jueves, 14 de julio de 2011

Una pregunta, una idea y un ejemplo.

La pregunta es ¿tengo idea de a dónde me lleva la historia de Devan? No es que no conozca la trama, es que a veces me siento desorientado, no sé si estoy escribiendo sobre él, sobre Dai o sobre Sopa.

Me voy a tomar unos días de descanso, quizá consiga aclarar un poco mis ideas. Ojalá Dai me dijera lo que la gustaría leer sobre sí misma. Ojalá Devan me echara una mano. Pero nada, ahí está, ignorándome, como las vacas viendo pasar el tren.

Reacciona, coño.


La idea es que voy a escribir unas cuantas páginas, avanzar la historia un poco y luego subir alguna entrada al blog. Ahora estoy subiendo la historia casi según la escribo, y no me siento muy cómodo.

El ejemplo es el principio del libro Déjame Entrar, de John Ajvide. Con cuatro imágenes bien pensadas, el autor nos ha descrito un pueblo, una población y hasta un carácter. Me encanta este tipo.

Hablaremos a mi vuelta.


Blackeberg.


Puede que pienses en trufas de coco, tal vez en drogas. «Una vida ordenada». Te imaginas una estación de metro, extrarradio. Después no hay mucho más que pensar. Sin duda vive gente allí, como en otros sitios. Para eso se construyó, para que la gente tuviera algún sitio donde vivir.


No se trata de un espacio que se haya desarrollado de forma natural, no. Aquí estuvo todo desde el principio planificado al milímetro. La gente tuvo que instalarse en lo que había. Edificios de hormigón en colores ocres esparcidos por el verde. Cuando esta historia tiene lugar, Blackeberg lleva treinta años existiendo como
población. Podría uno imaginarse un cierto espíritu pionero al estilo del Mayflower; un territorio desconocido. Sí. Imaginarse las casas deshabitadas esperando a sus inquilinos.


¡Y ahí vienen ellos!


Cruzando el puente de Traneberg con el sol en los ojos y sueños en la mirada. Corre el año 1952. Las madres llevan a sus hijos en brazos, en cochecitos de bebé o de la mano. Los padres no llevan consigo azadas ni palas, sino electrodomésticos y muebles funcionales. Puede que vayan cantando algo. La Internacional tal vez. O Vayamos a Jerusalén, según la forma de ser de cada uno.


Esto es grande. Es nuevo. Es moderno.


Pero no sucedió realmente así.


Llegaron en el metro. O en coches, camiones de mudanzas. Uno a uno. Entraron en los pisos recién construidos llevando consigo sus enseres. Organizaron sus cosas en cajones y repisas de medidas estandarizadas, colocaron sus muebles en fila sobre los suelos de linóleo y compraron otros nuevos para rellenar los huecos.


Cuando terminaron, alzaron la vista y vieron la tierra que les había sido dada. Salieron de sus portales y se encontraron con que todo el terreno estaba ya repartido. No podían hacer más que adaptarse a lo que había. Había un centro. Había amplios parques para los niños. Había extensas zonas verdes alrededor de las casas. Había zonas peatonales.


—Es un buen lugar —se decían entre ellos alrededor de la mesa de la cocina unos meses después de la mudanza.


—Hemos llegado a un buen sitio.


Sólo faltaba una cosa. Una historia. En la escuela, los niños no podían hacer un trabajo especial sobre la historia de Blackeberg, porque no la tenía. Bueno, algo había acerca de un molino. Un rey de la pasta de tabaco. Algunos curiosos edificios antiguos a orillas del lago. Pero de todo aquello hacía mucho tiempo y no guardaba relación alguna con el presente.


Donde ahora se alzaban edificios de tres alturas, antes no había más que bosque. Los misterios del pasado no estaban a su alcance; no tenían ni siquiera una iglesia. Una población de diez mil habitantes, sin iglesia.


Eso ya dice bastante de la modernidad y racionalidad del lugar. Bastante de lo ajenos que eran a las calamidades y al terror de la historia.


Lo cual explica en parte lo desprevenidos que estaban.

lunes, 11 de julio de 2011

Los que se resisten a morir (quinta entrada)

Siento escribir tan despacio. La culpa es de... hummm.... de..... ¡del gobierno! ¡y del calor! ¡y de tener la cabeza en otro sitio! pero dentro de poco volveré de vacaciones fresco y lozano, y el blog recibirá entradas con más frecuencia.


Recuerda que la historia no está pensada para un formato de blog. Y de nuevo te agradezco tus sugerencias y comentarios porque gracias a ellos voy introduciendo cambios y mejorando.


"Mejorar". Curiosa y maldita palabra.


Devan se encontraba sentado en su cama. La puerta de la habitación estaba cerrada, y eso era algo poco habitual, ya que Sopa estaba acostumbrada a entrar y salir a su antojo. Pero Devan quería cambiarse de ropa antes de salir a conocer a los amigos de Dailyn, amigos o lo que fueran, porque dudaba de que las cosas a su alrededor fueran tan sencillas. Esos que no mueren, había dicho ella.

No quería que ella lo viera desnudo. Vanidad de alguien a quien le quedan pocas cosas que perder. Se miró a sí mismo, sentado, en ropa interior pero con los calcetines todavía puestos.
“Un hombre desnudo con calcetines es lo más ridículo que hay”, pensó, y se los quitó.

Aunque las experiencias de los últimos meses le habían hecho perder bastante peso, aún le quedaban unos michelines bastante antiestéticos en la cintura. Los odiaba.

