó en una curva, cayó por un terraplén y dio tres vueltas de campana antes de detenerse. Su columna se llevó la peor parte. No fue un conductor borracho que había invadido su carril. No sucedió por conducir demasiado rápido o por despistarse. Los accidentes a veces simplemente ocurren.

Desde ese momento, Avery vivió postrado en una cama. Cuando tenía un buen día leía su correo, navegaba un poco por Internet y contestaba a Miranda. A veces se limitaba a dormir, a soñar con ella y luego, a través de un voluntario que iba a su casa dos veces por semana, a contárselo en un email.

Pasaron años comunicándose de ese modo, hasta que llegó un momento en el que ya fue demasiado tarde para volver a verse. Miranda comenzó a perder peso y pronto supo que se estaba muriendo, lo decían los médicos y lo decía su cuerpo delgado y pálido cuando se miraba en un espejo. A pesar de todo, siempre había sido una persona muy positiva y, una vez superado el mal trago inicial, tuvo claro lo que debía hacer mientras le quedaran fuerzas.

Se despidió de los amigos, de los familiares y de las personas que le importaban, pero no se atrevió a hacer lo mismo con Avery. Con él no. No sería justo y no le beneficiaría en nada. Confiando en que él nunca se enterara, decidió mentirle.

Los mensajes que se cruzaban no guardaban relación unos con otros. No había preguntas y respuestas, sino simples exposiciones, comentarios entre amigos que no hacían referencia más que a sus sentimientos. Sus palabras eran ajenas al mundo.

Comenzó a escribir mensajes, uno detrás de otro, escribió y escribió sin parar contando una vida que no había vivido y que jamás existiría. Calculaba que, si enviaba un par de mensajes a la semana, con mil mensajes podría mantener la ilusión de casi diez años de vida. Con cinco mil, prácticamente podría escribir una vida entera.

Pero sabía que no tenía tiempo para escribir tantos mensajes, y buscó una alternativa. La solución se la dieron sus ahorros, el alquiler de un servidor y un programa que, una vez que agotara los mensajes escritos, podría alternar entre miles de expresiones suyas para escribir mensajes originales, buenas imitaciones de su estilo que podrían parecer completamente nuevos. La empresa que lo diseñó puso a su disposición a su personal para asegurarse de que, durante un tiempo y para evitar sorpresas, todos sus mensajes serían supervisados.

Miranda quedó convencida. Siguió escribiendo mensajes, estableciendo pautas, inventando su vida, probando y perfeccionando el estilo del programa, y las fuerzas le mantuvieron en pie más tiempo del esperado. Los médicos y sus amigos se asombraban de su vitalidad, sin saber que ella lo único que quería era asegurarse de no dejar solo a Avery. Los programadores trabajaban contrarreloj para dar los últimos retoques al programa y Miranda, cuando perdió las fuerzas para escribir, comprobó orgullosa como desde su cuenta de correo electrónico se generaban mensajes nuevos, se enviaban, se procesaban para alimentar a la base de datos que crecía cada día. Eran sus pensamientos, sus emociones y sus palabras. Le resultaba extraño, porque parecía que alguien había estado leyendo su mente y escribiendo lo que veía en ella. Cuando recibió la primera respuesta de Avery a uno de los nuevos mensajes se le escapó una risilla nerviosa, como si le hubiera contado una pequeña mentira y él se la hubiera creído. Nadie lo había programado, pero todos los mensajes terminaban con las mismas palabras.

“Siempre a tu lado. Miranda”.

Avery no sospechó que Miranda ya no tenía fuerzas para coger el teclado, igual que le ocurría a él. Seguía recibiendo sus mensajes, dos a la semana. A menudo recordaba las últimas palabras que ella le había dicho la única noche que pasaron juntos. “Jamás había conocido a nadie como tú”, le dijo, y él no se atrevió a responder lo mismo por no parecer vulgar. Fueron los momentos de su vida que recordaba con más alegría.

Por eso, cuando recibía un mensaje de Miranda, se sentía un poco más feliz, más vivo, como si pudiera andar y moverse de nuevo. Leía cada palabra con atención y sincero interés. El tiempo pasaba poco a poco, los mensajes le contaban que ella crecía, que conocía a un hombre de su edad y que parecía interesado en ella. Avery se emocionó con la descripción de la boda, con el embarazo y con el niño que crecía al otro lado de la línea.

“Quise llamarle Avery, pero no me dejaron en el registro”, dijo ella en una ocasión, y él se rió en silencio. Compartió su felicidad, su tristeza, los buenos y los malos momentos. No tenía fuerzas para responderla más que escuetos mensajes de agradecimiento, aunque a veces le ayudaban y describía sus pensamientos más íntimos, con detalle, sin importarle que ella estuviera casada y tuviera una familia. Sabía que ella le quería, aunque no se lo dijera nunca.