“Cuando soñé con Dailyn por primera vez”, pensó de nuevo en silencio, “era un adolescente con los abdominales marcados y un buen tipo. Nunca pensé que llegaría a envejecer. En eso acerté. No voy a llegar a viejo”.

Recordó la primera vez que tuvo una visión de Dailyn, junto al pequeño grupo de amigos que se convirtieron en los incondicionales, en los creyentes, formando un círculo con las manos entrelazadas. No sintieron que la energía fluyera a través de ellos, como se suponía que tenía que pasar, pero todos tuvieron la misma visión de ella. Fue muy hermosa.

Y como la mente es un poco perra, justo después de ese recuerdo le vino a la cabeza una conversación y unas palabras que había escuchado hacía, en comparación, muy poco tiempo:


SINTOMAS DEL TUMOR QUE VA A MATARTE EN UNOS MESES
(Aunque dicho con otras palabras más suaves e imprecisas)

Mareos.
Dolores de cabeza.
Náuseas. Y aquí termina toda semejanza con una gripe. Ja, ja.

“Ja, ja, médico de los cojones”, fue la silenciosa respuesta.

Desorientación.
Pérdida de memoria.
Y, ocasionalmente, quizá en último extremo, alucinaciones.

Alucinaciones.

Alucinaciones, sí, como la que se encontraba en el salón haciendo ronronear a Sopa


— Dailyn…

— ¿Sí, Devan?—respondió ella desde el otro lado de la puerta.

— ¿Eres real? ¿O sólo una fantasía de mi cerebro enfermo? Porque sigo dudándolo, aunque tengas camareras y gatos como cómplices.

— ¿Las diferencias son tan importantes, Devan? El mundo no es tan diferente para un loco que para un cuerdo, ¿sabes?

Dailyn abrió la puerta, entró en la habitación y se acercó a él. Ella sonreía, pero él se encontraba muy pálido y con una expresión extraña, a medio camino entre la sorpresa y la resignación. Puso sus manos en las mejillas de él, que se encontraban sucias y húmedas.

— Estoy aquí, Devan. Aquí, contigo. No puedes saber si soy más real que el resto de tus percepciones, porque en el fondo eso es todo lo que eres, una percepción. Soy parte de ti y parte del mundo. Soy la respuesta a una pregunta que no te atreves a hacerte a ti mismo.

— Eres como una galleta de la fortuna —respondió—, con tus frases enigmáticas y ambiguas. Tendrías futuro escribiendo en la sección de astrología de una revista.

Dailyn salió de la habitación y cerró la puerta con algo de fuerza. No llegó a ser un portazo de los de “me estás empezando a enfadar”, sino más bien de los de “no me voy a enfadar contigo aunque quieras”.

Y Devan, en silencio, se dio la vuelta y comenzó a arreglarse. Cuanto más real le parecía ella, más rabia sentía. Era irracional, y estúpido y egoísta, pero en vez de maravillarse por haberla encontrado sólo podía sentir rencor hacia ella por no haber aparecido antes en su vida. Detestaba sentir eso.

Cuando terminó se miró al espejo. Lo que vio le gustaba, tenía buen aspecto. Se había puesto una chaqueta de cuero que hacía años que no sacaba del armario, lo que le daba un cierto aire caducado, como de carroza prematuro. Él lo llamaba elegante y ochentero. En su defensa hay que decir que nunca tuvo un gusto muy cuidado para vestir.

— Al infierno con todo —terminó por decir en voz alta—. Sigo vivo, y me da igual si estoy alucinando.

“Al fin y al cabo, conocer a Dailyn siempre dije que sería alucinante”, pensó, pero era un chiste tan malo que no se atrevió a decirlo en alto. Así que salió de la habitación, cogió las llaves y la cartera y se preparó para salir.

— Cuando quieras, oh diosa de la Naturaleza y el amor verdadero.

— Gracioso —respondió ella con una sonrisa.

Había dejado de llover y el aire parecía más limpio, aunque del asfalto subía un olor desagradable, como de basura mojada.

“La ciudad entera es basura”, pensó Devan al pisar la calle.

— A mí me gusta esta ciudad, no está tan mal —dijo ella.

— ¿Me has leído la mente? —preguntó Devan, sobresaltado.

— ¿Perdona?

“Yo no puedo escuchar palabras, Devan, sólo emociones”, había dicho ella. El se dio cuenta de que estar al lado de alguien que sabe lo que sientes es igual de incómodo que estar con alguien que sabe lo que piensas. O quizá más. Se dio la vuelta, se agachó y la miró fijamente a los ojos.

— ¿Qué estoy pensando ahora mismo?

— ¡Que en el fondo no te caigo tan mal! —respondió ella, sonriendo como un niño que ha resuelto un acertijo.

Devan frunció el ceño y se levantó. Estaba pensando que Dailyn era tonta como la niña que aparentaba, pero tuvo que reconocer que algo en su interior sonreía cuando ella lo hacía.

“Jodido profesor Xavier en miniatura”, pensó en silencio.

— Vamos, te sigo —dijo al final en voz alta—. Vamos a ver a esos amigos tuyos.

Y eso hizo durante un buen rato, seguirla. No parecía que fueran a ningún sitio en concreto, era como si pasearan sin rumbo fijo. A Devan no le extrañó que vagabundearan, porque ya se había imaginado que no irían a un lugar concreto, que no se iban a encontrar a un inmortal en la calle tal número cual. No intentó memorizar el recorrido, los libros le habían enseñado que a ese tipo de personas, las no terminan de pertenecer al mundo de los vivos, uno no las busca: te encuentran ellos a ti. Claro que nunca se había encontrado con ninguno. En un momento dado, ella le agarró de la mano y tiró con un poco de prisa, como si fuera una niña a quien su padre está llevando a comprar un helado.

— ¡Vamos, Devan, que ahora ya estamos cerca!

Entraron en el portal de una casa antigua, de esas con pinta de haber sido muy lujosas en el pasado pero que tienen ascensores abiertos y baldosas viejas. Ya habían pasado antes por delante sin dedicarla ni una mirada, parecía que había que encontrar no sólo el lugar, sino también el momento adecuado. Bajaron por las escaleras hasta un primer sótano. Allí llamaron al ascensor y, cuando entraron, Dailyn pulsó el botón del sótano. No había escaleras que bajaran más aún, pero el ascensor sí lo hizo. Bajaron a oscuras unos segundos, se detuvieron y se abrieron las puertas.

Devan esperaba encontrarse una decoración siniestra. Sin embargo, un pasillo bien iluminado los condujo hasta un salón grande, más parecido a una cafetería del siglo XIX que a una mansión gótica. Estaba amueblada con varias mesas, una televisión enorme y un par de sillones que parecían cómodos. Dos hombres se encontraban sentados, uno leía un libro y el otro veía una película en la pantalla. Devan la reconoció. Era Entrevista con el Vampiro.

“No puede ser”, pensó. Y le asomó una sonrisa involuntaria.

viernes, 8 de julio de 2011

Una cita para tener en cuenta cuando te asusta aquel país desconocido...



El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.


Victor Hugo (1802-La eternidad)














De mi colección "Hombres fuertes de la Historia". De joven quiero ser como él.

viernes, 1 de julio de 2011

Los que se resisten a morir (cuarta entrada)

Ah, el amor, la fe y la esperanza en un mundo mejor. ¿No son ideales por los que merece la pena vivir? ¿Y morir? A esa pregunta intenta encontrar respuesta Devan desde hace tiempo. Grandes preguntas se merecen grandes respuestas.

No las obtiene, claro. Al menos de momento.

Sé que el relato desvaría. Espero que no lo haga demasiado, pero creo que no está pensado para ser leído en "formato blog", sino más del tirón, no sé si me explico. Bueno, al menos me aseguro de que tienes acceso a él. ¿Te está gustando? Eso espero. Parece mentira lo que uno lleva dentro cuando lo saca, ¿eh?

Gracias por estar ahí.


editado 08/07/2011: ¡cambios, cambios! Tengo que ser más coherente y revisar las cosas antes de subirlas aquí... Menos mal que hay gente lista, inteligente y guapa que me corrige. Y que espero que me siga leyendo, que para eso la estoy haciendo la pelota. 



El tiempo siguió su curso y la mente de Devan se reseteó. ¿Qué hace una persona normal, sana y coherente en una situación así? Estás tomando algo en un bar y se acerca un desconocido. Te saluda y te dice “eh, tengo las respuestas a las preguntas de la humanidad, soy un espíritu de una religión antigua”. Quizá lo correcto sería llamar a la policía, o soltar una risa desquiciada de lunático, o incluso quedarse con la boca abierta un buen rato y luego alzar las manos al cielo y gritar “¡oh, dios mío!” de la forma más cinematográfica posible.

Devan, ignorando lo correcto, se terminó su café y habló con la naturalidad de alguien acostumbrado a tratar con todo tipo de personas.

— De acuerdo —dijo en un susurro—, vamos a mi casa y hablamos, pero espero que no seas alérgica a los gatos, porque Diosa de la Tierra o no, Sopa se instaló en mi vida cuando tú te limitabas a ignorarme. Así que ya sabes.

Dailyn sonrió, la suya era una sonrisa franca y sincera.

— ¡Me encantan los gatos! ¿A qué clase de monstruo no le gustarían?

Y con esa frase manipuladora y no carente de verdad, se ganó un trocito del corazón de Devan.

Dieron un paseo hasta su casa en silencio, porque la lluvia había arreciado y la gente se arremolinaba en las aceras formando un peligroso mar de paraguas en el que, si te descuidabas, te podían sacar un ojo. Tenían que caminar separados, esquivando varillas metálicas y chorros de agua que caían por los canalones. Para colmo se levantó viento, con lo que los paraguas se doblaban, se cerraban apresuradamente y golpeaban a Devan, que no lo llevaba nada bien. Terminó caminando por la calzada y calándose hasta los huesos. Cuando llegaron, se dio cuenta de que Dailyn estaba a su lado (la había ignorado durante el trayecto) y lo que más le molestó, que no se había mojado lo más mínimo. Le dedicó de nuevo una sonrisa franca y casi se le pasó el mal humor.

“Me he mojado por mi culpa, ella simplemente ha esquivado el agua. Simplemente ha sido más lista que yo y no ha bajado de la acera”, pensó.

“Cabrona”, pensó unos segundos más tarde. La ira que guardaba dentro, producto de muchos años de sentirse profundamente abandonado por su fe (y por ella), no desaparecía fácilmente.

Abrió la puerta de su casa y, fiel a su ritual diario, lo primero que hizo fue comprobar que Sopa seguía en la cama, donde pasaba la mayor parte del día. Luego se dirigió al frigorífico para despertarla con el olor de una loncha de jamón.

Funcionó, claro. Funcionó nada más abrir la puerta del frigorífico, como ocurría siempre y como ocurre con todos los gatos que existen, incluidos aquellos que no han probado nunca un bocado semejante. Si su especie dominara el mundo, sin duda las juntas de gobierno comenzarían con un festín de jamón cocido y terminarían con un gran tazón de yogurt de sabores.