“Siempre a tu lado. Miranda”.

Pero su tiempo se agotó, la suya era una inmovilidad sin retorno, lo había sabido desde la noche que sufrió el accidente. No temía morir, pero sí terminar su relación con Miranda. Le asustaba alejarse de ella, de sus palabras y sentimientos, y tomó una decisión. Le contaría una pequeña, insignificante e inevitable mentira para hacerla creer que seguía vivo.

Los voluntarios y amigos que habían permanecido a su lado durante su reclusión en la cama le ayudaron a usar sus ahorros, contratar servicios y asesorarse sobre una forma de responder a su correo electrónico cuando él ya no pudiera hacerlo. Sus mensajes solían ser cortos, y entre todos escribieron miles de ellos, todos diferentes, todos reflejo de sus pensamientos.

La primera vez que el programa respondió por él se sintió aliviado, un poco más en paz consigo mismo. Al sentir que ya no tenía obligaciones en el mundo, su estado empeoró rápidamente, y un día dejó de ser consciente de esas palabras que habían salido de su cabeza, que habían sido codificadas y esperaban su momento.

Los mensajes siguieron circulando, cruzando el espacio y almacenándose en más servidores, copias idénticas de sentimientos eternos, bytes enamorados de un programa infinito. Los programadores de Miranda revisaban sus mensajes, a veces los difundían porque era una historia que merecía ser contada. Los amigos y familiares de Avery leían su correo, se lo reenviaban unos a otros y a veces se ponían de acuerdo para escribir un mensaje nuevo. Siguieron circulando día tras día, año tras año. Avery y Miranda nunca habían estado tan unidos.

Fue una sola noche.



lunes, 26 de diciembre de 2011

LOS QUE SE RESISTEN A MORIR (decimooctava y última entrada)


La historia está terminada. Falta retocarla, adaptarla a un ritmo más adecuado (diferente al que imponen las entradas de un blog), pulir algunos detalles y ese tipo de cosas. 

En breve colgaré un archivo con el texto completo en diferentes formatos, para facilitar su lectura. 

He aprendido mucho escribiéndola, tanto sobre cómo escribir como sobre mí mismo. Creo que ahora tengo un poco más claro cómo contar las historias que quiero contar...

Gracias por leerme. 




Lo primero que hizo fue echar un vistazo a todo el bar, con detalle, como si tuviera que cerrar los ojos y hacer una descripción detallada de todas las personas que había en él. No le costó mucho porque estaba medio vacío.

Camareros detrás de la barra. Dos. Dailyn a su lado. Un tipo al que casi no veía dándose el filete con una chica en un rincón. Una mesa junto a un asiento acolchado, y en él, tomando una cerveza tranquilamente, un chico que no tendría más de 18 años con una mirada fría, perversa, de anciano cabrón capaz de cualquier cosa. En un instante, que en su mente duró una eternidad, tomó una serie de decisiones y ordenó sus prioridades. “Aquí y ahora comienza mi vida”, pensó.

—Eliah, supongo —dijo, acercándose al chico y colocándose delante de Dailyn.

—Tú eres el que supones —respondió el chico—. Así me llaman, sí. Pero eso ya lo sabes, joder.

—¿Me das tu palabra de que, si nos sentamos Dailyn y yo a la mesa contigo, no nos atacarás ni harás que nadie nos ataque?

Eliah se lo quedó mirando con una expresión extraña. Se notaba que no estaba acostumbrado a tratar con gente que supiera quién era realmente y que no lo temiera. Devan miró a Dailyn, y ella le devolvió una mirada divertida, una mezcla extraña entre orgullo y felicidad. Para encontrarse tan cerca de quien se suponía que quería matarla, parecía muy tranquila.

—Qué frase tan rebuscada —dijo Eliah— . No quieres dejar nada al azar, ¿eh? Vale, acepto. Mientras estéis sentados en esta mesa, no os dañaré a ninguno de los dos ni permitiré que nadie lo haga.

Eso pareció convencer a Devan, que se sentó justo en el momento en el que un camarero traía una cerveza y una coca cola. Eliah comprendió que Devan había anticipado su respuesta y había pedido en la barra antes de acercarse a él. No le gustó.

—¿Y bien?

—Quiero respuestas, chaval —dijo Devan— sin tonterías, sin metáforas y sin irte por las ramas. Quiero que me expliques tu relación con Dailyn y por qué la sigues. Y entonces decidiré lo que hago contigo.