En esta ocasión, para sorpresa de Devan, Sopa no se dirigió hacia el olor que conocía tan bien, sino que fue directamente a restregarse contra Dailyn. Emitió uno de sus ronroneos de alta intensidad, cerró los ojos y se tumbó panza arriba para recibir sus caricias.

— Me encantan los gatos, ya te lo he dicho —dijo ella—. Y yo les gusto a ellos, porque saben quién soy. ¿Verdad, preciosa?

 Sopa respondió retorciéndose, restregándose y elevando el volumen del ronroneo. “Eres una chaquetera”, pensó Devan, pero siempre había sospechado que los gatos calan rápido a las personas que no tienen buenas intenciones, así que no pudo sino resignarse y cederle la loncha de jamón a Dailyn, que se la dio a Sopa en trocitos pequeños ya cortados.

Devan sacó otra loncha para él y se la comió mientras observaba a sus dos invitadas. O a su invitada y a su inquilina. O lo que fueran. Dailyn había tomado un trocito de jamón con los labios y se acercaba despacio a Sopa para que lo cogiera. Era un juego peligroso, y más con un gato casi ciego. Miraba con una malsana expectación, casi deseando que a Sopa se la escapara un mordisco, pero la gata cogió la comida con suavidad, poco a poco, hasta que casi pareció que estaba dando un delicado beso en los labios a Dailyn.

Una sonrisa involuntaria cruzó el rostro de Devan. Por un instante se olvidó de su amargura, de su cinismo y de su pena, y se sintió como un voyeur, espiando a dos figuras femeninas que jugaban como si pertenecieran a la misma especie. Y quizá así era, pensó, ya que todas las criaturas vivas pertenecían a la misma familia, todas tienen un origen común, y todas se encuentran conectadas entre sí a un nivel muy profundo. Se empezó a poner nervioso, algo que le ocurría cada vez que presentía que se estaba acercando a una verdad, que estaba abriendo un cofre que en su interior guardaba un conocimiento universal y primario. Su mente le echó un cable, porque desde que Devan perdió la fe se había acostumbrado a esquivar algunas líneas de pensamiento, y le guió hacia aguas menos peligrosas y profundas. Movió la cabeza para alejar de sí un pensamiento incómodo.

— ¿Café? —preguntó de forma automática dándose la vuelta y dirigiéndose a la cafetera. El café era su bebida favorita cuando tenía que pensar. También la cerveza, pero se resistía a beber por las mañanas.

— Sí, por favor —respondió Dailyn. Por un instante Devan pensó que le había respondido Sopa, pero el pánico pasó pronto. La gata estaba relamiéndose una pata, sentada en medio del suelo como si la cocina fuera su salón del trono..

Devan llevó los dos cafés al salón. Se sentaron en el sofá de medio lado, uno frente al otro, Ella mantenía su sonrisa a medio camino entre la inocencia y la picardía, y Devan un ceño ligeramente fruncido que no había soltado desde la cafetería.

La examinó con detenimiento, cosa que no había hecho hasta ese momento. Aparentaba unos trece años, algo más de lo que le había parecido al principio. No se planteó si era correcto servir cafeína a una niña, porque no la veía como tal.

“En realidad tiene varios miles de años”, pensó. Pero la apariencia era lo que contaba en ese momento. Tenía en su casa a un espíritu con forma humana, feuchilla, excepto cuando sonreía, que parecía que iluminaba al mundo. Vestía de forma informal, camiseta y vaqueros, sin pendientes, anillos o colgantes. No era como había soñado que sería.

— Me debes una explicación —dijo finalmente—. Nos la debes a todos los que creímos en ti. Así que empieza.

— Sí que te has puesto duro —respondió Dailyn—, no pensé que me guardarías tanto rencor. Han pasado muchas cosas, pero lo más importante es lo que tiene que ver conmigo, con mi propia naturaleza. ¿Realmente sabes quién soy? ¿Lo que soy?

— Sé que te adorábamos. Que te manteníamos en nuestro corazón. Y que habríamos dado la vida por ti. Quizá incluso lo hicimos. No recuerdo cuando fue la primera vez que hablamos de ti, pero lo nuestro fue una fe espontánea. Éramos siete críos que nos reuníamos para hacer espiritismo los fines de semana. Era divertido, era diferente y emocionante. Un día un espíritu dijo que no estábamos reunidos por casualidad, que el destino nos había reunido de nuevo, y que ya nos habíamos conocido en una vida anterior.

Devan hizo una de esas pausas que tanto le gustaban. Bebió un sorbo de café y, si hubiera seguido fumando, habría aprovechado para dar una larga calada y expulsar el humo hacia arriba, como si estuviera meditando sobre algo muy serio cuando, en realidad, lo que hacía era pensar lo que decir a continuación.

—Sueños de otros mundos para adolescentes sin expectativas —prosiguió—. Eso era como ofrecerle un bocadillo a una modelo de la Cibeles. No sé si lo queríamos, pero desde luego lo necesitábamos. Se habló mucho de reencarnaciones, de otras vidas, de héroes, de apocalipsis, y por supuesto, se habló de ti. Siempre apareces en todas partes, en las leyendas celtas y en las nuevas creencias. No se puede dar dos pasos por la calle de las religiones sin toparse contigo en cada esquina ofreciéndote a los creyentes. La jodida encarnación del amor, de la vida, de la naturaleza y de dios sabe qué.

Dailyn frunció el ceño. La acababan de llamar puta.

— No movíamos un dedo sin pensar en ti —prosiguió Devan—, en tus enseñanzas, en las que aparecían en los libros que leíamos y que hablaban de cómo invocar o servir a los espíritus, y en las sesiones de meditación. Nos diste un nombre y una descripción de ti misma, y te identificamos con la visión que aparecía en nuestros sueños. Nos dijiste que nos necesitabas, que tu seguridad dependía de nosotros. Como para no picar el anzuelo.

— Devan, creo que me has malinterpretado.

— No, ni hablar, ya lo creo que no. Nos dejaste muy claro lo que eras y lo que necesitabas de nosotros. Te aparecías en nuestros sueños y en las sesiones de espiritismo. Eras omnipresente, una constante en nuestras vidas, al principio tranquilizadora y al final necesaria en todo momento. ¡Cómo no íbamos a desear sentirte, verte y tocarte! ¿Tienes idea de lo importante que puedes llegar a ser en la vida de una persona mortal? Dabas sentido a todo lo malo que nos ocurría.

— Pero yo no puedo escuchar palabras, Devan, sólo emociones. Cuando me llamabais, muchas veces era para pedirme que apareciera ante vosotros, así sin más, y eso no tenía ningún sentido. No soy un objeto de culto, ni nadie a quien adorar…

— Te llamamos y te suplicamos, sí, pero sobre todo te escuchamos, y hacíamos caso a todo lo que nos decías, no lo olvides. Organizamos una gran sesión de invocación una vez, siguiendo los pasos que nos dictaste. Era complicado, coño, no teníamos ni idea de dónde conseguir las cosas que nos pedías, pero por supuesto, no apareciste, a pesar de que seguimos los pasos al pie de la letra.

— Devan, por favor…

— ¡Nos dijiste que nos amabas! —gritó él, levantándose del sofá—. Y cuando llegó el momento de la verdad, cuando nos prometiste que te mostrarías ante nosotros, que aparecerías, que nos demostrarías que eras real más allá de toda duda, entonces desapareciste. No volvimos a soñar contigo, ni a tener visiones, ni nada. Despareciste y nos abandonaste. ¡No sabes lo que es eso! Nada tenía sentido, ni mi vida, ni mi fe, ni nada en lo que creía.

Dailyn abrió la boca para contestar, pero Devan ya no la escuchaba. La rabia se había acumulado en su interior durante demasiado tiempo y ahora le dominaba. Estaba tan tenso que le temblaban las manos cuando bebió otro sorbo de café. Esperó un instante hasta que se calmó un poco, respiró profundamente y se sentó.

— Me agarré una depresión de tres pares de cojones. Me tiré semanas sin salir de casa. Mi chica terminó por marcharse, pensaba que había tenido una aventura porque me despertaba gritando tu nombre. Daba igual que intentara explicarme, que intentara contarla todo lo referente a ti. Cuando lo hacía todo sonaba de lo más ridículo, así que al final se cansó de mis pataletas y me dejó. Incluso probé un montón de drogas para intentar tener una visión de ti. Me coloqué hasta las cejas y lo único que conseguí fueron malos rollos y perder un montón de dinero.

Dailyn sonrió. Empezaba a entender lo que ocurría.

— Estúpido, sí, así me sentía y así me siento cuando recuerdo esos tiempos. Una vez hicimos una ceremonia en un bosque. Nos habías pedido que nos uniéramos para llamarte, así que alguien, ya no recuerdo quién, dijo que teníamos que verter unas gotas de nuestra sangre en un caldero para que se fundieran nuestras esencias. Coño, lo que dolió. Menudo montón de mierda. Para lo que sirvió, bien podíamos haber meado todos en un cubo. Al menos no habría dolido tanto.


Dailyn contenía la risa. Lo intentaba con todas sus fuerzas, pero cada vez era más evidente que no se podía aguantar. Cerraba los labios con fuerza, pero ya empezaban a temblar de forma descontrolada.

— ¿Te parece gracioso? ¿Te parece gracioso, joder?

Pero incluso Devan estaba empezando a sonreír. Se estaba dando cuenta de lo ridículo que sonaba, lo ridículo que sonaba todo. La estaba culpando de… ¿de qué? ¿De no haber cumplido sus expectativas? ¿De haberle engañado? ¿A un espíritu eterno al que habían dado forma a base de leer libros y de imágenes mentales? Lejos de enfadarse, suspiró resignado cuando Dailyn rompió en carcajadas, ya sin intentar contenerse, y se empezó a retorcer de risa en el sofá.

“Lo que tiene uno que aguantarle a su dios”, pensó, “no lo sabe nadie”.

jueves, 16 de junio de 2011

Los que se resisten a morir (tercera entrada)

BREVE ENTREVISTA CON EL AUTOR

P: ¿Podrías explicar el argumento de la historia?
R: Claro. Pero mejor otro día.

FIN DE LA ENTREVISTA

Como quien no quiere la cosa, esta entrada parece que finaliza con una escena de final de episodio piloto, con la presentación de los actores ya formalizada y la trama definida. No era mi intención, pero al menos se le da sentido al título.

A partir de aquí mejora, al menos en una de las direcciones. Creo. 

* edit: he cambiado algunas cosillas sin importancia. si ves alguna falta o algo fuera de lugar, no dejes de avisarme. gracias mil.


Devan se levantó con la resaca de una noche de mierda, cansado y mareado, con el mal cuerpo que se queda después de haber visto todas las horas pasar por la esfera del reloj.

Seguía sin haber tomado una decisión, pero al menos había conseguido plantear la pregunta en una sola frase: ¿seis meses de vida útil o un año de hospital? Era una buena pregunta. Y quien responde sin rubor ni dudas que prefiere unos meses de buena vida es porque no se ha puesto en el pellejo de Devan. Morir nos aterra. A todos. Incluso a los que creen en el cielo y se consideran tan buenas personas que creen que viajarán al paraíso.