Dailyn, que ya estaba acostumbrada a que Devan tratara a dioses e inmortales con la chulería de un macarra de barrio, no se sorprendió, aunque sí se preocupó un poco por la reacción de Eliah, que parecía estar haciendo un auténtico esfuerzo por controlarse. Las manos le temblaban ligeramente.

—Me... me tratarás con el respeto que merezco, maldito seas. No tolero que nadie me hable así. Day, deberías haberle advertido.

—Bla, bla, bla —dijo Devan moviendo la mano según hablaba, con un gesto burlón—. Eres igual que Zazu, joder, qué pagados estáis de vosotros mismos. Canta, pajarito, canta, que si lo haces bien a lo mejor te ganas mi respeto.

Eliah parecía que iba a explotar. El camarero interrumpió la escena al traer un plato de aceitunas y unos tenedores, y eso dio unos segundos a Eliah para tranquilizarse. Dailyn apretó el brazo de Devan para que guardara silencio, y sólo ella pareció notar que el hombre del fondo, el que se escondía detrás de los labios de una chica, durante un momento se quedó completamente quiero, atento a las reacciones de todo el mundo. Luego Eliah comenzó a hablar, y el hombre volvió a lo suyo.

—Te he echado de menos, Dailyn —dijo—. No sabes lo duro que se me hace cada instante que paso lejos de ti. Llevo tanto tiempo buscándote, tanto tiempo...

—¿Y ahora que estás cerca de ella? —dijo Devan, interrumpiendo.

—Ahora que por fin la he alcanzado, me la llevaré, la abrazaré y me calentaré con su luz hasta que se extinga. Por fin eres mía.

Devan miraba a Daylin sin comprender por qué mantenía una ligera sonrisa. Parecía que no la importaban las amenazas de Eliah, como si se sintiera perfectamente segura. Devan tuvo una corazonada y sintió un escalofrío.

—Day —dijo—, tú esto ya lo sabías. Has venido a este bar sabiendo que Eliah estaba aquí, y podías haberte escapado cuando hubieras querido.

—Podría haberme escapado, Devan —dijo ella con una gran sonrisa—, pero entonces ¿cómo habrías podido cuidar de mí? Estoy aquí porque te quiero.

Esas fueron las últimas palabras que escuchó Devan en vida.

En su cabeza, en lo más profundo de su mente, rozando su espíritu torturado y confundido, el mundo estalló en mil pedazos. Porque toda su vida, cada segundo de su existencia desde el momento de su nacimiento, le había conducido a ese preciso momento. Daylin le acarició el cuello con las yemas de los dedos, y su roce fue el de la mujer que despide al marido que marcha a la guerra, la princesa que acepta una rosa roja en un torneo, la musa que inspira la pluma de un escritor que no tiene fuerzas para contar su historia.

Podría haber escapado, pero arriesgaba su vida inmortal para darle a Devan una oportunidad de defenderla, de demostrar su amor, de darlo todo por ella. Devan nunca había tenido una pelea por defender a nadie, ni se había enfrentado a otros hombres por el amor de una mujer, y nunca se había arrepentido de ello. Esta ocasión era diferente. Dailyn era la razón de su existencia. Su vida había cobrado un sentido que jamás, desde que perdió la fe en su adolescencia, pensó que podría alcanzar.

A Devan le sobrevino un dolor de cabeza tan intenso que lo cegó, como si un martillo hubiera hundido hasta lo más profundo un clavo afilado en cada uno de sus ojos. La presión era tan intensa que las lágrimas no fluían, porque todo su cuerpo se había paralizado. Poco a poco comenzó a ver de nuevo y se dio cuenta de que el dolor no era físico, sino emocional. Su alma gritaba tan alto que no podía escuchar nada más. Algo debía ocurrirle también a su cuerpo, porque los clientes del bar se habían levantado de sus mesas y se acercaban a él con expresión preocupada. El tiempo se agotaba.

—Eliah —dijo con una voz que le sonó muy grave, como si el tiempo se hubiera ralentizado —hoy no es el día. Hoy no vas a tocar a Dailyn, tú... tú quieres matarla y ella quiere que viváis los dos. Tú rompes el equilibrio, Eliah, y... no... voy a consentirlo. Mi deber es detenerte.

Eliah se levantó de un salto y cogió el botellín de cerveza que tenía a su lado. Devan estaba preparado. No era tan rápido ni tan fuerte, pero el tiempo había dejado de tener importancia para él.