Desayunó un café. Echó de menos un cigarrillo. Había dejado de fumar hacía al menos dos años, una nueva patada en el culo del irónico y arrogante destino. Seguía deseando dar unas caladas a algo que echara humo cada mañana al despertar y al mediodía, después de comer, pero al menos ya no se planteaba fumarse la orquídea del salón que, por alguna razón, era la única planta que no interesaba a Sopa y, por lo tanto, la única que sobrevivía en su casa.

Terminó el café y se preparó otro. Esa mañana tenía que hacer una llamada poco agradable y una visita menos agradable aún. La llamada era a su trabajo para avisar de que no iría a fichar.

—Ya sabes que tienes que traer el justificante médico, ¿no?

—No, no lo sabía, Susana, hija mía —dijo a Susana, que no era su hija sino la persona que cogía el teléfono en su empresa—. Sólo llevo trabajando diez años en la empresa y, fíjate, es la primera vez que falto al trabajo. Si no cuentas las bajas que me he cogido el último año, claro.

Susana no respondió, pero no porque no tuviera nada que decir, sino porque el sarcasmo para ella era una palabra que no existía más allá de los autodefinidos.

—Que sí, que mañana llevo el justificante —continuó Devan—, y ya de paso me despido de vosotros.

—Vale, hasta mañana.

Y colgó. Ni le había escuchado. Esa fue una de las últimas veces que Devan se preguntó cómo permitían a esa persona coger el teléfono en su empresa. Sí, por supuesto, era la novia del hijo de uno de los jefes, pero sin duda habría otro puesto en el que no se notara tanto que era una lerda. Haciendo de armario, sujetando una puerta o, aunque ya exigía un esfuerzo quizá excesivo, ejerciendo de pisapapeles.

La visita desagradable que tenía que hacer esa mañana era a su médico habitual, para informarle de la última visita al oncólogo y pedir la baja permanente. Nada de “cuando mejores vienes y te doy el alta”. Esta vez no habría vuelta al trabajo. No habría mejoría. Y aunque no le apetecía nada pasar por él, era uno de esos trámites que tenía que hacer para poder cobrar la baja y tener dinero hasta que muriera.

¿Cómo se llamaba en esos casos? ¿Baja o pensión? Se le hacía raro pensar que a su edad iba a estar jubilado. ¿Podría entrarle a alguna chica en un bar?

—   Hola, me llamo Devan, soy pensionista.

No, definitivamente no era una buena idea. Tampoco se le ocurrían buenas alternativas.

—   Hola, me llamo Devan y me estoy muriendo. ¿Alguna vez has echado un polvo por compasión? Me estoy muriendo. ¿Ya te lo había dicho?

—   Hola, me llamo Devan y tengo un tumor en el cerebro que me dice que eres muy guapa.

En ese momento se dio cuenta de que estaba empezando a desvariar y de que, en el fondo, no le apetecía nada ligar con nadie, ni conocer a nadie, ni ver a nadie. La sonrisa que iluminaba su cara por las tonterías que estaba pensando se borró cuando se dio cuenta de que estaba llorando. ¿Sería una consecuencia de su enfermedad, no enterarse de que se le escapaban las lágrimas? La pena se hacía notar cuando menos lo esperaba. Para él no había cinco estados de duelo: se había saltado la negación, la ira y la negociación. No había tenido tiempo para ellos y directamente se había deprimido, al tiempo que aceptaba la verdad, la cruda certeza de que le quedaban unos pocos meses de vida. No podía pensar en ello sin que un peso enorme le bloqueara el pecho y le oprimiera hasta que su alma sólo podía emitir un largo grito, interminable, de esos que profieres cuando quieres que el sonido que sale de tu garganta ahogue tus propios pensamientos. Así que se obligaba a divagar en todas direcciones excepto en una. 

A veces no funcionaba, la mente se escabullía sin que se diera cuenta, y de ahí la sal en sus mejillas.

 No le dio más vueltas, había que ser práctico y el tiempo que pasaba compadeciéndose de sí mismo era tiempo perdido. Tiempo no le sobraba. Se afeitó, se arregló, dejó un trozo de jamón de york en el suelo de la cocina (para cuando Sopa se despertara) y salió a la calle, dispuesto a sonreír al menos una vez cada día de su vida, con o sin lágrimas.

No hay nada como la actividad. Fue al médico, esperó pacientemente su turno y salió de la consulta a los diez minutos, prometiendo volver a la semana siguiente para hablar de tratamientos paliativos. Y para que el médico comprobara, le daba la impresión a Devan, de que no se había colgado de la lámpara del salón. Y eso que no había mostrado signos de depresión. 

Era listo, el médico, porque ese era el problema. Cuanto más ignoras tus emociones, había leído en una ocasión, más fuertes se vuelven.

Entró en una cafetería para tomar algo, porque necesitaba un poco de rutina y de vida normal antes de dirigirse a su trabajo. Pidió un café y se sentó en una mesa. Nada como leer la prensa con un café caliente a la hora del almuerzo de los curritos, haciendo como que te importa el mundo en el que vives.

—   Perdona —le dijo un tipo al poco de abrir el periódico —. ¿Lo estás leyendo?

Devan le miró extrañado. Lo tenía en las manos. Abierto. Sus ojos pasaban por las letras transformando las imágenes en palabras. El misterioso acto de la lectura.

—   ¿Tú que crees? —respondió.
—   Creo que, como lo tienes del revés, no lo estás leyendo y me lo puedes dejar.

Devan juraría que, en el silencio que se produjo a su alrededor, se podía escuchar algún grillo. Miró la página por la que había abierto el periódico: era de economía. Ya le había parecido extraño que los índices de paro hubieran mostrado tanta mejoría los últimos meses.

—Me has pillado —admitió—. Así que te has ganado el derecho al periódico. Toma.

Se lo entregó con una sonrisa, y con una sonrisa lo cogió el hombre, que se sentó en la barra y lo abrió por la sección de deportes. Aunque era una cuestión de probabilidades, teniendo en cuenta que ocupaba casi la mitad del contenido, a Devan no le gustó nada.

“Si lo sé”, pensó, “no se lo doy”. Pero lo había hecho porque, para empezar, efectivamente no lo estaba leyendo, y porque además, hacía tiempo que el mundo le había dejado de interesar.

Miró por la ventana, hacia la plaza que había junto a la cafetería. Era un día de lluvia, pero no de esa tormenta que te impide caminar y que entristece el cielo, sino una lluvia ligera, de la que limpia el aire y refresca el ambiente. La gente caminaba por la calle con más o menos prisa. Algunos parecía que agradecían mojarse un poco, como si el agua fuera una buena excusa para no parecer impecables, para dejar que el traje se ensuciara un poco, relajar el cuerpo, dejar que salieran las arrugas y decir “vaya, me ha pillado la lluvia y vengo hecho un asco”.

Devan pidió otro café, sólo, largo, que le sirvieron muy caliente en una taza grande. Era casi negro y desprendía un aroma intenso. Recordó una cita que había leído en una ocasión en un sobre de azúcar:

“Negro como el demonio,
caliente como el infierno,
puro como un ángel,
dulce como el amor.”

Descripción de una taza de café, Principe Talleyrand, s.XVII


El café por las mañanas siempre le animaba, le daba la sensación de que por delante le esperaba un día activo, productivo, de los que te dejan agotado y pensando “ha estado bien”. Pocas veces se había podido permitir relajarse de ese modo en una cafetería un día entre semana, ya que su trabajo era bastante absorbente.

“Era”. Ya no volvería a trabajar.

. La gente a su alrededor vivía a un ritmo diferente, hacía una pausa rápida y se marchaban para seguir trabajando, excepto los parados y jubilados que miraban su consumición con un ligero gesto de aburrimiento.

Se sintió relajado, como si su mundo girara un poco más despacio, con menos prisas. Alguien se acercó a él por detrás y le puso una mano en el hombro.

— Hola, Devan —dijo.

Y el tiempo, durante un instante, se detuvo. Porque nadie le llamaba Devan, nadie, nunca. Ese no era el nombre que aparecía en su DNI, ni un apodo de los amigos, ni nada parecido. Era un nombre que ya nadie recordaba y que no se había pronunciado en voz alta desde hacía muchos, muchos años.

Devan era el nombre que él había elegido para llamarse a sí mismo. Así se había hecho llamar, en un ritual pagano realizado en un bosque, cuando fue bautizado por segunda vez a los diecisiete años. Había sido un ritual celta de comunión con la tierra, de los que se pusieron de moda con la Era de Acuario y que sirvieron para enriquecer a  tantos escritores de libros de autoayuda. La Naturaleza se convirtió en su madre y el Viento del Norte en su padre, así de  básicas eran sus creencias y sus dioses, y dedicó muchos esfuerzos a lo largo de mucho tiempo para defender el planeta de las agresiones de los hombres. Luego se cansó, porque era una lucha imposible, y creció, y se alejó de todos aquellos que creían en lo mismo que él. Años más tarde desarrolló un tumor. Su propia naturaleza se había vuelto en su contra.

Y ahora alguien le llamaba por su nombre, el que durante tantos años fue el real y no aquel que le impusieron al nacer.

Tardó unos segundos en reaccionar. Entonces se dio la vuelta.

BREVE EXPLICACION SOBRE RELIGIONES, SECTAS Y DEMÁS

La religión responde a la necesidad del hombre de encontrar respuestas. A veces la pregunta es compleja, como “¿hay vida después de la muerte?” y a veces simple, como “¿por qué sale el sol por las mañanas?”. Algunas de esas preguntas tienen respuesta en la ciencia, y las otras también, sólo que la ciencia aún no lo sabe.

Las sectas son religiones sin suficiente dinero como para sobornar al gobierno de un país y hacerse legales. Vienen a ser como la diferencia entre el banco y la mafia: unos te prestan dinero de forma legal y los otros no. Unos te quitan la casa si no pagas, y otros te rompen las piernas. Cada uno tiene sus prioridades.

Los rituales y creencias que hicieron la adolescencia de Devan más llevadera no tenían nada que ver ni con religiones ni con sectas modernas. Se basaban en sociedades antiguas que hablaban del culto a la Tierra y de la necesidad del hombre de comprender y comunicarse con la Naturaleza, todo muy New Age y muy años 60, pero sin tantas drogas.

En estas creencias había una mujer. Siempre hay una, que ejerce su papel de amante, madre o bruja, a elegir. Las religiones por lo general no saben nada de la igualdad de la mujer.

Para Devan, esta mujer era una forma antropomórfica de la Naturaleza, una representación de todo aquello que puede amar un hombre (la amante), desear un niño (la madre) o temer un anciano (la muerte). Aunque para él no era más que una cara bonita. Recordemos que era un adolescente.
  
La mente de Devan volvió al presente, a la cafetería, a la lluvia tras la ventana y a la voz que lo había llamado por su segundo nombre. Y entonces se dio la vuelta.