La gente se movía a cámara lenta a su alrededor. Notó unas gotas de sangre que le resbalaban desde los oídos, probablemente acababa de sufrir algún tipo de lesión interna. Sentía la piel caliente, muy caliente, le abrasaba como si estuviera metido en un horno. No tenía tiempo para esquivar a su agresor. Sintió la botella romperse contra su sien en el mismo instante en el que su mano izquierda agarraba la chaqueta de Eliah y la derecha hundía en su cuello uno de los pequeños tenedores que había traído el camarero.

Devan habría querido decir muchas cosas a Eliah. “Gracias por acercarte” fue lo primero que pensó. Le habría querido decir que a veces hay que perder para poder ganar, que se había sacrificado a sí mismo, un simple peón, para hacer un jaque al rey, desprotegiendo su cabeza para poder agarrarle y clavarle el tenedor en el cuello. Que sabía que esa herida no era mortal, pero que bastaría para dejarle fuera de combate y darle tiempo a Dailyn. Habría terminado diciéndole que, para la edad que tenía y para ser un dios, había perdido como un gilipollas.

Intuyó, más que vio, que Eliah se derrumbaba hacia atrás y caía en su sillón gritando y tapándose el cuello. Notó dos figuras junto a él. Una era Dailyn que, sin decir ni una palabra, le dio un beso en los labios, tan suave que casi fue una caricia.

Perdió la visión, aunque aún conservaba algo de oído. Escuchó más gritos y mucho movimiento a su alrededor, y notó como alguien, la segunda figura que había notado a su lado, lo movía y lo levantaba del suelo. Entre todo el barullo alcanzó a distinguir la música que sonaba de fondo.

Dibujar sonrisas en su piel,
todo el tiempo estaba pensando en ella.
En sus labios color pasión.

Sus últimas fuerzas las dedicó a esbozar una ligera sonrisa, cumpliendo así la promesa que se había hecho a sí mismo cuando supo que tenía un cáncer terminal: sonreír al menos una vez al día.

La canción que sonaba era de La Dama Se Esconde.

El mundo se oscureció.

Hubo ruido, y mucho jaleo. Llegaron ambulancias, llegó la policía. Se llevaron a Eliah, medio inconsciente, escoltado a un hospital. El camarero dijo que era el mismo chico que se había involucrado en otra pelea hacía no mucho tiempo. Esta vez la había empezado él.

Dailyn había desaparecido

Pasó un tiempo indefinido, y Devan notó que estaba respirando. Lo primero que hizo fue sorprenderse porque era consciente de sí mismo.

“Pienso, así que soy real”, se dijo a sí mismo en voz baja en un alarde de originalidad.

Un instante más tarde se dio cuenta de que veía luz. Al principio era una luz informe, un resplandor que ocupaba todo su ángulo de visión, pero poco a poco se fue enfocando y se transformó en un fluorescente.

“O estoy vivo o el infierno se parece mucho a un hospital”, pensó.

Su vista se aclaró y vio el techo, y luego probó a mover un poco la cabeza. Estaba en una habitación blanca, pequeña y con cortinas en vez de paredes. Era la sala de urgencias de un centro médico. Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, era de día y se encontraba en una habitación diferente. Era más grande y mejor amueblada, como las que había visto tantas veces cuando iba a visitar a los enfermos terminales de cáncer. Esta vez su vista se aclaró más rápido. La cabeza le dolía y sentía una presión intensa bajo los párpados. Notó vendas prácticamente por todo su cuerpo. Al otro lado de la puerta escuchó una acalorada discusión, parecía un médico pegándole la bronca a alguien. Escuchó algo acerca de unos análisis y de un error muy serio. Al mover la cabeza vio un informe en una silla vacía a su lado. Tenía su nombre escrito, y junto a su historial médico había un montón de tachaduras y anotaciones.

El dolor de cabeza se incrementó de golpe. Sin pensarlo, se levantó de la cama y, agarrándose a los muebles para que no se le soltara el goteo que tenía conectado en el cuello, cerró las persianas.

Las cerró del todo.

Pero seguía viendo.

Notó el goteo que entraba en su cuerpo a través de su cuello. Estaba conectado en el lado derecho. Sin embargo, también tenía vendado el lado izquierdo. Se arrancó las vendas con rapidez, aunque ya sabía lo que se iba a encontrar. Recordó la canción que sonaba en el bar, y al tipo que le miraba atentamente desde una mesa pero que él no llegó a reconocer. El mismo tipo que lo levantó en brazos y lo llevó inconsciente al hospital.

En el lado derecho del cuello tenía una herida reciente, como si alguien le hubiera dado un buen mordisco.

—¡Oh, joder! —dijo, pero esta vez no se acordó de pensarlo y lo gritó en voz alta. La puerta se abrió y entraron dos médicos con una intensa cara de preocupación.

Devan sonrió.