Ante él no se encontraba una mujer de ensueño, de rizados cabellos y ropas agitadas por el viento, sino una niña, más bien bajita, de pelo corto y liso, y un rostro que alguien delicado se limitaría a definir como interesante. Se sentó frente a él con un café con leche enorme, de los de desayuno.

— ¿No vas a decir nada? —preguntó—. Pensé que cuando nos encontráramos serías más efusivo.

Devan meditó durante unos instantes. Su mente, acostumbrada a enfrentarse a los problemas desde ángulos extraños, pensó en varias posibilidades:

1. Alguno de los amigos de hacía muchos años atrás había dado con él y le estaba gastando una broma. Improbable.
2. La niña era una loca que por casualidad había dado con su nombre. Muy improbable.
3. El espíritu de la Tierra había tomado forma frente a él en forma humana. Rozando lo imposible. El margen de error era puro miedo.
4. Alucinaba debido al tumor. Lamentablemente, era una opción muy a tener en cuenta.

En ese momento se acercó una camarera con dos azucarillos extra para la niña, que aprovechó para pedir una tostada con mantequilla y mermelada. La camarera tomó buena nota de todo.

La alucinación era jodidamente buena. Su mente deseó fervientemente volver al punto 3, y ahí se quedó.

— Vete al infierno —dijo—. Te he esperado durante toda mi vida y te presentas ahora que estoy medio muerto.

La niña abrió los ojos en el gesto de sorpresa más teatral que Devan había visto nunca y le tiró la servilleta a la cara.

— ¡Menuda bienvenida! —dijo—. Después de todo lo que he pasado para venir a verte, después de todo lo que he hecho por ti… ¿y éstas son tus primeras palabras? ¿Así me lo agradeces?

— De acuerdo, de acuerdo —respondió Devan—. Discúlpame, no te enfades. Pero no montes una escena, porque la gente nos está mirando y eres demasiado mayor para ser mi hija.

— Disculpas aceptadas. Invítame al desayuno y te perdono. Y luego vamos a tu casa.

Devan se tapó la cara con la mano. Iba a ser un desayuno muy, muy largo.

— Lo primero es lo primero. Dime cómo debo llamarte.

— Dailyn está bien —dijo la niña—. Es como me llamabas hace años.

— Sí, pero por aquel entonces no me parecía un nombre tan rematadamente cursi, y El Señor de los Anillos era un libro y no una serie de películas. Suena muy élfico, no sé si me entiendes.

La niña reflexionó durante unos instantes.

— No me importa. Me gustaba entonces y me sigue gustando ahora. Además, ya hay mucha gente que me conoce por ese nombre.

— De acuerdo, Dailyn entonces. Pero… ¿mucha gente?

La niña conocida como Dailyn se puso seria. Bebió un trago de café para pasar el último bocado de tostada, y ya de paso aprovechó la pausa dramática.

— Sí, Devan, mucha gente —contestó—. Porque en contra de lo que crees yo existo en el mundo, siempre he existido, cuando creías en mí y cuando dejaste de hacerlo. Estoy aquí desde que la primera ameba se dividió,  antes de que la primera planta aprovechara luz del sol para crecer, que el primer animal aprendiera a alimentarse y, por supuesto, que el primer ser humano caminara sobre la tierra. Todo lo que vive contiene un pedazo de mí. Todo cuanto nace, cambia y muere sabe quién soy. Los hombres estáis tan ciegos que no me reconocéis, pero si vivís lo suficiente acabáis por aceptarme. No puede resultarte difícil de creer, porque ya lo has hecho antes. Rezaste porque apareciera algún día ante ti, Devan. Pues bien, aquí estoy.

Ese pequeño discurso, en boca de una niña, había convencido a Devan de la identidad de Dailyn más que si hubiera levantado las manos y se hubiera formado una pequeña tormenta a su alrededor, dentro de la cafetería. Se quedó sin palabras, una situación a la que no estaba acostumbrado. No sabía qué decir. Tan sólo sentía un ligero vacío en el pecho, tenía la sensación de que, de un modo u otro, y significara lo que significara, la llegada de Dailyn a su vida se había producido demasiado tarde.

Todo últimamente en su vida ocurría demasiado tarde. Enamorarse demasiado adulto, siempre había estado enamorado de la misma mujer con diferentes cuerpos, perder a su pareja cuando ya no sabía vivir sin ella, adoptar a Sopa, acudir al médico. Llegaba tarde a los momentos más importantes de su vida, y ya no le quedaban muchos. Sintió un sabor salado en los labios, y así se dio cuenta que, de nuevo, se le estaban escapando las lágrimas.

— ¿A qué tienes miedo, Devan? —preguntó ella.

— A morir —respondió—. Tan simple como eso. A no ver amanecer un día detrás de otro y maravillarme con los colores del cielo. A perderme grandes historias que nunca veré o leeré y que me harían soñar con mundos maravillosos. A marcharme antes que mi gata y que se quede sola, sin nadie que la haga ronronear y con la que se sienta segura. A despedirme de las personas que quiero y que aún no he conocido. A perderme. A que no haya nada más. A lo desconocido.

— ¿Sólo eso? ¿Eso es todo lo que te preocupa? Bueno, creo que podré ayudarte con algunos de esos miedos, Devan. Esta noche me vas a acompañar a conocer a algunas personas. Ya verás, te van a gustar. Algunos llevan viviendo varios siglos, y otros simplemente no pueden palmarla aunque quieran. Son de los que se resisten a morir.

Devan levantó una ceja, era uno de sus gestos ensayados delante del espejo. Una ceja tan sólo, no es fácil. Y resulta muy expresivo. De pronto sentía algo nuevo, diferente al miedo, a la autocompasión y a la pena. Sentía curiosidad.